Para el filósofo y cineasta Noël Carroll el horror es, además de una experiencia psicológica, un quiebre a nivel epistemológico. Es decir, el horror en gran medida se identifica con la manifestación de seres y situaciones que asumimos como categorialmente imposibles. Y que, según nuestros esquemas conceptuales dominantes, no pueden existir en un mundo gobernado por las leyes de la física y la razón. Así pues, el horror rompe las categorías y conceptos con los cuales hemos configurado nuestra idea de lo posible, lo natural y lo ordinario.

En diferentes ocasiones David Cronenberg, considerado el padre del «body horror”, ha externado su interés en la clásica dualidad cuerpo-mente: «Muchos de los picos del pensamiento filósofico giran en torno a la imposible dualidad entre mente y cuerpo. Ya sea que la mente esté expresada como alma o espíritu, continua siendo la vieja división absoluta cartesiana […] La base del horror, y la dificultad de la vida en general, es que no podemos comprender cómo podemos morir. ¿Por qué una mente sana debería morir solo porque el cuerpo en el que yace no está sano? ¿Cómo una persona puede morir cuando su mente es absolutamente aguda y clara? Parece que hay algo malo en eso”.

Explorando está misma dicotomía, Cronenberg regularmente cuestiona al espectador con preguntas respecto a los límites del cuerpo y la sanidad mental. Poniendo especial énfasis en la corporalidad como receptáculo de la identidad: “Para mí, el primer hecho de la existencia es el cuerpo[…]Ese es el hecho más real que tenemos. Entre más te alejas del cuerpo, más irreal se vuelve todo […]” Cronenberg invierte así la máxima cartesiana: “pienso, luego existo”, pues allí donde Descartes coloca a la mente como fundamento de la identidad, Cronenberg coloca al cuerpo.

Antiesencialismo

Uno de los elementos que caracteriza a las películas de Cronenberg -a decir de Peter Ludlow- es el anti-esencialismo. Primero, el esencialismo se entiende como la afirmación de que la condición o identidad de un objeto, individuo o especie, es invariable e inmutable. Es decir, que no puede cambiar. Antes de Darwin se pensaba que las taxonomías biológicas eran invariables, por lo que las diversas especies animales y vegetales diferían entre sí por esencia, lo que significa que dichas diferencias no eran consideradas contingentes, accidentales o fortuitas. Bajo esta óptica, la especie humana tiene propiedades que nos hacen fundamentalmente diferentes de otras especies y las cuales nos fueron dadas por naturaleza, como por ejemplo: la racionalidad y el lenguaje.

Sin embargo, este esencialismo ha sido abandonado desde hace mucho tiempo en ámbitos como la filosofía y biología, incluso en biología todavía se discute la definición nominal de “especie”, y los biólogos más radicales alegan que no existe nada que pueda ser denominado propiamente como “especie”, ya que lo único existente son los individuos particulares y no las clases. El cine de Cronenberg puede verse como una respuesta subversiva en la que se asume una actitud antiesencialista. En su universo no existen propiedades que hagan fundamentalmente distintas a las moscas de los humanos, incluso las propiedades de ambas especies pueden fusionarse y dar lugar a una nueva criatura.

En “Cronenberg as Scientist”, Peter Lodlow (no se confunda con el personaje de Jurassic Park) señala que aquello que hace realmente impactantes a las películas de Cronenberg no son los efectos visuales, ni la emoción de horror que estos provocan en el espectador, sino el hecho de que absolutamente nada nos hace diferentes de otras especies animales o insectos. En el cine de Cronenberg, las barreras entre especies colapsan, mostrando que absolutamente nada nos hace únicos, como si en el fondo lo único que existiera fuera una “flat ontology” donde nada puede diferenciarse con claridad, donde todo es igual y donde nada puede hacernos especiales y distintos a otros animales, seres u objetos.

Así como Cronenberg derrumba las diferencias establecidas entre especies, también hace lo mismo respecto a lo biológico y lo artificial. En “Videodrome”, Max Renns introduce un videocasete en su cavidad torácica a través de lo que parece ser una vagina. Y aunque sabemos que el cuerpo humano puede ser intervenido mediante prótesis u otros aditamentos, el trabajo de Cronenberg sugiere el colapso de otra distinción:la carne y la máquina, lo orgánico y lo inorgánico. Para Lodlow, lo aspectos más horroríficos del trabajo de Cronenberg no radican en la trillada premisa de que la ciencia genera monstruos, sino que las líneas entre monstruo y humano, biológico y mecánico, real y virtual, sano y loco, bien y mal, colapsan definitivamente.

Sexo

La sexualidad tiene un papel fundamental dentro del cine de Cronenberg. Esta puede comprenderse como el proceso mediante el cual el material genético de los animales humanos y no humanos puede recombinarse generación tras generación. Los parásitos, virus y bacterias que viven en el ambiente mutan velozmente, y es gracias al intercambio de material genético que dichos parásitos, virus y bacterias pueden mantenerse a raya. Por ejemplo, el ecólogo Thomas S. Ray construyó un programa de computadora en el que modeló organismos sexuados y no sexuados, a los cuales contaminó con parásitos. Ray descubrió que, según su modelo, los organismos sexuados tuvieron más éxito en su supervivencia. Por lo que el intercambio genético a través del sexo resulta indispensable para la configuración de nuevas estructuras que puedan garantizar la conservación de un individuo.

Bajo este marco conceptual, la apertura cuasi vaginal en la que Max Renn introduce el videocasete funciona como un puerto de transferencia de información. Por tanto, el videocasete también funciona como un reprogramador de la identidad de Max. Cronenberg sexualiza estos intercambios porque el sexo es justamente eso: intercambio de información. En otras películas como “Crash” y “Shivers” la sexualidad tiene una función de transferencia, de intercambio y reconfiguración.

Si algo nos ha enseñado el cine de Cronenberg es que la humanidad no es una especie con propiedades invariables o eternas. No existe una esencia inalterable, ya que a través del sexo nos reconfiguramos e intercambiamos información con los otros, ya sean animales o incluso objetos.

Te puede interesar:

Lovecraft: racismo y misantropía

¿Conoces la obra de David Nebreda, el “Artaud de la fotografía”?

¿Puede el Jazz tener un origen mexicano? Así es como la música mexicana influyó en el desarrollo del Jazz

El proletario absoluto: ¿es Blade Runner una película marxista?