En occidente el tatuaje es un objeto de consumo como cualquier otro, sujeto a las exigencias de los consumidores y el mercado. Los medios de comunicación estipulan, como sucede con la mayoría de los productos de consumo, los parámetros de aceptación y de rechazo.

Sin embargo, a pesar de la homogeneidad que trajo consigo la mercantilización del tatuaje, existen proyectos que resisten la embestida de la globalización volviendo, de alguna manera, a la ritualidad y la tradición. “Brutal Black Project” (BBP) es un proyecto de estos.

Sus creadores, Valerio Cancellier y Cammy Stewart, definen BBP como un proyecto cuyo propósito está centrado en el tatuaje como experiencia. Desde su perspectiva, el tatuaje no es un adorno estético, no es algo que compras, ni un producto, ni un bien, ni siquiera un trabajo artístico. El tatuaje es una experiencia de vida.

En numerosas sociedades no occidentales el sufrimiento y el dolor asumen un valor ritual, por ello, en diversos rituales de iniciación, el tatuaje es una forma de marcar el cuerpo que indica el pasaje a un nuevo estado, ya sea corporal o espiritual, a través de la vivencia y experimentación del dolor. En este sentido Valerio Cancellier afirma que el tatuaje no es solo un accesorio que se añade al cuerpo, sino una vivencia que se experimenta a través de las emociones y el cuerpo.

Valerio y Cammy no ven el dolor como algo negativo. En entrevista para CVLT NATION Valerio señaló que “el dolor no debe ser tomado como algo negativo que debamos evitar o detener. El tatuaje no es dolor: es una sensación. Es algo que quieres y por ello no puede ser negativo. Si escuchas tu cuerpo puedes vivir una intensa y exclusiva experiencia personal”.

Por eso mismo BBP antepone el dolor ritual sobre la estética. Pues, como afirma el filósofo francés Gilles Deleuze, “el dolor es la prueba fehaciente de nuestra existencia”. El dolor siempre se adueña de su lugar y su espacio, se instala en el cuerpo sin permiso y concesiones, exteriorizando la verdadera personalidad del sujeto y reconstruyendo la identidad integral del Yo.

Proyectos como BBP vuelven a colocar el tatuaje en su sitio originario: la contracultura. Pues invierten la jerarquía hedonista instaurada en occidente, donde el placer es colocado por encima del dolor, y éste último es visto como algo que debe evitarse a toda costa. A base de tinta, violencia y ejecución, BBP nos recuerda que el dolor es esa experiencia radical y estructural de algo opaco que resiste y que no puede ser concebido, apropiado ni dominado, algo que reta y amenaza con aplastar al pensar (logos).

Aunque la brutalidad de sus imágenes es lo que siempre destaca cuando se habla o escribe acerca de BBP, hasta el grado en que esta brutalidad le ha provocado la censura en distintas ferias de tatuajes, para Valerio hacerse un tatuaje no tiene porque ser un ritual extremo en el que no se tiene respeto por la piel. De hecho, el famoso documental de VICE que dio a conocer su trabajo alrededor del mundo no deja de incomodar a Valerio y Cammy, pues aseguran que a diferencia de lo que se puede interpretar en el video, no son sádicos que gozan con torturar a las personas, pues su labor requiere de la máxima atención y cuidado, buscando siempre la conexión del acto de tatuarse con las emociones y la corporalidad.

Para Cancillier y Stewart, BBP no ha propuesto nada nuevo, solo buscan, a partir del uso de herramientas modernas, la ritualidad de la tradición. BBP es un “statement” en el que las marcas corporales se reencuentran con la conexión vital de las emociones a través de la brutalidad del dolor.

Como parte de esta concepción del tatuaje expuesta en BBP, cuando en CVLT NATION le preguntaron a Valerio acerca de lo que piensa del tatuaje como manifestación artística, contestó:

“El tatuador que se hace pasar por un artista y cuyos clientes esperan una «obra de arte» debe ser considerado un dermógrafo, no un tatuador. Exhibir tatuajes como obras de artes es una falta de respeto, ya que ni siquiera somos dueños del tatuaje como parte de nuestra tradición. Los tatuajes son partes del patrimonio humano, por supuesto, pero no es algo que podamos exhibir como una obra de arte. Si lo hacemos, no seremos tan diferentes de los misioneros occidentales que regresaron de África con las cabezas cortadas de los llamados salvajes para exhibirlas. Además, esta práctica borra la experiencia y la emoción del acto, que es parte esencial del propio tatuaje”.

Tomado de @brutalblackproject

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