El día de ayer fue el cumpleaños de la “diosa del Tex-Mex”, Selena Quintanilla. De no ser por Yolanda Saldívar, Selena hubiera cumplido 51 añitos. Así que, mientras escuchábamos “Como la flor” y “Si una vez” se nos ocurrieron algunas ideas para tratar de comprender el enigmante fenómeno de la “Selenidad”.

Selena es la representación de las personas que habitan espacios fronterizos. De quienes viven en Estados Unidos pero tienen herencia mexicana y no pertenecen propiamente a ninguno de los dos países. De las identidades que, como menciona Deleuze, se reafirman a través de nuevas organizaciones territoriales.

La condición fronteriza de Selena no solamente se manifiesta en su lenguaje y cultura chicana. Sino también en su recepción como ícono queer.

Desde su muerte, Selena se ha convertido en un ícono gay para la comunidad latina. Una generación completa de personas queer conocen sus vestuarios de memoria: el famoso vestido blanco que usó en la entrega de los Grammys y en el video de “No me queda más”, el jumpsuit morado que usó para su último concierto televisado, o la boina negra y los pantalones ajustados.

Sin embargo, su recepción como ícono queer es paradójica: ¿cómo es posible que una testigo de Jehová de Lake Jackson que nunca expresó un apoyo explícito por sus admiradores gay ha venido a ocupar un lugar tan importante en la cultura queer?

Pero las paradojas, como afirma G.E. Moore, aunque sean en apariencia absurdas, pueden ser verdaderas, lógicamente consistentes y no obviamente contradictorias.

Sin importar su condición religiosa, la imagen de Selena se volvió transgresora al ser reapropiada y resignificada por la comunidad queer. Su largo cabello oscuro, la piel morena, las caderas anchas en ese legendario traje púrpura, sus labios carnosos pintados de rojo vino, simbólicamente desestabilizaron las diferencias entre lo natural y lo artificial, la profundidad y la superficie, lo interno y lo externo. Dicotomías a través de las cuales se activa el discurso tradicional de los géneros.

La imagen de Selena se convirtió en un espacio de representación no solo de la latinidad, la cual, por ciento, es más compleja que su estereotipo. Sino también en un símbolo del deseo e iteración queer. De lo que Butler denomina la performatividad del género y la deconstrucción antiesencialista.

La condición fronteriza de Selena se extiende hasta la sexualidad. Donde las aparentes contradicciones y paradojas se reúnen en una imagen que transgrede las clásicas categorías identitarias.

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