La presidenta municipal de Puebla, Claudia Rivera Vivanco, recibió la semana pasada 77 mil 379 firmas de la organización “Puebla sin Tauromaquia” para solicitar que se prohiban las corridas de toros en la ciudad.

Esta recepción contrasta con la marcha del mes de enero en la que aficionados a las fiestas taurinas se manifestaron en contra de la prohibición de las corridas de toros, asegurando que dicha prohibición podría afectar a por lo menos 18 ganaderías y miles de empleos. Cada corrida, aseguran los taurinos, genera más de 250 trabajos y también alegan que nunca se les tomó en cuenta para las mesas de diálogo y que el tema es meramente electoral.

En el contexto de la marcha, el matador de toros Héctor Gabriel, declaró que la fiesta taurina no debería prohibirse, pues ésta es cultura, pasión, tradición y arte. Este tipo de declaraciones coinciden con lo dicho por Horacio Reiba “Alcalino”, uno de los fundadores de La Jornada de Oriente, cuya columna “Tauromaquia” se publica en dicho periódico desde hace más de 30 años.

En entrevista, Horacio Reiba aseguró que “prohibir las corridas de toros sería un atropello contra la historia y el patrimonio cultural de Puebla, pero también un acto claramente contrario a la democracia, la ética y el cuidado del medio ambiente [pues] se trata de una tradición con cerca de cinco siglos de vigencia”.

En esta línea de argumentación, Reiba recurre a las tradiciones y al simbolismo trasnochado para decir que las tradiciones no son cualquier cosa: “las tradiciones legítimas deben fusionar un mito con su rito correspondiente. El mito encierra los valores éticos que avalan a toda tradición real. Lo que la corrida representa es el enfrentamiento del ser humano con una fuerza de la naturaleza, el toro bravo, y es obligación del torero poner sobre la arena toda su fuerza anímica, su inteligencia y su valor de un modo creativo y propio; y no de cualquier manera, sino bajo el compromiso de realizar cada suerte de forma que el toro tenga oportunidad de agredirlo; éste, por su parte, aporta sus atributos de imponencia, poderío, buena casta. La conjunción de ambos le da forma a un rito sacrificial, la corrida en sí, cuya simbología, como en toda tradición auténtica, debe respetar la ética del mito. Actualizando sus valores en formas artísticas muy peculiares”.

El argumento de Reiba es falaz. Específicamente es una falacia de “apelación a la tradición” (ad antiquitatem), en la que se sostiene, equivocadamente, que sólo porque algo se ha venido haciendo o creyendo desde hace mucho tiempo, entonces está bien o es verdadero continuar haciéndolo. A cobijo de esta falacia, los taurinos como Reiba y Héctor Gabriel, causan dolor y lesiones deliberadamente a un ser sintiente, y es más, argumentan que dicha acción es permisible en tanto es una expresión culturalmente valiosa.

Bioética y corridas de toros

La Doctora en bioética, Beatriz Vanda Cantón, afirma que «existen suficientes evidencias científicas de que los toros, al igual que todos los mamíferos y demás vertebrados, tienen la capacidad de sentir estímulos dolorosos, poseen un sistema límbico que les permite experimentar emociones, entre ellas el miedo, la ansiedad y la frustración y se dan cuenta de lo que ocurre en su entorno y en su organismo”.


Desde un punto de vista ético, es necesario tomar en cuenta los intereses de cualquier ser vivo que pueda sentir dolor y ser consciente de ello. Es decir, todos aquellos organismos con un sistema nervioso que les permita sentir y realizar acciones para salvaguardar su vida.

Por su parte, los taurinos argumentan que la carne del toro muerto en el ruedo, pasa directamente a los consumidores. Por lo que 1) es imposible que el toro haya ingerido algún tipo de sustancia o medicación y 2) la carne del toro muerto en la fiesta es aprovechada para el consumo humano, estableciendo una relación de igualdad con el consumo de otras carnes. No obstante, el que la carne pase directamente al consumo humano no es un argumento suficiente para impedir la medicación de los toros, ya que algunas veces se les priva de agua y comida, se les afeita los cuernos y se les suministra laxantes entre otras actividades para que el matador tenga más posibilidades a su favor durante la lidia. Y que aunque estas son prácticas prohibidas por los taurinos, hay acusaciones por parte de veterinarios y trabajadores que dichas prácticas todavía son, en algunos casos, recurrentes.

Respecto a la relación de igualdad con el consumo de otras carnes es necesario poner en perspectiva los intereses implícitos durante la fiesta taurina, cuyo objetivo no es la sobrevivencia sino el goce. En las corridas de toros se anteponen los intereses de la fiesta y los intereses del toro, pero como señala Vanda Cantón: “ante un conflicto entre intereses vitales o primarios como son el conservar la vida, no ser herido ni dañado física ni emocionalmente, contra intereses secundarios o prescindibles —como sería ver una corrida de toros— que no es necesaria para mantener nuestra vida o nuestra salud, es claro que debe prevalecer el interés vital del toro frente a los intereses secundarios de los humanos”.

Ciertamente, la defensa de las corridas de toros por parte de los taurinos podrá recurrir a intereses económicos, diversión, esparcimiento, la tradición o incluso al “atropello histórico”. Pero las corridas son éticamente inaceptables.

¿Por qué muchos ven en el toreo arte y una expresión de tradiciones? Vanda Cantón recurre a la filósofa Hanna Arendt para responder esta pregunta: “Arendt describe el fenómeno de “habituación al mal, o “invisibilización del mal”, a la incapacidad mental y/o emocional de un sujeto para darse cuenta del daño que provocan sus acciones, de manera que se le resta importancia al mal ocasionado justificándolo desde la creencia de que hay acciones que aunque lesionen a otros se realizan para conseguir una satisfacción o porque siempre se ha hecho así. Cuando los actos violentos se vuelven cotidianos frente a nuestros ojos, hay una especie de desensibilización, haciendo que pasen desapercibidos, se pierde la empatía ante el sufrimiento ajeno, aunque sea el de un animal no humano, y se vuelve tan natural, que ver matar se normaliza”.

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