Desobediencia Civil

Henry David Thoureau cargaba con un par de zapatos para llevarlos a reparar cuando a mitad de su camino es detenido por un par de oficiales. El motivo: adeudo de impuestos. Thoureau contesta que si no ha pagado sus impuestos es únicamente por una cuestión de principios, pero que dado el caso acepta el castigo, por ello pasa la noche en prisión.

Detrás de las rejas, el espíritu de Thoureau sufre una inflexión, la cual quedó plasmada en “El deber de la desobediencia civil”. ¿Pero acaso la desobediencia es un deber? Los imperativos pueden ser de dos tipos: legales o morales. En caso de violar algún principio legal las consecuencias deberán ser también del orden jurídico, por lo que infligir la ley implica ser sujeto de un castigo. Pero en el orden moral el único juez es la conciencia.

“El deber de la desobediencia civil” es un texto que rememora a Kant, Tomás de Aquino, Emerson, Kierkegaard, entre otros. Veamos esto detenidamente:

La ética kantiana es la ética del deber por excelencia y por deber se entiende “un hecho de razón”. Es decir, “al actuar afuera y por encima del orden empírico, se evita el choque entre voluntades particulares, y aún más, la imposición de una sobre las otras, y se garantiza la universalidad de la conducta humana”. Para Kant, el deber moral se presenta como un imperativo de la razón libre de cualquier contingencia empírica y por ende, válido para todos. En esto radica el principio de autonomía, el cual se expresa a partir de la conformidad plena de la voluntad con la razón. En consecuencia, la virtud es el esfuerzo por sustraerse a toda influencia externa y actuar conforme al principio interno de la voluntad.

El apego de Thoureau a las doctrinas kantianas de la moralidad se manifiesta también es su apego a Emerson y al «trascendentalismo». Este último se constituyó como “un grupo de pensadores y artistas que defendían la libertad de conciencia basándose en cierto romanticismo e idealismo postkantianos. Para ellos, la salvación individual y la reforma social eran ambos asuntos personales que sólo pueden ser auxiliados por la cercanía a la naturaleza y la obediencia a la propia conciencia”. El “trascendentalismo” se sostiene sobre el principio de autonomía kantiano y subyace en la propuesta de Thoureau de manera radicalizada; para quien la única ley que vale la pena obedecer no es la que impone el Estado, sino la que se presenta interiormente a la razón del individuo, es decir, la única ley que debe ser cumplida es la de la conciencia individual.

Por ello Thoureau afirma que: “La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en todo mo­mento lo que yo considero justo”. En este sentido el Estado es únicamente una conveniencia, y resulta inútil una vez que el hombre haya decidido regirse por la ley de su propia conciencia. Pues un buen gobierno es el que gobierna lo menos posible y el mejor gobierno es que no gobierna en absoluto

El llamado a la desobediencia civil ocurre cuando la ley jurídica va en contra de los mandatos de la conciencia. Para Tomás de Aquino el derecho positivo no puede identificarse exclusivamente ni con la ley escrita ni con las decisiones de los jueces, sino que además tiene una dimensión ética y valorativa, es decir, el derecho positivo debe preocuparse de que las normas y las decisiones de los jueces no sólo sean legales, sino también de que sean justas, que se apeguen al derecho natural, la ley que Dios ha dado a los hombres para su sana convivencia. Aquel derecho positivo que no se adhiera al derecho natural, el cual se manifiesta a la razón y la conciencia, será totalmente injusto e inválido, y el hombre tiene el derecho de no cumplirlo.

En Tomás de Aquino, obviamente hay un elemento teológico que quizás Thoureau no compartiría, aunque coinciden en el hecho de que si una ley positiva está en contradicción con la conciencia y, daña la integridad del sujeto individual, esta ley debe ser violada, pues, como sostiene Thoureau “[si la ley] es de naturaleza tal que requie­re de vosotros como agentes de injusticia para otros, entonces os digo: Romped la ley. Que vuestra vida sea una contradicción que detenga la máquina. Lo que hay que hacer, en todo caso, es no prestarse a servir al mismo mal que se condena”. Y continua: “Todos los hombres reconocen el derecho a la re­volución, es decir, el privilegio de rehusar adhesión al gobierno [y sus leyes] y de resistírsele cuando su tiranía o su in­capacidad son visibles e intolerables”.

Así entonces, la ley jurídica nunca puede estar por encima de la conciencia de los individuos: “la ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ellos, incluso los mejor dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia”.


Para Thoureau la valía de la conciencia individual no se encuentra en la adhesión a un grupo, sino en la afirmación de su singularidad. De hecho, Thoureau desprecia explícitamente a las masas: “Poca es la virtud que encierra la masa. Cuando la mayoría vote, por fin, por la abo­lición de la esclavitud será porque es indiferente a ella o porque queda ya muy poca que abolir mediante su voto. Serán ellos, entonces, los únicos esclavos. Sólo el voto de aquel que afirma con él su propia libertad puede acelerar la abolición de la esclavitud”. Y añade: “Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado mien­tras no reconozca al individuo como poder superior”.

Esta idea de anteponer al individuo sobre la masa puede ser rastreada en Kierkegaard, cuya propuesta filosófica giró en torno a la idea de combatir el “proceso de nivelación”, esto es, el hecho de la predominancia de la categoría de masa sobre la categoría de individuo. Para Kierkegaard el individuo singular siempre se antepone a la generalidad, el pensamiento mientras es abstracto considera únicamente la generalidad de la masificación, solo el pensamiento existencial puede capturar al sujeto individual y sus intereses.

Por tanto, los intereses del Estado no son los del sujeto individual y por ello la desobediencia es una obligación: “Me cuesta menos, en todos los sentidos, el incurrir en pena de desobediencia al Estado que el obedecer, en cuyo caso me sentiría mer­mado en mi propia estimación”.

Por consecuencia, el Estado no tiene más poder que aquel que el individuo le concede (reflexión valiosa en tiempos de pandemia donde los individuos han decidido ceder al Estado incluso su derecho al libre tránsito). La desobediencia civil es una obligación con relación a la sociedad en la que se vive, puesto que no hay justificación posible para un gobierno que perjudica más de lo que beneficia a sus ciudadanos: “Simplemente, deseo rehusar mi adhe­sión al Estado, retirarme y mantenerme efectivamen­te al margen de él… De hecho, declaro llanamente mi guerra al Estado, a mi modo, aunque seguiré haciendo uso y obteniendo cuantas ventajas pueda de él, como es habitual en es­tos casos.”

Te puede interesar:

El virus de la desigualdad: los ricos son más ricos y los pobres más pobres

El día que Rage Against the Machine se encontró con Noam Chomsky

Sloterdijk: La construcción de la individualidad y las masas I

Cuando tengas tu vacuna contra la COVID19, recuerda agradecer a Santa Dolly Parton

Ciencia sí, limpias no: la injusticia epistémica de Lily Téllez