Darth Vader es uno de los villanos más emblemáticos del cine. La saga de George Lucas y su precuela nos han permitido conocer, algunas veces con excesivos melodramas, la vida antes y después del gran acontecimiento que marcó la vida de Anakin Skywalker: su transformación bioartefactual.

Anakin es el prototipo de villano-héroe con resonancias bíblicas, el ángel caído, la promesa rota que poco a poco se convierte en amenaza. Un Jesucristo planetario concebido milagrosamente por un biopoder presente en todas las cosas, desde las motas de polvo hasta las más grande de las estrellas: La Fuerza. Su personalidad limítrofe y su ambición desmedida le convirtieron en una amenaza no solo para sus mentores, sino para todo el universo. Y es precisamente en una lucha con su mentor, Obi Wan, que Anakin -enloquecido por la pérdida de Padme Amidala- ve morir los últimos vestigios de su humanidad al ser quemado y mutilado casi hasta la muerte.

En toda saga Sci-Fi la biotecnología tiene un papel primordial, lo mismo ocurre en el género de las Space Opera, donde “Star Wars” tiene un lugar preponderante (quizás después de “Dune» de Frank Herbert). Estas biotecnologías, definidas como procedimientos tecnológicos mediante los cuales el humano se transforma para hacer frente a sus deficiencias o dificultades biológicas, que abarcan desde intervenciones en procesos moleculares hasta procesos mecánicos del cuerpo, le permiten a Anakin Skywalker conservar la vida.

Esas mismas biotecnologías, junto con las inclinaciones psicológicas de Anakin, posibilitan el nacimiento de uno de los villanos más poderosos del cine: Darth Vader. Sin embargo, la conversión de Anakin Skywalker a Darth Vader no implica solamente un tránsito moral, sino también ontológico, pues Darth Vader es un sujeto cuya estructura ontológica es distinta a la de Anakin, Darth Vader es un “bioartefacto”.

Los «bioartefactos» son aquellas entidades apoyadas en soportes biológicos que han sido sometidas a la selección artificial y deliberada por parte de diseñadores humanos, estas entidades realizan por sí mismas determinadas funciones biológicas que son cooptadas y adaptadas por agentes humanos para nuevos propósitos determinados.Podría decirse que los humanos “sabotean” o modifican los mecanismos biológicos para imponerles sus propios fines.

La reconstrucción del cuerpo mutilado y quemado de Anakin a través de implantes de piezas metálicas y un traje protésico que resguarda lo queda de su cuerpo, hace de Darth Vader un cyborg definitivo, una máquina humana que sobrevive gracias a un respirador y prótesis metálicas. Darth Vader es pues, la encarnación de una vida artificial, la culminación del proyecto civilizatorio transhumanista.

En tanto cyborg, Vader es un claro ejemplo de objeto bioartefactual, entre los cuales también podemos incluir los transgénicos, la inseminación in vitro, las vacunas, la domesticación y cruza intencional de plantas y animales. Todas estas entidades tienen una cosa en común: corporizan un complejo entramado en el que se anudan funciones artefactuales y biológicas. Así, cuando el cuerpo humano es intervenido por algún tipo de antropotecnología adquiere una dimensión bioartefactual, se convierte en un organismo modificado cuyos procesos biológicos son dirigidos intencionalmente, como es el caso del cuerpo quemado y trozado de Anakin Skywalker.

Los bioartefactos representan un reto para el análisis conceptual, no solamente por sus consecuencias éticas, sociales, económicas y políticas sino también por sus repercusiones ontológicas. Pues los objetos bioartefactuales se revelan como híbridos naturales/culturales que exigen para su comprensión una nueva serie de consideraciones y demarcaciones ontológicas, epistémicas y axiológicas. Al ser una mezcla de procesos biológicos e intervenciones humanas intencionales, no pueden comprenderse enteramente a partir de la distinción tradicional natural/artificial. La clásica división aristotélica entre physis y téchne resulta completamente inútil: ¿Qué tanto de Anakin sobrevive en Dart Vader? ¿Dónde termina la vida humana y comienza la máquina? ¿Qué nos da nuestra identidad humana, la mente, el cuerpo, la memoria? ¿Anakin y Vader son la misma persona? Todas estas son preguntas carentes de sentido desde una ontología bioartefactual donde los límites se difuminan.

El cambio paradigmático que introduce en nuestra cultura la presencia de objetos bioartefactuales ha llevado a autores como Koert van Mensvoort y Hendrik Jan Grievink a proponer que en lugar de seguir pensando la realidad a través de la distinción clásica natural/artificial, debemos pensar los objetos en términos de aquello que sí podemos controlar y lo que “aún” no podemos controlar. Ya no importa si los organismos vivos son naturales o artificiales, lo relevante es el control técnico que podamos tener sobre ellos. Claramente, Darth Vader escapa a cualquier mecanismo de control, es el caso prototípico de la biotecnología que persiste como amenaza tecnológica, moral y política.

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