La mente creativa de Giger es una de las más influyentes en la historia del arte y el cine contemporáneos. Una de sus más bellas creaciones, el “Xenomorph” de la película “Alien” ha cautivado al mundo desde su aparición en 1979.


Hans Ruedi Giger nació en Suiza, en plena Segunda Guerra Mundial. Con el paso del tiempo nos volvemos más incompetentes para dimensionar los hechos pasados, pero la Segunda Guerra Mundial, al igual que la Primera, fue devastadora. En este contexto de violencia a escala mundial nació Giger. Su madre siempre temió que la ciudad donde vivía, Flims, fuera bombardeada. La infancia de Giger estuvo atravesada también por esos miedos, el miedo al desastre y la guerra química, como lo deja ver en “Atomic Children” (1967).


Ya siendo un adulto, no podía ver un documental de la Segunda Guerra Mundial donde hubieran cadáveres reales, ni siquiera podía comer carne si esta estaba pegada a los huesos, aunque estos fueran un motivo constante en sus pinturas. El origen de sus miedos fue claro y siempre supo expresarse a través de ellos, aunque siempre huyó del enfrentamiento real con la guerra y la muerte. Su arte nació a través de una enorme ansiedad y terrores, cuanto más pintaba más los dominaba y expresaba. Pero esta expresión nunca fue cruda y paralizante, por el contrario, sus miedos se volvieron elegantes y majestuosos.


A la edad de cinco años, su hermana lo llevó a una exhibición sobre el Antiguo Egipto en un museo local. En la exhibición se encontraba la momia de una princesa egipcia, con los negros huesos expuestos y los retazos de piel pegados al calcio remanente de estos. El pequeño Giger no pudo contener el miedo y la vergüenza ante la risa burlona de su hermana. Muchos años tendrían que pasar para que Giger le confesara a Carmen, su segunda esposa, que después de ese acontecimiento volvería cada domingo para sentarse frente a esa negra armadura hecha de huesos y epidermis.


El abismo negro del sótano donde se encontraba aquella momia, los huesos negros también y la cultura egipcia influyeron notablemente en su obra. El “Xenomorph” es un negro amasijo de huesos, coronado por una cabeza alargada que rememora los deformados cráneos egipcios.


Durante la juventud, su fascinación por lo oculto provino de Sergio Golowin, un escritor y amigo cercano que conoció justo cuando comenzaba a trabajar en su libro “Necronomicon». Golowin era un erudito del ocultismo que le introdujo a estos temas aunque Giger nunca fue propiamente un practicante. De cualquier forma, los temas del ocultismo se manifestaron potentemente en su obra: la sexualidad, la redención y el poder. Por ejemplo, las serpientes claras y oscuras que usó en sus pinturas de hechizos eran una referencia mitológica a la caída de Adán y Eva. Spell III (1976) simboliza la búsqueda de la iluminación con Baphomet representando la humanidad entre el reino animal y lo divino.


A los 65 años, Giger volvió a ser sistemáticamente acosado por sus pesadillas infantiles: una habitación enorme con una sola apertura a lo lejos. Conforme más se acerca a esa apertura la habitación se convierte en un túnel cada vez más estrecho. Giger no puede salir pero tampoco puede volver al principio, está atorado en el pasaje, convertido en un paréntesis entre dos nadas. Hans aseguraba que recordaba el momento de su parto, lo tuvieron que sacar con fórceps, decía. Su sueño era más bien un recuerdo, un vestigio de la memoria primitiva. Giger se volvió a las lecturas y la pintura para escapar de sus propias pesadillas y recuerdos, a través de Freud y Jung intentó urgir en su propia psique, encontrarse con sus pulsiones: la guerra y la sexualidad. Con la pintura, Pasajes I-XI (1969), intentó superar muchos dolores claustrofóbicos y sentimientos de pánico.


Las elegantes y bellas figuras de Giger son como negros ángeles que brotan del más oscuro de los infiernos.

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