Cuando se observa por primera vez el trabajo de Félix Velvet es inevitable sentirse atrapado por el horror de esos rostros blancos, por la profanación de las imágenes cristianas y por el dolor de esas figuras anónimas que habitan entre el orden humano y los espacios metafísicos.

Pero después del shock inicial, deviene un sentimiento de empatía y compasión. En ese espanto se muestra también la fragilidad del dolor y el sufrimiento. El dolor que, en su igualdad, nos une a todxs en lo más íntimo. Las figuras de Félix Velvet sufren, pero su sufrimiento (al igual que el nuestro) es metafísico, perpetuo, inagotable, infinito.

Aunque llenemos la existencia de placeres, la obra de Félix Velvet es una cámara de eco donde resuenan nuestros propios dolores, donde se identifican nuestras ausencias y temores. Criaturas solitarias, huérfanas, que esperan en un mundo terrible, de males y demonios.

La obra de Velvet es la afirmación de aquello mencionado por Ligotti: “Como en cualquier relación satisfactoria, el creador del horror y su consumidor se acercan a la unidad. En otras palabras, cada uno recibe los horrores que merece, los que puede comprender”.

Al final hay consuelo y regocijo en la oscuridad. Aunque sea asombroso decirlo, el consuelo del terror en el arte de Félix Velvet es que en realidad esta intensifica nuestro pánico, lo amplifica en la caja de resonancia de nuestros corazones ahuecados por el miedo, tratando de alcanzar esa perfecta y ensordecedora amplitud con la que podemos bailar la música grotesca de nuestra propia desdicha.

Ahora, Félix ha decidido entrar en un momento de calma y de silencio. Esperamos su regreso para bailar esa danza grotesca.

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