El cine de terror es uno de los géneros más fructíferos de la industria cinematográfica. A lo largo de la historia ha mantenido un atractivo notable, hasta el punto de que no ha habido un periodo, desde 1930, en que no se produzcan películas de terror. Por este motivo, el cine de terror es una parte indisociable de nuestra cultura. Incluso, si no te gusta ver el cine de terror, seguramente conoces a más de uno de sus personajes icónicos, o has tenido alguna experiencia relacionada con las cintas de este género.

Algo que caracteriza al cine de terror es su constante repetición de tópicos, por ejemplo, la muerte poscoital, la casa embrujada o el demonio en el sótano. Para Carol Clover la constante repetición en la que incurre el cine de terror nos permite obtener una imagen clara de los valores compartidos por una sociedad, especialmente aquellos relacionados con la sexualidad.

En este sentido, las películas de terror son bien conocidas por el uso que hacen de ciertos estereotipos sexistas: la “buscona” muere pronto, mientas la “virgen” sobrevive, no sin antes ser perseguida y torturada.

Muchas cintas de explotación vieron (y ven) a las mujeres como objetos sexuales fetichizados hasta el grado de sentir un placer sádico al verlas sufrir. Esto se puede ver claramente en películas como «Gore Gore Girls» (1972) o “Blow Out” (1981) donde se retrata la grabación ficticia de un filme slasher llamado “Co-Ed Frenzy” y lo que único que se le pide a las actrices durante su grabación es: “tits and a scream”.

Esta actitud hacia la mujer en el cine de terror tiene una venerable historia. Durante la década de los treinta, cuando el cine de terror comenzaba en América, el papel de las mujeres era ingenuo, únicamente se les solía ver esconderse y gritar a lo largo de la película, mientras los hombres arreglaban la situación que les permitiría volver al status quo. Durante mucho tiempo, el cine de terror no fue más que una instanciación de aquella fórmula enunciada por Poe: “la muerte de una mujer es lo más poético del mundo”.

Directores emblemáticos en el género han reformulado esta aseveración, no solo en papel sino también en la pantalla. Por ejemplo:

Darío Argento alguna vez dijo: “Me gustan las mujeres. Especialmente las hermosas. Si tienen un bello rostro y figura prefiero verlas a ellas asesinadas que a un hombre o una mujer fea”.

El director Brian de Palma también comentó: “Una mujer en peligro funciona mejor en el suspense. Si tienes una casa embrujada y a una mujer caminando en ella, sientes mayor temor por ella que el que sentirías por un hombre”

Hitchcock fue incluso más brutal: “Siempre sigo el consejo del guionista Sardou: tortura a la mujer. El problema en la actualidad es que no torturamos a las mujeres lo suficiente”.


Afortunadamente, desde la década de los setenta, con el auge del feminismo, esto ha venido cambiando. La incursión de las mujeres en la dirección , producción y actuación es cada vez mayor. Lo que ha permitido deconstruir la figura femenina en este género.

En ningún sentido pretendo ser anacrónico, ni mucho menos cancelador de figuras públicas. Solamente considero que repensar la tradición a partir de los conceptos contemporáneos también es un ejercicio crítico que refuerza nuestra comprensión y entendimiento.

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