Hace cuatro años que murió nuestro Divo de Juaréz, Juan Gabriel. Exactamente fue en la fecha trágica del 28 de agosto del 2016. Nadie podía creer la noticia, todos estábamos impactados. Sin embargo, siempre hay un pelo en la sopa, un tarado en el salón. A muchos les cayó como bomba cuando en su columna de Milenio, el periodista Nicolás Alvarado comentó que la muerte de Juan Gabriel había secuestrado su comida familiar. Que no le gustaba su música y que le parecía un letrista torpe y chabón (el chabón debe ser él, que jamás comprendió la profundidad literaria del Noa-Noa).

A cualquiera le puede no gustar la música de Juanga, pero considerarlo un letrista torpe y chabón sí que ofende. Las cosas se pusieron más intensas cuando el periodista (y hasta entonces director de TV UNAM, pues sus críticas al Divo le costarían el puesto) además comentó que Juan Gabriel era un tipo de muy mal gusto y que le irritaban sus lentejuelas, no por jotas, sino por nacas, su histeria, no por melodramática sino por elemental y su sintaxis, no por poco literaria sino por iletrada.

Ahí fue cuando ya no lo pude tolerar más, nadie puede insultar así al Elton John mexicano, a nuestro Liberace de Juárez. Pero pasada la tormenta de ira, me puse a reflexionar y llegué a la conclusión de que Nicolás tenía razón: Juan Gabriel tiene mal gusto o un gusto excesivamente desmesurado. Sí, al igual que Liberace, Elton John o Cher, Juanga tiene un gusto peculiar por la desmesura, por la exageración y la extravagancia. Pero ahí donde Nicolas ve lo “naco” y la “histeria”, yo veo un glorioso “Camp” muy a la mexicana.

¿Pero qué es el camp? El “camp” es un tipo de sensibilidad moderna que Susan Sontang define como la más alta expresión de la metáfora de la vida como teatro. Un gusto por lo extravagante y lo desmedido. Es el amor a lo no natural: al artificio y la exageración, por eso el “camp” no puede medirse en términos de la armonía o de la belleza, sino de grado de artificio, de estética desmedida.

Esto va desde la extravagancia de Ru Paul hasta las pinturas renacentistas de Cario Crivelli, las películas del director austriaco Joseph Von Sternberg y la actriz Marlene Dietrich. Para Susan Sontag, el gusto “camp” se apoya también en un principio del gusto rara vez reconocido: la forma más refinada del atractivo sexual (así como la forma más refinada del placer ) consiste en ir contra el propio sexo. Desde la óptica “camp”, lo más hermoso en los hombres viriles es algo femenino y lo más hermoso en las mujeres femeninas es algo masculino. Aliado al gusto “camp” por lo andrógino, hay algo que parece muy distinto pero que en el fondo no lo es: un culto a la exageración de las características sexuales y los amaneramientos de la personalidad. Por eso nada resultaba más “camp” que ver a Juanga con sus pantalones flare, sus chalecos de lentejuelas, sus camisas con olanes, y ese amanerado y poderoso contoneo de caderas y hombros de los que, bendito dios, pudimos ser testigos en cada uno de sus bailes sobre el escenario.

Pero a diferencia del “camp” citadino de las grandes urbes como Nueva York y París, el “camp” de Juanga, tenía algo de rural, tenía una serenidad e ingenuidad equivalente al bucolismo de los pueblos de la provincia mexicana. Y aunque Sontag enfatiza que no hay nada en la estética “camp” que sea natural, pues lo “camp” niega la naturaleza o le contradice rotundamente, instaurando en su lugar un reino de artificio. En Juanga vemos la traducción de ese código al contexto de un país que vive la tensión entre la urbanización y el campo. Entre los olanes Gucci y las votas vaqueras.

Juanga nos mostró que en el contexto de un país como el nuestro, también se puede experimentar la psicopatología del derroche desmedido, la belleza del artificio y la extravagancia e hipnotismo del amaneramiento.

Besos y abrazos mi Juanga, tarde o temprano estaremos contigo para seguir amándote.