En el 2019 fuimos testigos de un repunte de sarampión en Europa. La causa: padres convencidos de que las vacunas podrían causarle autismo a sus hijos. El movimiento antivacunas, aunque ahora está bastante reavivado por la pandemia, no es algo nuevo. Se tiene registros que durante el siglo XIX en Inglaterra, la gente salió a las calles en oposición a las vacunas obligatorias contra la viruela. En aquel entonces la gente se manifestó con pancartas que decían: «Revocar las leyes de vacunación, la maldición de nuestra nación» y aseguraban que era «Mejor celda de prisión que bebé envenenado».

Pero el movimiento antivacunas, tal y como lo conocemos actualmente, tiene su origen en una publicación del Doctor Andrew Wakefield. En un artículo publicado en la revista The Lancet en 1995, Wakefield afirmó, junto con otros investigadores, que la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn ocurrían aproximadamente tres veces más frecuentemente en personas que habían sido vacunadas con la triple vírica. Por estos mismos años ya se especulaba que el autismo podría tener una base inmunitaria, pero no había ninguna investigación científica que lo confirmara.

Tres años más tarde, en 1998, Wakefield publicó otro artículo en la misma revista donde sostenía una relación causal entre la vacuna triple vírica y el autismo. En dicho estudio, Wakefield analizó el caso de 11 niños y una niña, con edades entre 3 y 10 años que hasta entonces habían tenido un desarrollo cognitivo “normal”. Pero coincidiendo con la aparición de ciertos síntomas intestinales, los niños comenzaron a padecer involución del lenguaje y cambios en su comportamiento. 9 de los niños desarrollaron autismo, dos más desarrollaron encefalitis y uno tuvo psicosis. Y he aquí el dato “curioso”, 8 de esos mismos niños habían sido vacunados con la triple vírica. Una vacuna que ha prevenido millones de muertes y que se aplica desde los años setenta y que está formada por virus inactivos de sarampión, rubeola y paperas.

Te puede interesar:

Los negacionistas de la nieve: algunos madrileños aseguran que Bill Gates les ha enviado plástico en forma de nieve desde el espacio exterior.

Coronavirus y capitalismo: ¿Hacía donde nos dirige la pandemia?

Posteriormente a la publicación, Wakefield comenzó una agresiva campaña contra la triple vírica. Sin embargo, lo que Wakefield nunca dijo es que en 1997 (un año antes de la publicación de su artículo) había solicitado una patente para una nueva vacuna contra el sarampión de un solo antígeno. Claramente, detrás de su famoso artículo existía un fuerte motivo económico.

En el 2004 el periodista del Sunday Times, Brian Deer, descubrió el conflicto de intereses detrás de la “investigación” de Wakefield. 12 de los coautores del paper decidieron retirar su apoyo a las conclusiones del artículo. Pues además se descubrió que el artículo estaba plagado de falsedades, ya que los niños que fueron estudiados ya presentaban síntomas cognitivos y conductuales antes de padecer las alteraciones intestinales. Y sólo dos padecieron síntomas relacionables con el autismo después del cuadro digestivo.

En febrero del 2010, la revista The Lancet se retractó por la publicación del artículo de Wakefield y acusó que los resultados publicados eran falsos. De hecho, en el sitio web de la revista todavía puedes encontrar el artículo, pero con una enormes letras rojas en las que se puede leer: RETRACTED (da click aquí). Como consecuencia, Wakefield perdió su licencia como médico y fue señalado por haber recibido pagos de los abogados que llevaban las demandas multimillonarias contra los fabricantes de vacunas interpuestas por padres de niños autistas. Al día de hoy, Wakefield no es respetado por la comunidad científica ni puede expedir recetas de paracetamol, pero eso sí, sigue siendo el apóstol del movimiento antivacunas que con valentía se enfrenta en una cruzada a los poderosos intereses de laboratorios y organismos internacionales.

No seas como Wakefield y sus discípulos, ponte tus vacunas.