Una sociedad que recompensa el mérito resulta atractiva desde el punto de vista de las aspiraciones, pues no solo fomenta la eficiencia, sino que también hace pública la afirmación de una cierta noción de libertad: la idea de que nuestro destino está en nuestras manos y que nuestro éxito depende exclusivamente de nosotros mismos. Esto trae consigo una idea consoladora desde el punto de vista moral: tenemos lo que nos merecemos.

Pero, por muy inspirador que parezca, el principio del mérito tiene una cara bastante oscura. En una sociedad desigual como la nuestra, quienes están en la cima quieren creer que su éxito se debe exclusivamente a su talento y esfuerzo, sin considerar los factores circunstanciales y privilegios que les llevaron al triunfo, creyendo que se merecen todas las recompensas que la sociedad y el mercado otorga a los ganadores, y mirando con condescendencia y desprecio a quienes no han sido tan afortunados.

En ‘The Rise of the Meritocracy’, el sociólogo británico Michael Young predijo la soberbia y el resentimiento a los que da lugar la meritocracia. Se preguntó qué pasaría si un día se superaran las barreras de clase y todo el mundo dispusiera de una verdadera igualdad de oportunidades basada exclusivamente en su propio mérito personal. Contrariamente a lo que pensamos, el resultado no sería el bienestar social. Inevitablemente se fomentaría la soberbia entre los vencedores y un sentimiento de humillación entre los perdedores. Los ganadores considerarían su éxito un “premio” a su capacidad y esfuerzo, y por consiguiente mirarían por encima del hombro a quienes no tuvieran un éxito como el de ellos. Mientras quienes no hubieran logrado ascender se sentirían como si no tuvieran a nadie a quien culpar de su fracaso más que a sí mismos.

La cultura de la meritocracia pierde de vista un detalle importante: en la economía actual no es fácil ascender. Quienes nacen en familias pobres tienen que seguir siendo pobres toda su vida. El estallido de desigualdad observado en décadas recientes no ha acelerado la movilidad ascendente, sino todo lo contrario; ha permitido que quienes ya estaban en la cúspide consoliden sus ventajas y la transmitan a sus hijos. Así que el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales y en una sociedad desigual, la meritocracia no es más que un sofisma.

La cultura de la meritocracia tiene un doble efecto. Por un lado, los individuos de mayores ingresos tienden a subestimar los privilegios con los que nacieron, justificando su éxito profesional únicamente en su propio esfuerzo. Por otro lado, la creencia en la meritocracia también está muy presente en la mente de las personas de bajos ingresos y que difícilmente pueden lograr una movilidad social ascendente, lo que provoca una actitud de culpabilidad dirigida hacia sí mismos, pues creen que la causa de su situación es solamente su responsabilidad.

En consecuencia, el segundo problema de la meritocracia es un problema de actitud ante el éxito que lleva a dividir a las personas en ganadores y perdedores. La meritocracia crea arrogancia entre los ganadores y humillación hacia los que se han quedado atrás.

Para Michael J. Sandel, la meritocracia disminuye nuestra capacidad para concebirnos como seres que compartimos un destino común. Deja escaso margen a la solidaridad que puede surgir cuando reflexionamos sobre la naturaleza de nuestras aptitudes y fortunas. Eso es lo que hace que el mérito sea una especie de tiranía o gobierno injusto.

Si lo pensamos bien, la meritocracia resulta problemática dado que está basada en una estructura individualista y excluyente que mantiene a las personas en un estado de competencia perpetua con los demás. La cara oscura del ideal meritocrático va asociada precisamente a la más atrayente de sus promesas, la de que la persona puede dominar su propio destino y hacerse a sí misma. Sin embargo, en una sociedad desigual, quienes están en la cima quieren creer que su éxito tiene una justificación moral, eso significa que los ganadores deben creer que se han ganado el éxito gracias a propio talento y esfuerzo. Pero, aunque la idea del mérito parezca evidente, no es la solución a la justicia.

La meritocracia no es un ideal al cual debemos aspirar, sino más bien, una fórmula de discordia social garantizada.

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