En el artículo “Can Thought Go on without a Body?” (1988), el filósofo Jean-François Lyotard plantea de manera hipotética el problema de la destrucción del cuerpo y la posibilidad de que la conciencia humana continúe más allá de la existencia material.

Como señala Jaume Llorens, desde este punto de vista, la vida inteligente no requiere de la vida orgánica o biológica. Lyotard ilustra esta posición con la analogía del cuerpo como hardware y la mente como software, y reflexiona que la solución al problema de la destrucción del cuerpo sería manufacturar un hardware capaz de sobrevivir en condiciones no terrestres y de albergar un software tan complejo como el cerebro humano.

Si bien es cierto que el escenario es todavía lejano. Proyectos como la iniciativa 2045 de Dimitry Itskov, ya buscan superar la mortalidad humana mediante la descarga digital de la mente dentro de un portador no biológico, simulando nuestras condiciones de pensamiento mediante el computo para conseguir que la vida humana sea posible después de la destrucción del cuerpo.

¿Pero en verdad la muerte es un problema técnico que deba ser solucionado? Esta hipótesis, reforzada con argumentos científicos reimagina las narrativas místicas, religiosas y mitológicas de la promesa de vida después de la muerte. Por ejemplo, en “Techgnosis» de 1998, Erik Davis anuncia que las tecnologías posthumanas harán realidad, por fin, el mito del cristianismo.


Nuestras inquietudes y deseos siguen siendo los mismos, pero nuestros credos han cambiado. Antes teníamos a la religión, hoy tenemos la promesa de la ciencia transhumanista. Dios ha muerto, pero su esqueleto todavía se retuerce en los rincones de la digitalidad.

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