Hiperestilizada y ultraviolenta, Mandy (2018) de Panos Cosmatos es un dantesco descenso a los infiernos y la locura. Su premisa es bastante sencilla y comparte varios elementos con otras películas del género como “The Texas Chain Saw Massacre” (1974) de Tobe Hooper, “The Wicker Man” (1973), “Hellraiser” (1987) o “The Invitation” (2015). El gusto de Cosmatos por el terror es evidente, su película es un caleidoscopio de referencias retrocinemáticas.

La historia de asesinato y venganza que cuenta “Mandy” es la siguiente: Red(Cosmatos bautizó a su personaje principal con el nombre de un disco de King Crimson, cuyo último track abre la película)vive con su esposa/novia Mandy (Andrea Riseborough) en una bonita cabaña ubicada dentro de un oscuro bosque. Una noche, una secta de hippies a lá Charles Manson invade la cabaña, mata a Mandy, y Red tendrá que descender a los mismísimos infiernos para cobrar venganza.

En “Mandy”, como muchas otras películas del género, los personajes femeninos son utilizados únicamente como víctimas cuya muerte desatará la ira del (anti)héroe. Si bien Cosmatos intenta humanizar a la víctima, Mandy no es más que una colección de proyecciones sobre la belleza femenina mística y oscura, hecha por hombres de mediana edad que aman a las mujeres que leen literatura Pulp, pintan y escuchan a “Black Sabbath”.

La película recibió opiniones divididas durante su estreno, y aunque mayoritariamente todas reconocieron su impecable estética, quedaron serias dudas en relación a su guión. No obstante, “Mandy” pone sobre la palestra serias interrogantes respecto a la manera en que el cine de horror retrata a las clases bajas y excluidas.

En los 90’s Carol Clover señaló que la representación del mal con rostro proletario está intrínsecamente entretejida con las narrativas de terror, develando no solamente la distinción entre clases sociales, sino también la manifestación de una neurosis fundamentalmente burguesa donde los protagonistas, blancos y clasemedieros, son acosados ​​y violentados ​​por representantes de una clase subalterna rapaz y violenta, caracterizada por la deformación de su físico y moral, la falta de higiene, la irracionalidad y la “perversidad” sexual.

“Mandy” no es solamente un viaje a los infiernos potencializado por las drogas químicas. Su temática destaca por la repetición de un tropo favorito dentro de cine de terror: ”El mal de los bosques”.

Red es un talador de árboles que forma parte de una industria capitalista y rapaz cuyo negocio es capitalizar la destrucción de los bosques. Y será precisamente en la oscuridad y profundidad de los bosques donde Red y Mandy conocerán la maldad: un grupo de hippies sectarios encabezado por Jeremiah (como el profeta), acompañados de unos motoristas cuya estética y gusto por el placer desmedido nos recuerda a los Cenobitas de Clive Barker, son los encargados de torturar a Red y matar a Mandy.

Jeremiah y sus subordinados son inconfundiblemente arquetipos de los pobres de las zonas rurales estadounidenses, hillbillies, red necks, hicks, pandilleros o brujos, que operan al margen del estatus quo y la sociedad burguesa. Mientras que Red y Mandy son protagonistas clasemedieros que viven apaciblemente en la comodidad.

Para cobrar venganza Red debe descender a un universo carente de ley y debe luchar encarnizadamente por su supervivencia, recurriendo a los mismos métodos y la misma violencia empleada por sus perpetradores hasta el grado de la irracionalidad y la locura. Es decir, en su descenso a los infiernos, Red pierde todo tipo de privilegio y se coloca en condiciones de igualdad frente a los asesinos de Mandy.

La temática de “El mal de los bosques” no solo confronta al protagonista con lo desconocido, sino también al pobre contra el adinerado, erradicando cualquier tipo de protección para el privilegiado y separándolo de cualquier sistema (legal, judicial, conceptual) que le permita conservar sus privilegios. Privilegios que están sostenidos sobre la explotación del mismo bosque de donde emana la maldad.

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