Para el economista Martin Buxton ,“siempre parece demasiado pronto para evaluar una tecnología, hasta que de repente, ya es demasiado tarde”. Este problema metodológico es bastante habitual en los estudios de evaluación de la tecnología y se conoce como el “dilema del control de Collingridge”. Por un lado, las consecuencias sociales de una nueva tecnología no pueden calcularse con total certeza cuando todavía se están implantando (problema de la información). Pero por otro lado, cuando las evidencias negativas de una tecnología ya son claras, su arraigo en la sociedad es tan fuerte que su erradicación resulta extremadamente difícil (problema del poder).


Este dilema está presente en la evaluación de muchas tecnologías actuales, entre ellas las relativas al campo de la neurotecnología. Aunque parezca Sci-Fi, en las próximas décadas veremos la consolidación de dispositivos y técnicas capaces de decodificar la información de nuestro cerebro, amplificar nuestros sentidos o modificar nuestros recuerdos. El reto ético planteado por las neurotecnologías nos obliga a abordar una cuestión ético-socio-legal y política fundamental: determinar si –o en qué condiciones– es legítimo acceder o interferir en la actividad cerebral de las personas. Para ello es necesario crear una regulación jurídica de la investigación y práctica neurocientífica.


La neurotecnología es el conjunto de técnicas que permiten visualizar, manipular, registrar, medir y obtener información del cerebro y del sistema nervioso con el objetivo de controlar, reparar o mejorar sus funciones. Para el neurocientífico Rafael Yuste, uno de los principales impulsores del proyecto BRAIN, en 10 o 20 años «como mucho”, existirá la tecnología suficiente para adentrarse en el cerebro humano, combatir enfermedades y, por qué no, manipularlo.


En la neurotecnología confluyen tecnologías digitales, físicas y biológicas que evolucionan a gran velocidad. Sus técnicas pueden dividirse, principalmente, entre aquellas que requieren un contacto directo con el cerebro y el sistema nervioso (invasivas) y aquellas que no necesitan un contacto directo (no-invasivas). Las neurotecnologías invasivas –basadas en implantes neurales– registran y/o alteran la actividad cerebral desde el interior del cráneo y, por consiguiente, han de ser quirúrgicamente implantadas en el cerebro. Las no invasivas registran y/o alteran la actividad cerebral desde el exterior del cráneo, por lo que pueden utilizarse de manera similar a como, por ejemplo, opera la maquinaria biomédica de obtención de imágenes del cerebro.


Las nuevas tecnologías nos han mostrado que los derechos humanos actuales no son suficientes para garantizar nuestras libertades y derechos más fundamentales. Pues, al igual que sucede con otras tecnologías, las neurotecnologías no escapan al “principio de Skolnikoff”. Según el cual, una tecnología puede ser utilizada para cualquier otro propósito que no había sido previsto originalmente en su diseño. Así, las implicaciones de las neurotecnologías van más allá de lo técnico para plantear interrogantes de corte ético, político y social.


Ante este panorama, distintos grupos abogan a favor de incluir nuevos “neuroderechos”: derechos humanos específicamente referidos al uso y aplicaciones de las neurotecnologías. Estos nuevos derechos son entendidos como una evolución de los derechos humanos aplicada al auge de las tecnologías que pueden ser consideradas disruptivas para la integridad mental y psicológica de las personas.

Los 5 neuroderechos fundamentales promovidos por The NeuroRights Foundation son:

  1. Privacidad: La creciente datificación y mercantilización de las informaciones personales de los individuos corre el riesgo de atentar contra la privacidad y la intimidad, y esta posibilidad se multiplica en el caso de las neurotecnologías.
  2. Libertad cognitiva: se sitúa en continuidad con el derecho humano a la libertad y libre desarrollo de la conciencia, evitando posibles usos coercitivos de ciertas herramientas neurotecnológicas.
  3. Integridad mental: se debe preservar a los usuarios de posibles injerencias que puedan modificar su estado neuronal sin su consentimiento.
  4. Continuidad psicológica: referida a la capacidad de las personas de mantener la continuidad de su identidad y personalidad de forma libre.

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