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El proyecto tecnocientífico civilizatorio contemporáneo se personifica, en una mezcla de emoción y de terror, desde las primeras líneas de Neuromancer, novela Sci-Fi escrita por William Gibson. La novela comienza recreando, con crudeza, un universo en el que la tecnología y la naturaleza conforman un simbionte:


“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”.


Al igual que el proyecto civilizatorio de la tecnociencia contemporánea, el imaginario Cyberpunk ensaya la situación hipotética en donde la tecnología se ha encargado de desafiar nuestros dualismo y dicotomías más atrincheradas. Nada hay, en el universo Cyberpunk, que no sea un «bioartefacto», un bioproducto intencionalmente dirigido: cuerpos humanos intervenidos con implantes tecnológicos, realidad virtual y aumentada, organismos modificados genéticamente, ciudades inteligentes, cyborgs y armas biológicas, ya no son exclusivos del imaginario de la ciencia ficción, el día de hoy son una posibilidad que se abre paso en la concreción de nuestras vidas.

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Julius Deane es un personaje de Neuromancer, tiene 135 años y ha pagado una fortuna en sueros y hormonas para modificar su metabolismo. Para conseguirlo ha viajado a Tokyo, donde se ha sometido a métodos de cirugía genética para reescribir su DNA. Logrando, al menos por varios años, mantener a raya la vejez y la degradación natural de su cuerpo. Básicamente, ha comprado la inmortalidad.


Ratz, el bartender del conocido bar “Chatsubo», ha impedido que la pérdida de su brazo derecho sea una limitación, sustituyéndolo por una prótesis mecánica que le permite ser más eficiente en su trabajo y otras labores.
Aunque Julius Deane y Ratz son personajes de ficción, encarnan a la perfección uno de los anhelos más antiguos de la humanidad: poder prescindir del cuerpo y con él de sus carencias, defectos, limitaciones y enfermedades.


No obstante, las «antropotecnologías» no son un asunto exclusivo de la ciencia ficción, sino una posibilidad real y se definen como: aquellos procedimientos tecnológicos mediante los cuales los humanos se transforman para hacer frente a sus deficiencias biológicas (estos procedimientos abarcan intervenciones en procesos moleculares, genéticos, fisiológicos o mecánicos del cuerpo) y extender así sus capacidades físicas e intelectuales mediante un amplio espectro de tecnologías aplicadas al organismo. En este proceso de transformación y de intervención tecnológica, las personas van adquiriendo una nueva dimensión dirigida, y se van configurando a sí mismos como “bioartefactos”.


Los «bioartefactos» son aquellas entidades apoyadas en soportes biológicos que han sido sometidas a la selección artificial y deliberada por parte de diseñadores humanos, estas entidades realizan por sí mismas determinadas funciones biológicas que son cooptadas y adaptadas por agentes humanos para propósitos determinados. Podría decirse que, los humanos “sabotean” o modifican los mecanismos biológicos para imponerles sus propios fines (Parente, 2016: 133).
Los transgénicos, la inseminación in vitro, las vacunas, la domesticación y cruza intencional de plantas y animales, son algunos ejemplos de “bioartefactos”, de entidades que corporizan un complejo entramado en el que se anudan funciones artefactuales y biológicas. Así, cuando el cuerpo humano es intervenido por algún tipo de “antropotecnología” adquiere una dimensión bioartefactual, es decir, se convierte en un organismo modificado cuyos procesos biológicos son dirigidos y modificados intencionalmente.


Los bioartefactos representan un reto para el análisis, no solamente por sus consecuencia éticas, sociales, económicas y políticas sino también por sus repercusiones ontológicas. Éstos se revelan como híbridos naturales/culturales que exigen para su comprensión una nueva ontología dinámica, así como una serie de consideraciones y demarcaciones ontológicas, epistémicas y axiológicas (Linares & González, 2016:13).


Al ser una mezcla de procesos biológicos e intervenciones humanas intencionales, los bioartefactos no pueden comprenderse enteramente a partir de la distinción tradicional natural/artificial. Pues ni el esquema explicativo de lo natural, ni el esquema de producción artificial son suficientes, por sí solos, para comprender la condición ontológica bioartefactual. La clásica división aristotélica entre Φυσις y τέχνη resulta completamente inútil.


El cambio paradigmático en la ontología y comprensión de estos nuevos objetos biotecnológicos ha llevado a autores como Koert van Mensvoort y Hendrik Jan Grievink a proponer que en lugar de seguir pensando la realidad a través de la distinción clásica natural/artificial, debemos pensar los objetos en términos de aquello que sí podemos controlar y lo que “aún” no podemos controlar. Ya no importa si los organismos vivos son naturales o artificiales, lo relevante es el control técnico que podamos tener sobre ellos.


Esta visión de control se incrusta de manera perfecta dentro del proyecto de la “Civilización tecnocientífica contemporánea” que tiene como propósito implícito convertir todo lo natural en producto artefactual; en este propósito se incluye la transformación radical, en términos ontológicos, axiológicos y estéticos, de todo organismo vivo en organismo vivo artefactual, es decir, en un bioartefacto (Linares & González, 2016:13).

La biología molecular es un claro ejemplo de la búsqueda de esta posibilidad. Craig Venter, co-fundador de Synthetic Genomics, una firma dedicada al uso de microorganismos genéticamente modificados para la producción de etanol e hidrogeno y líder investigador de uno de los equipos que logró secuenciar por primera vez el genoma humano, ha reformulado la famosa cita de la colección matemática de Pappus de Alejandría: “dadme un punto de apoyo y moveré al mundo” por una afirmación ambiciosa y profundamente mecanicista: “dadme un protoplasma vivo y re-haré el reino animal y vegetal por completo” (Venter, 2013: 10).

¿Qué podemos esperar de este escenario dado nuestro contexto real? Es decir, ¿cuáles serían las consecuencias “reales” de esta revolución artefactual?