El 26 de Abril se celebra el “Alien Day” en conmemoración de la saga “Alien” inaugurada por la cinta de Ridley Scott, “Alien: el octavo pasajero”. ¿El motivo? El nombre de una de las lunas del planeta Calpamos, ubicado en el sistema Zeta Reticuli, a 39 años luz de nuestro planeta. En esta luna, llamada LV-426, aterrizó la nave Nostromo después de recibir una señal de auxilio. Y bueno, ya todos sabemos qué fue lo que paso después. Así que en honor a LV-426 los fans de la saga celebran “The Alien’s Day” cada día 26 del 4º mes del año, abril.

Esta luna y sus circunvecinas se mantendrán relevantes a lo largo de toda la saga. Pues como vemos en la cinta del 2012 dirigida por Ridley Scott, “Prometheus”, durante el año 2090 el empresario y multimillonario Peter Weyland apoyó la iniciativa de la Dra. Elizabeth Shaw para explorar LV-223, otra de las tres lunas de Calpamos.

Shaw estaba convencida que los precursores o diseñadores de la humanidad podrían encontrarse en dicho sitio, pues así lo señalaba la evidencia encontrada un año antes en el planeta Tierra: la conformación de un mapa estelar presente en las escrituras y pinturas de diferentes civilizaciones antiguas.

Peter Weyland muestra interés en la teoría de Shaw y decide financiar un viaje para encontrarse con los “ingenieros” de la humanidad. Sin embargo, Weyland tenía una agenda oculta, pues sus verdaderos intereses no estaban en LV-223, sino en LV-426. La división científica de Weyland había detectado recientemente una señal débil, casi imperceptible que emanaba de aquella luna. Por lo que Peter Weyland dispuso de un androide llamado David como encargado de su misión secreta.

“Prometheus” inicia con una secuencia bella y enigmática en la que se aprecia un planeta Tierra primitivo, antes del comienzo de la vida. Al borde de una cascada, una criatura humanoide espera, mientras que al fondo se aprecia el despegue de una nave espacial. La criatura bebe un líquido negro e inmediatamente comienza a desintegrarse. Cuando sus restos corporales caen por la cascada, su ADN sufre una reacción biogenética que nos hace suponer el inicio de la vida en el planeta.

Estas criaturas primigenias son los “ingenieros” que tanto desea encontrar Shaw. Sin embargo, nada le ha advertido que lo que en realidad encontrará en aquella luna LV-426 será su propia insignificancia y fragilidad ante la indiferencia cósmica.

Mientras que en la primera cinta de la franquicia Ridley Scott explora una fascinación mórbida por el alumbramiento, la concepción y la violación, así como por la visión psicoanalítica de la madre y la castración, en “Prometheus” parece decidido a explorar el anhelo nostálgico del origen de la humanidad y los mitos del sacrificio masculino. En su ensayo “Prehistories of posthumanism: Cosmic Indifferentism, Alien Genesis and Ecology from H.P. Lovecraft to Ridley Scott”, Brian Johnson sostiene que en “Prometheus” la humanidad es reducida a meros experimentos biotecnológicos llevados a cabo por una raza alienígena de gigantes prometeicos. Con esto, Scott ofrece a su audiencia un nuevo mito originario que ya no es el de la madre monstruosa presente en otras películas de la saga, sino la versión planetaria de Frankenstein en la que el prometeísmo de una ciencia paternal abandona indulgentemente a su creación.

Pero, más allá de la obra de Mary Shelly, Johnson establece un interesante paralelismo entre la obra de Ridley Scott y Lovecraft. Pues asegura que los mitos lovecraftianos sentaron las bases para “Alien: el octavo pasajero”, ya que en su concepción más básica el “horror cósmico” de Lovecraft tiene como premisa la irrelevancia de la condición humana en un universo indiferente, materialista y mecanicista. Esta idea parece verse confirmada en una carta a Farnsworth Wright, director de la revista Weird Tales, donde Lovecraft escribió:

Todas mis historias se basan en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones comunes de los seres humanos no tienen validez ni significación en la amplitud del vasto cosmos. (…) Uno debe olvidar que cosas como la vida orgánica, el amor y el odio, y todos los demás atributos locales de una insignificante y efímera raza llamada humanidad, existen en absoluto.

El horror cósmico de Lovecraft alcanza escalas metafísicas. Es un hecho que cualquier empresa y aspiración humana está condenada al fracaso, pero también es cierto que vivimos en el peor de los universos posibles, un universo indiferente donde nadie escuchará nuestros gritos. La veta lovecraftiana de “Alien: el octavo pasajero” se manifiesta a través de lo insignificante e indiferente que resulta la vida humana para un cosmos habitado por criaturas primigenias indolentes a nuestros deseos, sufrimientos y necesidades.

Por su parte, “Prometheus”parece relacionarse más con el universo lovecraftiano, pues retrata a un grupo de científicos que descubre no solo el origen cósmico de la humanidad, sino también la presencia de unos dioses mitológicos que reafirman la indiferencia del cosmos. La narrativa de astronautas ancestrales o dioses alienígenas ha tenido una atracción asombrosa a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, desde la sensacionalista «arqueología alternativa» de Erich von Däniken en “Chariots of the Gods?” (1968) y la especulación de Zecharia Sitchin sobre la génesis extraterrestre en “El duodécimo planeta” (1976) hasta los cultos del fin del mundo de los últimos días y las «religiones OVNI» como Heaven’s Gate y el Movimiento Raeliano, se encuentran estrechamente vinculadas con los mitos de Cthulhu, particularmente su despliegue en “Las montañas de la locura” (1936), donde un grupo de científicos en la Antártida descubre que viejos dioses cósmicos «han creado toda la vida terrestre como una broma o un error». Para Johnson no es de extrañar que la franquicia “Alien”, uno de los popularizadores más creativos y famosos de los motivos y temas lovecraftianos de los últimos cincuenta años, vuelva a visitar este mismo terreno en una película abiertamente lovecraftiana como “Prometheus”.

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