Si asumimos que la construcción del individuo es histórica, es decir; que depende de las condiciones materiales e intelectuales de una época, podemos afirmar que existen cambios y quiebres en su conceptualización. Por tanto, el individuo no puede ser entendido de un modo transversal o a-histórico: “Para Sloterdijk el individuo, en el sentido usual de las sociedades modernas, es una creación tardía de las «altas» culturas. Dicha opinión nace de una reflexión sobre las condiciones históricas del surgimiento de los individuos”.

Un concepto fundamental en la construcción conceptual del individuo es la categoría “diferenciación/distinción”. Las luchas fundamentales de la sociedad moderna se disputan en torno a esta categoría: “Hemos comprendido que las luchas culturales en el seno de las sociedades modernas han sido algo más que simples reflejos semánticos de los conflictos sociales, sean estos luchas de clases o luchas de sexos, sean posibles fricciones entre culturas mayoritarias o minoritarias, o sean tensiones existentes entre poderes ideológicos religiosos y una secularización en situación de ofensiva. […] Todo revela, antes bien, que el fenómeno de la lucha cultural en cuanto tal es una disputa que se libra en torno a la legitimidad y procedencia de las distinciones en general.

Del mismo modo que el problema de la procedencia del mal fue el objeto de inquietud de la metafísica religiosa, la sociedad secular se preocupa por la cuestión de justificar y legitimar sus distinciones”. Es decir, en El desprecio de las masas, Sloterdijk lleva a cabo una revisión ontológica de dicha categoría, la cual le permite construir una caracterización de la individualidad y el papel de distinciones categorízales como “diferencia/distinción” y “similitud”, en la nueva sociedad  de masas.

Para Sloterdijk la nueva cultura de masas tiene su origen en un antiesencialismo, en el que cualquier distinción metafísica ha sido derogada: “El proyecto democrático descansa en la resolución de interpretar la otredad de los hombres de otro modo -y de tal manera, por descontado, que las diferencias encontradas entre ellos sean eliminadas y sustituidas por diferencias hechas-. Entre esta actividad de encontrar y de hacer las diferencias van a alzarse en fechas venideras los límites que albergaran el combate más encarnizado: el existente entre los intereses de preservación y el afán de progreso; entre el sometimiento y la autodeterminación; entre la escucha onto1ógica y ese hacer constructivista; y cómo no, a la postre, entre high und low cultural”. Esto significa que la categoría de “diferenciación/distinción” no es la misma desde un punto de vista metafísico que desde un punto de vista constructivista.

Las sociedades modernas han optado por la idea de que las distinciones (categoría diferenciación/distinción) no son cosas en sí mismas, por lo que su origen no es natural (metafísico), sino que son producto de una construcción (constructivismo). Para el pensamiento contemporáneo toda distinción no es más que la expresión de quien diferencía, esto es; no hay una realidad de hechos, sino solamente de interpretaciones. Siendo esta pluralidad hermenéutica contraria a la postulación metafísica de un fundamento.

Cuando Nietzsche anunció la muerte de Dios anticipó la postura intelectual de una época, anunció con ello, también, la muerte de cualquier sistema metafísico que pudiera otorgar un fundamento inamovible. En palabras de Arendt podemos decir, respecto a la herencia de la modernidad, que “A nuestra herencia no le precede ningún testamento [metafísico]”.

Al no haber un fundamento metafísico válido, todo se reduce a constructos sociales: “En ese parlamento de las ficciones que nosotros llamamos la opinión pública sólo existen tomas de partido que no hacen otra cosa que seguir construyendo. La sucesión de las revisiones revolucionarias dispuestas a imponerse hunde sus raíces en esta situación: no hay señores, sólo procesos de sometimiento; no hay talento natural, sólo procesos de aprendizaje; no hay genio, sólo procesos de producción; como tampoco autores, sólo procesos de programación –así como programadores a su vez programados”.  Antes de la modernidad había fundamentos inmutables que nos permitían hacer distinciones, categorizar el mundo. Con la desaparición de estos fundamentos metafísicos, desaparición motivada por posturas intelectuales, el hombre se ve en la necesidad de construir sus propios fundamentos, pero a diferencia de los metafísico, estos fundamentos no son inmutables, sino mudables y siempre sujetos a revisión. Por tanto, el mundo y con él el individuo, son objetos de múltiples categorizaciones, ninguna de ellas mejor que la otra.