Dario Argento y la actriz Daria Nicolodi se conocieron durante el rodaje de “Profondo Rosso” (1975). Ya siendo pareja, Nicolodi solía contarle a Dario una historia que le compartió su abuela: de como había ido a estudiar danza en una escuela de prestigio en la que resultó que se hacía también brujería. A partir de esta idea Argento y Nicolodi escribieron juntos el guión de “Suspiria” (1977) , inspirada también en “Suspiria de Profundis” de Thomas De Quincey con un poco de Edgar Allan Poe.


La versión de “Suspiria» (2018) dirigida por Luca Guadagnino parte de la misma premisa, aunque cambia notablemente en sus formas y tratamientos. Por ejemplo, aunque casi toda la historia se desarrolla en una academia de baile, para Argento la danza nunca fue el motivo central de su película. Caso contrario es el de Guadagnino, quien centraliza el horror en el baile y el cuerpo.


La relación entre danza y cine surgió ante la necesidad de experimentar nuevos lenguajes artísticos. A inicios del siglo XX, el cine buscaba experimentar otras maneras de contemplar el cuerpo de los actores. En este contexto, Maya Deren será de las primeras en explorar con el cuerpo del bailarín en el cine. Inspirada en el vodoo haitiano, Deren decidió ahondar en las danzas más primitivas. En su película,  “A study in coreography for the camera” (1945), el movimiento ritualístico del bailarín funciona como un pasaje de transición entre el mundo cotidiano y un mundo metafísico desconocido.


Esta misma transición es la que podemos encontrar en la adaptación hecha por Guadagnino. En su versión de “Suspiria”, la danza no es solamente el medio por el cual las bailarinas expresan sus emociones, sino que constituye un instrumento político de dominación. En otras palabras, Guadagnino convierte la danza en un ejercicio de crueldad donde los cuerpos son reducidos a objetos que se pueden manipular para lograr ciertos fines, en este caso, el regreso de la Madre Markos. A diferencia de la obra de Argento, el horror ya no se materializa únicamente en los cuerpos desangrados, mutilados y cercenados de las bailarinas asesinadas, sino a través de la danza como sistema de dominio y administración de los cuerpos.


Un ejemplo claro de lo anterior es cuando Patricia le cuenta al médico cómo las brujas pretendían dominarla: primero le cortaban el pelo, después tenía que entregarles una muestra de orina, y por último, su vida era completamente controlada. Poco a poco le despojaban de su identidad y voluntad para poder sacrificarla. Estos eran los pasos necesarios para conjurar no solo la vuelta de la Madre Markos, sino del poder ancestral que alguna vez las brujas poseyeron.


Los cuerpos de las bailarinas, su dolor y sufrimiento, es administrado a través de la danza, la cual se convierte en un rito de iniciación donde las bailarinas, guiadas y dirigidas por las brujas, invocarán a la Mater Suspiriorum. Las bailarina de la academia son únicamente cuerpos que han sido disciplinados, moldeados y manipulados, con un objetivo: concretar el poder de las brujas. En este sentido, el deseo del aquelarre y la Madre Markos consiste en perpetuar el dominio sobre su estirpe, pero con otro cuerpo más joven, dominado y desterritorializado.


En la película de Guadagnino, la danza no se queda materializada dentro del salón de baile, sino que trata de penetrar y conquistar otros cuerpos. Esto se materializa en la escena donde Susie (Dakota Johnson), sin ser consciente de ello, subordina a otra bailarina. Sus movimientos se transmiten al cuerpo de la otra joven, manipulándolo y subordinándolo, hasta conseguir que su cuerpo encare su propia organización y límites. Al final solo queda un amasijo de carne y huesos, su cuerpo ha sido despojado de autonomía hasta el grado de lograr su destrucción. Al final, el cuerpo de Susie se develará como un cuerpo indisciplinado que romperá el orden social y jerarquizado de la academia.


Para saber más, puedes leer el artículo de Patricia Úbeda Sánchez: “La danza, una narrativa corpórea del horror, en Suspiria de Luca Guadagnino”.

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