Desde el siglo XVIII, con el surgimiento de la novela gótica, el horror ha sido un género persistentemente popular en una amplia variedad de medios artísticos. Sin embargo, aunque en el teatro los momentos de terror no son ajenos, como género ha permanecido sospechosamente ausente. En general, se crean pocas obras que se identifiquen específicamente como teatro de horror.

Se dice que algunas de las primeras obras de teatro contenían momentos verdaderamente aterradores. Por ejemplo, se rumorea que durante la primera representación de Euménides de Esquilo, “el coro de Furias tenía un aspecto tan aterrador que varias mujeres del público abandonaron la función”.

De cualquier modo, las apariciones y fantasmas rara vez son los temas principales de las obras de teatro. Los fantasmas pueden, como en “Hamlet” de Shakespeare o “Sticks and Bones” de David Rabe, servir como personajes intermediarios para impulsar la acción de los protagonistas.

En 2014, Andy Nyman escribió un artículo para The Guardian titulado: «El teatro puede superar al cine de terror, entonces, ¿dónde están todas las obras de terror?» Para Nyman, obras como “The Woman in Black” pueden “provocar un golpe de terror que se amplifica agudamente porque es en vivo”. Desanimado por la existencia de una sola obra de terror en los principales escenarios de Londres, Nyman y Jeremy Dyson escribieron “Ghost Stories”, una obra cuyo sitio web advierte que aquellos con “disposición nerviosa” deberían “pensar muy seriamente antes de asistir”.

El ejemplo más notable de horror escénico se encontró en el teatro parisino Grand Guignol, que experimentó su gloria en las décadas de 1920 y 1930. Este teatro era conocido por su búsqueda de escenas excepcionalmente realistas y extremas de gore y sus tramas explícitamente violentas. Entre 1901 y 1926, Andre de Lorde, conocido como el “Príncipe del Terror”, escribió más de cien obras de terror para el Grand Guignol, consolidando el estilo sangriento que se convirtió en la firma de este tipo de teatro.

En la tradición del Grand Guignol, se decía que una buena obra de terror se medía por el número de espectadores que se desmayaban cada noche (el récord era de quince) y no era raro ver médicos en el lugar tratando a los espectadores que vomitaban o se desmayaban. Las obras eran breves, de quince minutos, llenas de suspenso y conducían a un clímax dramático y sangriento. Sus guiones estaban dominados por temas de inestabilidades cognitivas, con personajes enloquecidos o controlados por una hipnosis trastornada. Presentando, a menudo, escenas de violación y tortura.

“The Woman in Black” Quizás sea la obra de terror más popular, sin necesitar de grandes efectos especiales para crear su atmósfera misteriosa. Adaptada por Stephen Mallatratt de la novela del mismo nombre (escrita por Susan Hill), “The Woman in Black” se presenta en el teatro Fortune de Londres desde 1989, lo que la convierte en la segunda obra no musical de mayor duración en la historia del West End.

En 2011, el Teatro Nacional de Londres organizó una producción de ‘Frankenstein’ dirigida por Danny Boyle y protagonizada por Benedict Cumberbatch y Jonny Lee Miller, teniendo una fantástica acogida. Y demostrando que las audiencias del teatro no son audiencias viejas y estéticamente conservadoras.

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