Una manera bastante común de pensar la realidad es través de dicotomías, desde Parménides y Heráclito la humanidad se ha debatido el ser como movimiento o estaticidad. El cine de horror no está exento de esta mirada dicotómica. En el género es común ver enfrentados polos como lo racional y lo irracional, lo sagrado y lo profano, hombre y mujer, permitido y prohibido, etc. No estoy afirmando que las cintas de horror tengan la simpleza de esta distinción, en la creación intervienen otros elementos que pueden enriquecer el producto final. Lo que sostengo, en todo caso, es que en un ejercicio de abstracción, el cine de horror puede entenderse a partir de estas distinciones dicotómicas.

Una de estas dicotomías recurrente en el género es: city-country. Las narrativas en las que un grupo de citadinos viaja en coche o cualquier otro transporte, a las afueras de la ciudad, el bosque o cualquier otro pueblo alejado, solo para encontrar una muerte dolorosa, son bastante comunes en el género de horror. En su articulación política, la dicotomía city-country devela otra distinción fundamental, aquella entre adinerados y pobres, explotadores y explotados. De esta manera, el cine de horror abraza la tesis política y social de la confrontación entre clases.

Moverse de la ciudad al pueblo implica una transposición de dos ordenes distintos, lo civilizado y lo primitivo. El horror estriba en verse dentro de un contexto sin ley, donde se debe luchar cuerpo a cuerpo para salvar la vida. Pensemos por ejemplo en el clásico de Wes Craven, “The Hills Have Eyes” (1977). En este filme una familia, típicamente estadounidense, se dirige por carretera a California para conocer la herencia que les ha dejado un familiar, unas viejas minas de plata abandonadas. En el trayecto esta familia se ve en la necesidad de abandonar la seguridad de la carretera y adentrarse en el desierto, a mitad del camino el coche en el que viajan sufre una avería, a partir de ahí su viaje se convierte en un calvario, pues comienzan a ser cazados por una familia de caníbales que vive en las montañas.

En una especie de lógica espejo, la familia tradicional se encuentra con su contraparte, una familia de salvajes, pobres, sucios y excluidos del sistema económico y social, de manera similar a otras tramas como “Us” de Jordan Peele. En “The Hills Have Eyes” el desierto es un lugar carente de ley, en el que gente de la ciudad tiene que enfrentarse, en una lucha encarnizada por la sobrevivencia, contra su alteridad. Esta alteridad está notablemente caracterizada por la deformación de sus miembros, la falta de higiene, la irracionalidad y la “desviación” sexual. Dicho de otra manera, en muchas de las películas de horror la gente del campo no se rige bajo las mismas leyes de la ciudad, su higiene es precaria, sus hábitos son descuidados, su salud dental es inexistente y carecen de educación escolar.

Los visitantes de la ciudad, por el contrario, visten a la moda, tienen educación académica, manejan coches bonitos y llevan alguno que otro equipamiento caro, como cañas de pescar, furgonetas, equipo de montañismo, etc. Algo que queda explícito en estos filmes de terror es la diferencia de clases sociales. En “The Hills Have Eyes” esta confrontación de clases es bastante evidente. La familia de Cleveland muestra claros signos de afluencia económica mientras la familia que vive en las montañas visten con trapos y mueren de hambre.

Para Carol Clover la confrontación económica entre clases da lugar a otra confrontación, igualmente central y brutal: “la confrontación, casi en términos darwinianos, entre el civilizado contra el primitivo”. El escenario al que siempre regresa la dicotomía city-country representada en el cine de terror es uno en el que los sujetos de contextos urbanizados son separados de cualquier sistema (legal, judicial, conceptual) que les permita conservar sus privilegios. Privilegios que están sostenidos sobre la explotación de la gente del campo. Para Clover, la culpa económica es el principal motor de esta confrontación.

Si este grupo de citadinos quiere preservar, no solo sus privilegios, sino la vida, tendrá que luchar cuerpo a cuerpo contra su alteridad, comer carne cruda, dormir a la intemperie, pasar hambre y frio, o incluso, matar. Todo esto sin respaldo de la ley, la razón o el estado. La dicotomía city-conuntry no solo confronta al rico contra el pobre, al citadino contra el hombre de campo, sino que además erradica cualquier tipo de protección para el privilegiado. No es casualidad que en “The Hills Have Eyes” el padre de familia sea un policía retirado. Esta caracterización del personaje patriarcal de la familia tradicional superpone la tesis central de la urbanoia: pasando los límites de la ciudad comienza el verdadero horror, la ausencia del Estado y del privilegio.

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