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Para Michel Foucault, el monstruo es una figura que combina a la vez “lo imposible y lo prohibido”, es el “gran modelo de todas las diferencias”. El monstruo simboliza todas las alteraciones respecto de lo humano y pone en tensión los regímenes epistémicos y políticos de los cuerpos normalizados. Es decir, escapan a la norma impuesta por los regímenes de poder-saber.

En este sentido, los monstruos aparecen como lo desviado respecto a la norma, exhibiendo otros modos de corporalidad no-blanca, no-masculina, no-joven, no-sana, no-humana. De allí que los cuerpos monstruosos constituyan el símbolo abyecto de la transformación y resistencia.

En ‘Breve Breviario Zombie: Enfermedad y zombies crónicos’’, Leche de Virgen articula la enfermedad con lo que Martin O’Brien denomina «Zombie Time». Cada época tiene sus propios miedos y sus propios monstruos, el nuestro es el zombi con toda su liminalidad.

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El cuerpo monstruoso del zombi se presenta con evidentes signos de muerte, evidenciando una nueva ontología que desafía los cánones normalizantes de la corporalidad. La ontología zombi es una ontología del cuerpo descompuesto que se instaura entre las categorías de lo vivo y lo muerto. En este sentido, el zombi rompe con todas las categorías fundantes de lo humano y hace estallar el marco de nuestra propia condición identitaria.

El zombi pone en evidencia la materialidad del cuerpo humano, recordándonos que todo cuerpo está habitado por su propia muerte. Como señalan Karen Embry y Sarah Juliet Lauro: “Todos somos, en algún sentido, cadáveres caminantes. Al imaginar que los humanos cargan con su propia muerte, podemos llegar a ver una de las varias formas en las que el zombi aterroriza: no como una visión apocalíptica sino como una representación de la condición humana”.

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Por otro lado, Nathan Rambukkana concibe al zombi como una metáfora de la cultura de masas que produce una “subjetividad zombificada”, como la descomposición de la voluntad individual ante la fiebre del consumo. Las hordas de zombis, comunes en la obra de Romero, pueden interpretarse como una crítica a la pérdida de identidad individual y la propia agencia en las sociedades contemporáneas neoliberales.

Sin embargo, la pérdida de la conciencia individual no es, necesariamente, un aspecto negativo del zombi contemporáneo. En tanto figura de resistencia y cambio, el cuerpo monstruoso del zombi tiene el potencial de pensar otras formas de lo post-humano.

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