Si te gusta el horror, en especial si te gusta el gore, ya habrás visto A Serbian Film (2010). Y si acaso todavía estás sondeando las rojas y carnicientas aguas de este subgénero, seguro llegarás a verla pronto. El gore y el cine de explotación se basan fundamentalmente en la hiperviolencia, la sexualidad explícita y sobre todo, las víctimas. Si eres un amante del horror, también eres un amante de las víctimas. Ya sea que sientas empatía por ellas o bien, que goces con su sufrimiento y tortura, si acaso el sadismo es lo tuyo.

El horror se ha nutrido, entre otras cosas, del sufrimiento de las víctimas, de la chica virgen e inocente, del incauto, del malvado que es torturado por venganza, o el intruso que llega a casa de la persona equivocada. A través de la pantalla gozamos o padecemos el sufrimiento del inocente. A Serbian Film lleva esta premisa hasta el extremo, mostrando la violencia sexual explícita y brutal ejercida sobre un recién nacido y el cuerpo de mujeres que permanecen en el anonimato.

Sin embargo, A Serbian Film es mucho más que esa brutalidad. Aunque figura en todas las listas de los filmes más impactantes y violentos del género. Detrás de toda esa violencia sexual explícita y extrema, el porno-gore, las drogas, y la sodomía, se esconde una aguda crítica a la sociedad contemporánea y al sistema económico-bélico que la sostiene.

En A Serbian Film, el director Srdjan Spasojevic narra la historia de Milos, un actor porno retirado que vive con su esposa e hijo, un niño en los albores de su despertar sexual. A Milos le preocupa el futuro económico de su familia. Un día le llega una oferta económica difícil de rechazar. Un psicopedagogo infantil y director de cine porno, llamado Vukmir, ofrece pagarle una jugosa cantidad de dinero por su regreso a la industria en una película que él mismo calificó como “Pornografía artística”. Vukmir no proporciona mayor información del rodaje a Milos, salvo que no se preocupe por el dinero, pues la película está financiada por gente poderosa. Milos se la piensa un poco pero termina por aceptar, le interesa asegurar el futuro económico de su familia. Sin embargo, cuando llega el primer día de grabación Milos se da cuenta que algo está mal, muy mal. La hiperviolencia sexual que Milos tiene que infringir sobre las actrices para complacer al director, mientras niños le atestiguan, es simplemente espeluznante. Milos decide renunciar, pero ya es demasiado tarde.

El reclamo que hace A Serbian Film es bastante duro y resulta imposible que, como espectador, no te sientas interpelado. En una de las escenas Vukmir le dice a Milos, en clara alusión a la política de Serbia y la perversión moral provocada por las guerras que se han cernido sobre su territorio:

“Los niños son mi especialidad, mi vida entera…Este país es un kindergarten de mierda. Un montón de niños abandonados por sus padres. En este país toda tu vida estás obligado a demostrar que puedes cuidarte solo. Demostrar que puedes cagar, comer, coger, beber, sangrar y ganar dinero, lo que sea necesario para sobrevivir hasta morir…”

A lo que Milos, confundido, responde:

“¿pero cómo se conecta todo esto con la pornografía?

A lo que Vukmir, lleno de rabia, contesta:

“No es la pornografía ¡Es la vida misma! Así es la vida de una víctima. Amor, arte, sangre…cuerpo y alma de una víctima. Transmitiendo en vivo a todos aquellos perdidos en el mundo…y que ahora están pagando por verlo, sentados cómodamente en un sillón. Las víctimas venden, y se cotizan más, cuanto más sufren. Pero las víctimas somos nosotros, Milos. Tú, yo, toda la nación. ¡Todos somos víctimas!”

En un sistema bélico-capitalista hiperglobalizado las víctimas son mercancía. Los decapitados, los desollados y los desaparecidos son el reflejo más elocuente del modelo socioeconómico actual que, mediante la mutilación y desmoralización del cuerpo humano, configura un nuevo campo de sentido simbólico. Como espectador del cine de horror resulta difícil no sentirse aludido, pues al fin de cuentas somos personas que acuden con ansia a ver filmes cuyos protagonistas son víctimas. Pese a que «A Serbian Film» es una película autoconsciente, no dirige su crítica hacía el cine de género, sino que busca ir más allá utilizándolo como vehículo para la crítica social.

Srdjan Spasojevic ha tenido que defender su película incontables veces, ante la crítica que lo acusa de depravado y sanguinario, arguyendo lo siguiente:

“Mediante una alegoría, tratamos de lidiar nuestra vida con las autoridades corruptas que nos gobiernan…Hoy en día, en Europa del Este, no recibes financiamiento para una película a no ser que tengas una “historia verídica”, patética y conmovedora que cuente la historia de unas pobre niñas refugiadas y desamparadas que terminaron como víctimas de la guerra, de hambrunas y de la intolerancia. El cine serbio, trata a las víctimas como a héroes, y las utilizan y manipulan con el fin de despertar la empatía del espectador. Crean una historia falsa y romántica sobre esa víctima y la venden como si fuera real. Esa es la auténtica pornografía y manipulación, y también violencia espiritual…”

La agudeza de Srdjan es clara al señalar que existe una estructura de entretenimiento mundial que se alimenta de la explotación, exhibición y administración del sufrimiento de las víctimas: toma una víctima y hazla sufrir hasta que el espectador sufra también. Lo cual no es en sí mismo malo, el sufrimiento y la empatía forman parte de la condición humana, ver el sufrimiento del otro nos vuelve empáticos, aunque no siempre sea así en todos los casos.

Pero este deseo por las víctimas que acusa Srdjan, no se limita únicamente al cine, donde la conciencia de la ficción juega un papel muy importante, pues entre la pantalla y el espectador hay una distancia, se establece un juego que se acaba cuando sales del cine o apagas el televisor. La reflexión que en sí misma es «A Serbian Film» nos coloca ante un temor más grande, el de la vida real.

Durante este tiempo de pandemia hemos sido testigos de las acciones de una prensa ansiosa de víctimas. Las especulaciones y discusiones respecto al número “real” de víctimas ha sido incansable. La duda respecto a los datos del número de víctimas es el pan de cada día. Porque claro, las víctimas «no pueden ser tan pocas”, deseamos más. En el discurso de los medios de comunicación, la realidad de la pandemia se mide por el número de muertos. Entre más víctimas se reportan más nos acercamos a la “verdad”. Así, la pandemia hizo explícito algo que en este país ya se venía fraguando desde hace varios años: que la realidad se describe desde el número de muertos y víctimas.

A Serbian Film es un retrato cínico del amor que en el mundo profesamos por las víctimas. Sin embargo, Srdjan introduce un elemento que da mayor forma a su argumento: Vukmir no es el verdadero villano de la película, no es el orquestador de la violencia desmedida sobre los niños y las actrices porno, él es un simple trabajador. Los verdaderos villanos son los que están detrás del capital, los hombres que en la película aparecen vestidos de traje y que no dicen ni una sola palabra. No hablan pero vaya que cogen, y en «A Serbian Film» se cogen sádicamente a todos…a todos. Así pues, detrás de la brutalidad desmedida que Milos se ve obligado a infringir sobre el cuerpo de estas mujeres anónimas y niños inocentes, se encuentra el Capital.

A serbian Film nos sumerge en la episteme de la violencia capitalista, de su lógica y prácticas bélicas. Es sabido que la guerra es una forma de ejercer no solo el dominio político, sino también el económico. Pero las guerras actuales se han transformado de forma sustantiva, ya no están destinadas a un término y su meta no es la paz. El proyecto de la guerra es un proyecto económico a largo plazo, sin victorias ni derrotas conclusivas. El plan es que la guerra se transforme en muchas regiones del mundo, en una forma de existencia. Una de las razones para esto es que, con la progresiva pérdida de control sobre la economía global y el desplazamiento del epicentro del capital, la potencia imperial ve en la proliferación de las guerras su última forma de dominio político y económico, pensemos por ejemplo en Medio Oriente y Latinoamérica.

Para la pensadora feminista Rita Segato, este nuevo accionar bélico coloca a la agresión sexual en una posición central como arma de guerra productora de crueldad y letalidad, dentro de una forma de daño letal que es simultáneamente material y moral. Las guerras de la antigua yugoslavia, de Rwanda son paradigmáticas en este sentido, pero también podemos mencionar a las muertas de Juárez o las desaparecidas en la lucha del gobierno mexicano contra el narcotráfico.

Durante mucho tiempo se pensó que la agresión a niños y mujeres en estos sistemas bélicos no eran más que daños colaterales, pero lo cierto es que el poder patriarcal también busca dejar huella de su dominio en el territorio trazado por los cuerpos “no guerreros”, niños, niñas y mujeres. La hiperviolencia sexual que Milos se ve obligado a ejercer sobre el cuerpo de mujeres y niños, por orden de aquellos que ostentan el capital, funciona como una metáfora de estas formas bélicas de crueldad sistemática.

En el caso de México, la dupla gobierno-narcotráfico deja entrever las relaciones entre la economía legal y la ilegal. No es casual que el narcotráfico constituya actualmente la industria más grande del mundo, después de la economía legal de los hidrocarburos y el turismo. En el sistema económico latinoamericano, y muchas naciones de Europa también, el crimen organizado se ha convertido en un actor político clave que debe ser tomado en cuenta por el sistema político. El narco-capital fluye libremente por los sistemas mundiales financieros, de modo que, el mercado de la droga, la prostitución y otras ilegalidades, se mezclan con el mercado legal de bienes y recursos. De esta manera, el sistema hipercapitalista en el que vivimos mundialmente se nutre también del derramamiento de sangre, con su alto porcentaje de vísceras, dolor y desmembramientos.

El papel que juega el Capital en A Serbian Film reafirma aquello que Sayak Valencia ha llamado “Capitalismo Gore”. Una superestructura en la que legalidad-ilegalidad, gobierno-crimen organizado sustentan la economía teniendo a la base el uso de una violencia explícita y extrema.

Este Capitalismo Gore es el precio que los países tercermundistas hemos tenido que pagar para poder continuar dentro de la lógica del capitalismo y los discursos oficiales sobre la globalización. Y así como hay un Capital Gore, existe también un Consumidor Gore, un ciudadano geopolíticamente ubicado en los países desarrollados, con un nivel medio adquisitivo que demanda y consume mercancías ofertadas en el mercado gore, productos de la violencia ejercida sobre miles de víctimas en los países subdesarrollados: drogas, prostitución infantil, trata de personas, órganos humanos, violencia intimidatoria, asesinato por encargo, etc.