En el cine de terror los niños son un vehículo bastante común para representar la batalla entre el bien y el mal. Su interacción con los elementos malignos que componen un filme de terror permite destacar la idea, muchas veces recurrida, de la inocencia perdida. Lo cual resulta en una herramienta bastante efectiva, pues es algo con lo que muchos miembros de la audiencia pueden identificarse.

Ver a los niños perder su inocencia de formas repentinamente oscuras y retorcidas es a la vez aterrador y convincente. Por lo que utilizar a los niños en las películas de terror es un dispositivo de narración que resulta bastante eficaz. Stephen King, cuyas novelas y cuentos a menudo presentan a niños como protagonistas o antagonistas una vez explicó que, desde su visión del terror, la infancia es un «mundo secreto que existe según sus propias reglas y vive en su propia cultura». Dado que los niños «piensan en esquinas en lugar de líneas rectas», viven constantemente en lo que los adultos consideran: un «estado de sueño».

Desde esta visión señalada por King, los niños, en tanto no forman parte (enteramente) de la sociedad adulta, no se rigen por la misma normatividad (moral o cognitiva) ni por los acuerdos socialmente asumidos por los mayores. Por ello, nuestras nociones generales de seguridad y corrección, no son utilizadas de la misma manera por los niños, lo que los hace impredecibles y susceptibles de ser caracterizados como seres “extraños”.

Si a lo anterior se le suma una comprensión sobrenatural o sociopática, común en los filmes de terror, tendremos como resultado pequeños monstruos que eligen ignorar las reglas que regulan el orden y los criterios de corrección que los adultos atribuyen comunmente a la realidad. Un ejemplo de esto es Damien en «The Omen (1976)”, quien es consciente de sus propios males y además es complice de ellos, o la sociedad de niños telépatas en «Village of the Damned» de 1960 y 1995.

Por otra parte, la teórica del cine Mary Jackson, identifica nuestro miedo a estos niños malvados como la representación del miedo al fallo generacional, es decir, el temor social de fallar a las generaciones más jóvenes. Así, un «niño monstruoso» también es el reflejo de la ineficacia de la familia, la iglesia, el estado o cualquier otra institución social. Regan, en “The Exorcist (1973)” es un claro ejemplo de esto. En la obra literaria, escrita por Peter Blatty, el padre Lankester Merrin le dice al padre Karras:

“Yo creo que el objetivo del demonio no es el poseso, sino nosotros…los observadores…cada persona de esta casa. Y creo…creo que lo que quiere es que nos desesperemos, que rechacemos nuestra propia humanidad, Damien, que nos veamos, a la larga, como bestias, como esencialmente viles e inmundos, sin nobleza, horribles, indignos”.

Aunque el Exorcista es claramente una historia de pérdida de la inocencia como penitencia por herejía o blasfemia. También funciona como una alegoría metareligiosa en la que se cuestiona a las instituciones que están alrededor del poseído. Así pues, la monstruosidad de la niña Regan se explica también por la ineficiencia con la que actúan las instituciones sociales como la ciencia misma, la religión y la familia.

En una línea de argumentación bastante similar, “Alice, Sweet Alice» de 1976, se presenta como una reflexión sobre la relación que existe entre la infancia y el entorno (relación que va desde el abuso psicológico hasta la hipersexualización infantil: en el trailer de «Alice, Sweet Alice» se puede escuchar una voz en off que dice «Alice was too old to play with dolls, but too young to make love […] She was too beautiful to play with boys, but too young to play with men. So Alice began to play with death»).


Coescrita y dirigida por Alfred Sole, “Alice, Sweet Alice” cuenta la historia de Karen (Brooke Shields), una pequeña y dulce niña que se alista para celebrar su primera comunión, por lo que tiene toda la atención de sus padres, motivo que provoca una terrible envidia en su hermana Alice (Paula Sheppard). El día de la misa, Karen es asesinada brutalmente, mientras que su hermana parece imperturbable ante el hecho, volviéndola la principal sospechosa de ese y de otros asesinatos en su familia y edificio. El filme claramente se desprende de cintas previas como “The Bad Seed (1956)”, en la que Rhoda es una niña psicópata que es capaz de matar a quien tiene enfrente, subvirtiendo así la idea de que los niños son entidades no amenazantes y forzándonos a poner en duda nuestras suposiciones epistemológicas mas atrincheradas.

«Alice, Sweet Alice» es una película que contiene claros elementos del Giallo, como el uso del color y la violencia explícita. Y donde el asesino suele matar violentamente a la víctima utilizando armas blancas, objetos afilados o cuerdas. Mientras que el crimen es investigado por civiles y no propiamente por policías.

“Alice, Sweet Alice” es una película de culto que tiene también el mérito de ser considerada una película proto-slasher que todo aficionado al género debería ver.

Y a ti ¿te dan miedo los niños?

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