Alucarda: la imposibilidad del deseo homoerótico, vampirismo y Marx

En el trasfondo del satanismo, la invocación y el ocultismo, Alucarda narra la imposibilidad de un deseo homoerótico y un nuevo vampirismo.
A principios de 1978 se estrenó una de las cintas mejor logradas del ciclo esotérico del cine mexicano, aunque su oscura luz no lograría penetrar en la sensibilidad estética de su época y tampoco de futuras generaciones. Su paso por las salas de cine del país fue breve y desapercibido, y pese a que la película fue grabada originalmente en inglés, en Estados Unidos tampoco tuvo la recepción que su director esperaba.
Alucarda (femenino de Alucard, Dracula al revés) es hija del gótico esotérico de Europa y la explotación del cine de la Hammer Film. Su director, Juan López Moctezuma nunca intentó, como lo hicieran otros directores, adaptar el gótico europeo al contexto mexicano: el vampiro en la ranchería, el fantasma en la casona, o la maldición en la hacienda. Moctezuma siempre quiso que sus películas tuvieran un carácter individual, lo que se refleja en la estética de su obra y en la construcción de sus monstruxs.

El contexto de Alucarda

Entre 1977 y 1982 el cine mexicano atravesó por un doloroso proceso de desmantelamiento estructural. Un año antes del estreno de Alucarda, se creó la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), el nuevo órgano gubernamental dispuesto a regular y gestionar el contenido de los medios de comunicación. A la cabeza de este organismo se encontraba Margarita López Portillo, hermana del expresidente José López Portillo, cuya administración frente a la RTC se caracterizó por dar más importancia a la imagen de su hermano como presidente, que apoyar y desarrollar la industria cinematográfica.
Durante este periodo dos subgéneros del cine mexicano tuvieron un notable éxito comercial: el cine fronterizo y el cine de ficheras. La falta de directores especializados en el terror era evidente, y buena parte de las producciones eran por encargo del estado o televisoras. Obras como Alucarda, con un marcado carácter anticatólico y ocultista, no tenían un panorama favorable en la producción del cine nacional, lo que motivó que directores independientes buscarán otros mercados para financiar sus películas.
En este contexto, un grupo de actores, músicos, fotógrafos y directores de teatro, encabezados por el chileno Alejandro Jodorowsky (quien ya había grabado “Fando y Lis” (1968), “El Topo” (1970) y “La montaña sagrada” (1973)), decidieron financiar sus películas en el extranjero, lo que les permitió desafiar no solamente la moralidad del estado y la línea creativa de la industria cinematográfica del país, sino también las convenciones estéticas y temáticas de la sensibilidad nacional. El movimiento de cine esotérico permitió el estreno de varios directores nacionales como Juan López Moctezuma, Pablo Leder, Julio Castillo, Luis Urías y José Antonio Alcaraz. Los filmes de este movimiento estaban plagados de referencias a la filosofía oriental y el satanismo, además de una violencia explícita, sangre y sexo.
Aunque siempre estuvo limitado por problemas de financiamiento y presupuesto, Juan López Moctezuma no tuvo concesiones al filmar las películas que deseaba, mezclando terror, homoerotismo, gore, satanismo y asumiendo la libertad necesaria para transformar los modelos arquetípicos del horror. Alucarda es producto de esta extravagante mezcla, su protagonista-vampiro desciende directamente de Carmilla y Drácula pero no repite las mismas convenciones. Por el contrario, recrea su propio universo vampírico.

Alucarda y la imposibilidad del deseo homoerótico

López Moctezuma presenta la imposibilidad de la relación lésbica entre las dos protagonistas de su película, Justine y Alucarda. Ambas habitan un convento de monjas que bien podría ubicarse dentro del imaginario fantástico de Remedios Varo. El fervor y atavismo religioso de las monjas -que visten harapos viejos que les cubren desde los tobillos hasta la cabeza, manchados de lo que podría ser sangre menstrual – impide que Alucarda y la recién llegada Justine puedan vivir libremente su amor. Ante tal imposibilidad, el único escaparate que las protagonistas encuentran para la liberación y ejecución de su deseo, es el satanismo y la invocación.

Después de invocar a Lucifer, Belial y Astaroth. Justine y Alucarda sellan su amor con un pacto de sangre, mientras Satanás -vestido como gitano- atestigua y asiste la escena. En un claro signo de vampirismo, ambas beben la sangre que emana de las heridas que ellas mismas, guiadas por la mano de Satanás, se hicieron en el pecho. Beben hasta el éxtasis, hasta transmutar en un aquelarre que se convierte en orgía y cuyo protagonista es un macho cabrío que une las manos de ambas jóvenes en oscuras nupcias.

La ambigua relación entre placer y dolor, amor y crueldad, que experimentan Justine y Alucarda al celebrar su unión, no solamente es un tema recurrente en el vampirismo, sino también en la obra del Marqués de Sade, de la cual López Moctezuma toma el nombre de su coprotagonista: Justine. Al igual como sucede con el vampirismo, las novelas de Sade convierten el deseo sexual en pulsión de muerte; el goce se confunde con el dolor; y el éxtasis es indistinguible del sufrimiento. Al llamar a su coprotagonista con el nombre de Justine, López Moctezuma no solamente trae a la memoria la obra del Marqués, sino que además hace visible un vínculo que permanecía velado, y que relaciona al sadismo con el vampirismo. La brutal pasión sádica de los monjes y aristócratas de Sade solamente es equiparable con la bestial sed de sangre del vampiro. En ambos casos, el dolor de la víctima crece en igual proporción al placer de su victimario.
En el trasfondo del satanismo, la invocación y el ocultismo, Alucarda narra la imposibilidad de un deseo homoerótico. Las escenas ambiguamente lésbicas se ubican en el registro del vampiro como seductor. Plenamente humanizada, melancólica, pálida, delgada, de ojos y cabello largo oscuro, Alucarda es físicamente similar a las vampiras de la literatura: seduce como la Lamia y desea como Carmilla. Pero a diferencia del vampiro tradicional, Alucarda no es una fría cazadora. Por el contrario, sufre por no poder concretar sus deseos y lucha contra un sistema de creencias que se lo impide. ¿Qué la hace vampira?, ¿la seducción, el deseo, la voluptuosidad, la sangre?

López Moctezuma ofrece una nueva monstruosidad que exalta la otredad como objeto de deseo y sujeto deseante. Socava la solidez de los valores dominantes de la religiosidad occidental, mientras que, al mismo tiempo, transforma las convenciones del género. Pero así como logra transformar estas convenciones, también reafirma ciertos atavismos. Para Sandra Luz Sosa Vilchis, Alucarda es un filme que construye el deseo lésbico desde la heterosexualidad, la representación lésbica de Alucarda está definida por la mirada masculina que domina toda construcción simbólica de los cuerpos femeninos, presentando el deseo homoerótico entre mujeres de manera sobrenatural, transgresora y sobre todo, monstruosa. Alucarda no es solamente la hija maldita que posibilita la presencia de Satanás en el mundo, sino también el receptáculo de lo execrable y lo profano. La pasión devoradora, los celos, el odio, todos los aspectos negativos de la experiencia amorosa, son puestos en Alucarda y su amor por Justine.

Como representación del grotesco femenino, Alucarda fractura los roles de género y se empodera a través de la transgresión, pero al mismo tiempo reafirma estereotipos. Pues como señala Mary Russo, autora de The Female Grotesque: siempre hay una reincorporación de lo transgredido dentro de la norma.

Vampirismo, Capitalismo y Marx

La imagen del vampiro resulta transgresora porque fractura las categorías bajo las cuales comprendemos el mundo: hombre-mujer, vivo-muerto, joven-anciano, humano-animal. Pero también porque su sitio es la ambigüedad ontológica y moral. Así pues, la figura del vampiro ha sido utilizada para representar una diversidad de males, de hecho, muchos de nuestros miedos pueden adquirir el rostro del vampiro.
Ninguna otra representación manifiesta tanto el rostro vampírico como el capitalismo: en el octavo capítulo del tomo primero del Capital, Marx utiliza la figura del vampiro para explicar la manera en que el capitalismo se alimenta de la explotación de sus víctimas: “El capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo chupa.”
La dimensión erótica, tan propia del vampiro, no es ajena al capitalismo. El instinto ciego, el apetito insaciable y el deseo desmedido, también han sido las maneras en que se ha caracterizado al capital. Al igual que los vampiros, el capital es un monstruo, una presencia sobrenatural cuyo carácter excesivo, poderoso e insaciable, deja a su paso un ciclo interminable de víctimas y muerte. El capital se mantiene vivo a costa de la vida de aquellos a los que succiona y explota, replicándose perpetuamente, incluso más allá de la muerte.
Por eso, no resulta fortuito que Mark Fisher, uno de los pensadores neomarxistas más famosos de la actualidad, se haya referido al capitalismo como “El castillo del vampiro”. Incluso, el propio Marx se refirió a las fábricas como las “Casas del terror”. El lugar donde acontecen los males y horrores de la sociedad.
En este sentido, la reformulación que López Moctezuma hace de la figura del vampiro, resulta bastante pertinente para comprender la amenaza contemporánea del capitalismo. El vampiro tradicional era identificable por sus colmillos, su frialdad de cazador y la imposibilidad de tener una vida bajo el sol. Alucarda, en cambio, tiene un semblante inocente que no refleja el peligro del depredador, es como el capitalismo soft que se muestra lúdico e inocente pero cuyas consecuencias son las mismas. Las vampiras de López Moctezuma, como Alucarda y Mary (Mary, Mary, Bloody Mary, 1975), se alimentan de la sangre que obtienen infligiendo heridas en el cuerpo de sus víctimas, no tienen colmillos y son más seductoras que amenazantes.
Si el vampiro tradicional reflejaba la disciplina, el terror y la explotación de la fábrica, Alucarda es la representación del capitalismo soft, que no parece amenazante pero que resulta igual de letal, necrófilo e inhumano.

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