El término cyborg fue acuñado en 1960 por Manfred Clynes y Nathan Kline para señalar la entidad que deliberadamente incorpora comportamientos exógenos que extienden la función de control auto-regulada del organismo con el objetivo de adaptarse a nuevos ambientes. Es decir, un cuerpo orgánico modificado a través de fármacos y mecanismos para adaptarse a su entorno.


El cyborg es un híbrido de máquina y organismo. Una criatura de realidad social y de ficción que manifiesta los complejos acoplamientos entre animales y humanos, entre organismos y máquinas, entre lo físico y lo no físico. Y desde el cual se instaura un nuevo horizonte de sentido, donde los límites entre la naturaleza y la cultura, el objeto y el sujeto, lo maquinal y lo orgánico, se vuelven difusos. En este sentido, la tecnología no es exterior y ajena al cuerpo humano, sino constitutiva de él.


Este acoplamiento entre lo orgánico y lo tecnológico posibilita el surgimiento de un nuevo mundo híbrido, posbinario y posgenérico. Por tal motivo, la figura del cyborg ha sido recuperada por las perspectivas feministas, socialistas y materialistas.


Para Donna Haraway, el cyborg demuestra que naturaleza y tecnología ya no pueden distinguirse y que la tecnología no es exterior y ajena al cuerpo, sino constitutiva de él. Por tanto, con el nacimiento del cyborg han muerto todos nuestros supuestos teológicos y naturales más tradicionales. Ya no basta decir ‘dios ha muerto’, pues también lo ha hecho la ‘diosa’ naturaleza.


El nacimiento del cyborg nos obliga a pensar el cuerpo humano desde otras categorías que no se limitan a lo biológico, y que deben incluir también nuevos códigos tecnológicos y socioculturales. Por tanto, las categorías con las que definíamos lo natural ya no se reducen a lo mecánico-geométrico, sino que deben incorporar también los nuevos modelos informáticos-moleculares.

Antropología Cyborg
Con el nacimiento del cyborg acontece también el nacimiento de una nueva ontología del cuerpo, donde este último ya no puede ser visto como una Unidad, sino como un compuesto de muchas partes diferentes, no todas orgánicas. De ahí que algunos autores han llegado a afirmar que el objeto de la antropología no debe ser el “hombre» como lo ha venido siendo tradicionalmente, sino el cyborg.


En su en ensayo, “Zombis y cyborgs. La potencia del cuerpo (des)compuesto”, José Platzeck y Andrea Torrano señalan que el cyborg no busca la totalidad ni la unidad, sino la composición entre las partes. Esta consideración se presenta como desafío a la unicidad y los límites naturales del cuerpo y su posibilidad de resistencia y transformación, lo que nos libera de la vieja idea de humanidad, concebida como un ser idéntico a sí mismo, reproductor en su sexo y en su trabajo, de una realidad social jerarquizada en términos de género, raza y clase.

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