Con el empuje de las teorías feministas en las calles y la academia, la figura de la bruja ha cobrado relevancia como símbolo de transgresión y resistencia.

La primera vez que se utilizó a la bruja como ícono feminista fue durante el siglo XIX, cuando la activista por el sufragio femenino, Matilda Joslyn Cag, se denominó a sí misma como “Bruja”. Posteriormente, a finales de los 60’s del siglo pasado, un grupo de mujeres llamado “Women´s International Terrorist Conspiracy from Hell” (W.I.T.C.H) recorrieron vestidas de negro las calles de Estados Unidos en un movimiento de lucha por el feminismo socialista. Desde entonces, la imagen del Aquelarre como el lugar donde arde el patriarcado ha sido utilizado reiteradas veces.

¿Pero cuál es el origen subversivo de la brujería? Para el historiador francés Jules Michelet, la brujería fue una reacción a la miseria, los abusos, el abandono y servidumbre en la que vivía el pueblo europeo durante la edad media. La mejor manera que el pueblo encontró para confrontar los mecanismos de opresión del poder religioso fue profanar el simbolismo y las prácticas cristianas.

Esta rebelión fue encabezada principalmente por mujeres, las cuales sirviéndose de los saberes excluidos y relegados por la iglesia, confrontaron la moralidad feudal y el sistema de creencias de la sociedad medieval. Michelet destaca dos elementos importantes en esta subversión social: la rehabilitación del vientre y el empirismo popular.

Conformado por los estudios platónicos de la patristica y la interpretación de las escrituras, el cristianismo medieval consideraba que solamente el espíritu era digno de bienaventuranza, nobleza y salvación. Mientras que el cuerpo, al estar vinculado a las penitencias de la naturaleza, la carne y la tentación, fue visto como el origen del pecado. Todas estas representaciones de la corporalidad tuvieron su receptáculo en la feminidad, en ella se reunieron simbólicamente todas las miserias y condenas vinculadas al sexo, el pecado y la herejía.

Pero la mujer, siendo la más inmediata en la línea de opresión y castigo, también sería la primera en revelarse: se convertiría en bruja. Hacer el pacto y convertirse en bruja implicaba contravenir todo el orden medieval imperante. Los Aquelarres se convirtieron en la mayor afrenta. ¿Pero por qué? Porque en ellos se despliega un poderoso simbolismo subversor. A diferencia del orden patriarcal manifestado en las sagradas misas de la iglesia, en los aquelarres la feminidad es la totalidad, el alpha y el omega, la ostia, el altar y el sacerdote. Solamente en los aquellarres las mujeres podían obtener el lugar que les fue negado por los hombres de su pueblo y los padres de la iglesia. Por ello, el aquelarre es el situ donde el vientre se rehabilita.

El mundo paralelo construido en el aquelarre ponía de cabeza el orden sagrado, mientras clamaba al mismo tiempo: “No hay jerarquías”, “No hay nada impuro”, “No hay nada sagrado”.

La subversión de la brujería fue tan globalizante que no solamente implicó aspecto sociales sino también epistemológicos. Todo el orden civilizatorio medieval se construyo sobre la dicotomía Naturaleza/Divinidad. Y en un mundo dominado por el orden divino, la bruja tuvo la osadía de voltear a ver a la naturaleza, a las hierbas y los minerales para curar al moribundo, para asistir a la doncella abandonada, resolver los problemas del amor y conseguir el bienestar negado por Dios. En otras palabras: intervenir directamente en el plan divino.

Reticentes al sometimiento de la fusta divina, las brujas reivindicaron el orden natural, la experimentación y el empirismo popular, por encima de las exigencias metafísicas del pensamiento medieval. Mientras los hombres “sabios” volteaban al cielo para encontrar respuestas a sus preguntas, las brujas tuvieron el acierto de mirar a la naturaleza y no solamente eso, sino que además aprendieron a dominarla.

Las brujas, ya sean feas y viejas, o jóvenes y bellas, rompen con el ideal de feminidad construido desde la masculinidad, en el que se espera que las mujeres sean siempre deseables y su cuerpo se encuentre perpetuamente en disposición para otros, tanto en su aspecto erótico como maternal. La corporalidad maltrecha y grotesca de la bruja resulta una abyección para los cánones estéticos clásicos de representación construidos desde la masculinidad. La bruja, con su «feminidad grotesca», provoca una ruptura en las visiones que ordinariamente se tienen de la belleza, el cuerpo y la feminidad.

La bruja siempre se coloca en el sospechoso lugar de transgresora. Pensemos, por ejemplo, en nociones como maternidad y feminidad, las cuales han sido tratadas casi en una relación de equivalencia, pues se suele pensar que el cuerpo de la mujer no tiene otro propósito “natural” más que ser madre. Por eso mismo, ninguna afrenta a la sociedad resulta más polémica que el reclamo de las mujeres por el derecho al aborto, ya que este reclamo atenta directamente contra el ideal socialmente establecido de la maternidad como una obligación biológica y moral. La imagen de la bruja constituye también una respuesta potente a este ideal impuesto de maternidad, pues no solamente inventa remedios abortivos para las jóvenes, sino que además devora y da muerte a los infantes en terribles rituales ocultistas.

No obstante, la imagen de la bruja está atravesada por una fuerte ambigüedad, pues así como es disruptiva también puede ser el pretexto ideal para la propagación de ideas misóginas, como atribuir la maldad femenina a una naturaleza primitiva e incontrolada. El grotesco femenino puede fracturar los roles de género y empoderar a la mujer mediante la transgresión. Pero los cuerpos grotescos también pueden ayudar a reafirmar los estereotipos, por lo que siempre hay una reincorporación de lo transgredido dentro de la norma.

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