La Filarmónica de Cardiff ha removido la Obertura 1812, de Tchaikovsky, de un concierto que ofrecerá en el St. David’s Hall de la capital Galesa. El anuncio indica que la pieza de Tchaikovsky ha sido removida por considerarla “inapropiada en este momento” ya que sería “ofensiva para el pueblo ucraniano”. ¿Por qué? La Obertura 1812 fue encargada a Tchaikovsky como homenaje al ejercito y pueblo ruso que contrarrestaron la invasión napoleónica de 1812.

Otros artistas rusos han cancelado giras y conciertos, por ejemplo, el grupo de postpunk Motorama ha cancelado todos sus conciertos en Europa; Valery Gergiev ha cancelado conciertos y contratos con la Ópera Metropolitana de Nueva York, las orquestas filarmónicas de Viena y Munich, así como La Scala de Milán; el Met ha cancelado las apariciones del ballet Bolshoi y Mariinsky; y los concursos de piano de Dublín y Calgary se han negado a aceptar competidores rusos.

Pero ¿hasta dónde es válido (y útil para el propio pueblo ucraniano) una indiscriminada persecución a todo lo que tiene origen ruso? No nos acusen de paranoicos, pero detrás de cada campaña de cancelación se ocultan los intereses de los poderosos. Cuando replicamos esa lógica de la cancelación, replicamos esos mismos mecanismos de poder que nos oprimen.

Una cosa nos parece clara, la cancelación de todo aquello que huele, camina y parece ruso, no ayudará a detener el lamentable conflicto en Ucrania. Nuestra percepción de la realidad también es un terreno que se disputan las grandes potencias mundiales y económicas. Por eso, la cancelación no es una medida de “presión” para el cese al fuego, sino un rechazo dirigido a todo aquello que representa Rusia en nuestro imaginario: su sistema económico, su territorio, su ideología política, sus artes y su pueblo. Todxs somos un botín de guerra.

Poner la bota sobre el cuello del más débil siempre es reprobable. Dirigir todo el arsenal ruso al pueblo de Ucrania no es un acto heroico ni de justicia, sino un ejercicio desmedido de poder. Pero no perdamos de vista que las guerras en la era digital son también guerras de percepción. Como señala el teorema de Thomas:  «Lo que la gente enuncia como real, es real en sus consecuencias.

Debemos cuestionar si la cancelación es la respuesta a nuestros problemas, y tomar conciencia de las relaciones políticas y de poder que instrumentan a la cultura de la cancelación. Si nos preguntan, la cancelación es una ilusión de justicia aburguesada que, desde el sofá y el celular, le hace el trabajo sucio (más sucio todavía) al poder y el Capital (a.k.a OTAN).

No contribuimos a la paz con posts en IG (vs Maluma), ni dejando de escuchar a Molchat Doma (que nos encanta) o Mussorgsky (que también nos encanta). No nos convirtamos en una izquierda pequeño burguesa de redes sociales, cuya finalidad consiste en señalar y propagar la culpa y el menosprecio, equiparable a un sacerdocio de la mala conciencia que trafica con los señalamientos.

Además, ¿cancelar a Tchaikovsky? El músico ya fue suficientemente maltratado y utilizado por su propio país. Era gay en un régimen ultra conservador (la URSS), los biógrafos soviéticos ocultaron por muchos años este hecho. Nunca pudo ser feliz porque su sexualidad la mantuvo en secreto, se suicidó porque no soportaba más su tristeza. Y por si eso fuera poco, fue utilizado por el gobierno ruso de Putin para decir: “En Rusia no somos homófobos, porque nos encanta la música de Tchaikovsky”

En lugar de cancelar a Tchaikovsky deberíamos recuperar su disidencia.

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