El término “Cyberpunk” apareció por primera vez como título de una novela escrita por Bruce Bethke en el año de 1983. Posteriormente, en diciembre de 1984 el editor y periodista Gardner Dozois utilizó el términos “Cyberpunk” para referirse a una nueva ‘escuela’ estética conformada por escritores de ciencia ficción que no estaban satisfechos con seguir produciendo lo mismo siempre. Influenciados por el cine y la cultura pop, esta nueva escuela apostó por el tratamiento explícito de temas como la ciborización de la experiencia, la fusión entre High Tec y subcultura, así como los procesos globalizadores y la paranoia multinacional.

El artículo que Dozois escribió para el Washington Post bautizó un nuevo movimiento literario e ideológico fraguado desde el ímpetu juvenil de este nuevo grupo de escritores. Dos años después, en 1986, apareció la antología llamada “Mirrorshades. The Cyberpunk Anthology” en la que se reunieron historias de William Gibson, Pat Cadigan, Rudy Rucker, Tom Maddox, James Patrick Kelly, John Shirley, Lewis Shiner, entre otros.

¿Por qué es importante mencionar esta antología? Porque en ella el movimiento se denomina a sí mismo, y con cierto disgusto, como el movimiento cyberpunk. Pero sobre todo, porque para muchos la aparición de “Mirrorshades” significaría la presentación y muerte del cyberpunk. Los motivos son variados, por un lado, “Mirrorshades” proyectó a este nuevo grupo de escritores dentro de la escena mainstream, dejando de lado el carácter marginal que había caracterizado al movimiento desde el principio.

Por otra parte, las cualidades y defectos del movimiento fueron puestas en perspectiva. Pat Cadigan, por ejemplo, reconoció las convenciones heteronormativas de género, sexualidad y poder presentes en la escena y narrativas cyberpunk. Si revisamos la lista de autores que conforman “Mirrorshades” nos podemos dar cuenta que la única mujer incluida fue Pat Cadigan (The Cyberpunk Queen). Esto provocó que el movimiento fuera percibido como un club de Tobi tecnologizado.

En la década siguiente, exactamente en el año de 1992, Nicola Nixon escribió un fantástico artículo titulado “Cyberpunk: Preparing the Ground for Revolution or Keeping the Boys Satisfied” en donde acusa que la aparente subversión cyberpunk tiene una complicidad con el conservadurismo de los años ochenta. “El cyberpunk”, sostiene Nixon, proyectó al ciberespacio y las corporaciones transnacionales como espacios feminizados listos para ser penetrados y domesticados por piratas informáticos masculinos más interesados ​​en las ganancias que en la revolución.

En 1995, Caren Cadora escribió en su artículo “Feminist Cyberpunk” que el movimiento tiene una clara naturaleza masculinista, pues los protagonistas casi siempre son hombres y cuando aparecen las mujeres, casi nunca trascienden los estereotipos femeninos.

A mediados de la década de los noventa una cosa era clara: el cyberpunk necesitaba diversificarse. Y es precisamente en esta diversificación donde surge la semilla de un nuevo movimiento llamado por algunos “Postcyberpunk” o “Cyberpunk de segunda generación” para otros.

A diferencia del cyberpunk, el postcyberpunk amplía su repertorio a temas desatendidos por las narrativas cyberpunk de los ochenta, como el feminismo, el racismo, la educación, el progreso social, la biopolítica o la ecología. En el ensayo “Notes towards a Postcyberpunk Manifesto” de 1999, Rafael Miranda señala que a diferencia de los personajes cyberpunk que frecuentemente buscan derrocar o explotar órdenes sociales corruptos. Los personajes postcyberpunk tienden a buscar formas de vivir, o incluso fortalecer, un orden social existente, o ayudar a construir uno mejor. Mientras que en el cyberpunk la tecnología facilita la alienación de la sociedad, en el postcyberpunk, la tecnología es sociedad. La tecnología es lo que los personajes respiran, comen y viven, es decir, el postcyberpunk habita en lo que Sterling denominó la «revolución tecnológica permanente”.

Durante el ocaso del siglo XX una nueva actitud ante la tecnología y la sociedad era reclamada. El pesimismo y la distopía Cyberpunk no parecían el marco conceptual más adecuado para hacer frente al nuevo siglo. El pesimismo y el maniqueísmo que caracterizaba al cyberpunk de los ochenta debía ser superado. Por ese motivo, una de las principales características del postcyberpunk es el abandono del maniqueísmo dualista que existe entre high-tech y marginación. A diferencia del cyberpunk, el postcyberpunk “sugiere relativismo, multisignificación, una evaluación imparcial del poder de la tecnología y un discurso de orientación postestructuralista que se niega a explorar los fenómenos cibernéticos con una simplicidad binaria”.

El término “postcyberpunk” presenta algunos inconvenientes, hay quien piensa que este nuevo concepto no es lo suficientemente robusto y definido para considerársele un nuevo movimiento. Y que, por el contrario, el término “Cyberpunk de segunda generación” es más ad hoc. Como sea, algunas de las ideas centrales exploradas por el cyberpunk reclaman una nueva consideración y reformulamiento, mientras que otras -como todas las buenas ideas- todavía permanecen.

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