Emil Cioran escribió: “No soy yo quien sufre en el mundo, sino el mundo el que sufre en mí. El individuo solo existe en la medida en que concentra los dolores mudos de las cosas, desde el andrajo hasta la catedral. Y de igual manera, el individuo es vida en el momento en que, desde el gusano hasta Dios, los seres se regocijan y gimen en él”. En la obra de David Nebrada resuenan los ecos inequívocos de esta afirmación. Diagnosticado con esquizofrenia paranoide a los 17 años, Nebreda huyó de sí para construirse un nuevo Yo, un doble fotográfico que se eleva sublime y espiritual por encima del cuerpo-prisión, territorio de la enfermedad, el dolor y el extrañamiento.

Se dice que Nebreda (ahora de 68 años) vive recluido en Madrid, ocupando únicamente dos habitaciones que le sirven de taller y de vivienda. No ve televisión, no visita exposiciones, no lee los periódicos, ni mantiene ningún contacto social o profesional. Es vegetariano y no consume drogas de ninguna clase, hace ayuno, se atiene estrictamente a la abstinencia sexual y hace tiempo que ha renunciado a la medicación para tratar su esquizofrenia.

En otras palabras, Nebreda se somete a extremas experiencias de autocastigo, las cuales retrata en su obra fotográfica, convirtiendo su cuerpo en el territorio de experimentación de dolor, siendo al mismo tiempo el torturador y el torturado. Mientras que nosotros, los espectadores, nos convertimos en los voyeristas obscenos que observan el dolor que Nebreda enfrenta desde la enfermedad.

Nebreda ha construido con sus fotografías su propio teatro de la crueldad y el absurdo, retratando una verdad insoportable: que los golpes secos de la muerte y el dolor tocan siempre a la puerta de la existencia. Para la Dra. Sandra Martínez Rossi, en la obra de Nebreda el artista convierte su cuerpo en fetiche y establece un juego narcisista con su imagen, sus excrementos, su orina y sangre: “El artista no está representando otro cuerpo ni otro sufrimiento, es la exposición cruda y directa de la vulnerabilidad en carne propia, es la expresión del dolor en soledad, es un cuerpo donde la delgadez produce una inquietante inestabilidad, es un cuerpo donde parece perderse todo equilibrio físico y emocional, un tránsito corporal donde la piel es testimonio inseparable”. Para la autora de “La piel como superficie simbólica”, Nebreda resignifica su cuerpo y su piel a través de la herida, las quemaduras y las perforaciones, enfrentándose así, desde su soledad, a lo estéticamente aceptable. Se transforma en chaman de sus propios rituales y en cirujano de su propio cuerpo.

Muchos autoretratos de Nebreda poseen vocación de santidad. En la siguiente fotografía se le puede observar con un halo detrás, su cuerpo esquelético evoca las pinturas de santos cristianos, las quemaduras de cigarrillos las heridas causadas por flechas y artefactos de tortura. El retrato que aparece al lado izquierdo del decadente cuerpo de Nebreda (obtenido con una doble exposición) refuerza la impresión de hallarnos ante un Ece Homo. De ahí que para el crítico Juan Antonio Ramírez los autorretratos de Nebreda tienen una relación casi obvia con la pasión de Cristo y su iconografía: “(…) La verdad es que casi todas sus obras muestran al hombre sacrificado (al «cordero» como él mismo dice), y sería fácil establecer un paralelismo con las imágenes tradicionales del ciclo de la pasión. No faltan tampoco las reliquias: los objetos del martirio (cuchillos, correa, cenizas…) y los santos sudarios (sábanas, vendas…). Las llagas sangrantes están siempre presentes”.

El sobrenombre de “El Artaud de la fotografía” parece una coincidencia casi siniestra, pues los autorretratos de Nebreda son la representación gráfica de aquella “fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso”.

Las fotografías de Nebreda se dividen en cuatro etapas diferentes. En primer lugar, están sus autorretratos en blanco y negro realizados entre 1983 y 1989; en un segundo bloque se incluyen los realizados entre 1989 y 1990; en tercer lugar los que llevó a cabo en 1997 y, por último, los que desarrolló en 1999. A excepción de los primeros, todos los demás son en color. Todas sus fotografías las ha realizado en las dos únicas habitaciones que tiene en su piso. Y según escribe Marisol Romo Mellid, Nebreda ha trabajado con una cámara de 35 mm, dos objetivos de 55 mm macro y un angular de 28 mm. Utilizando un cable de seis metros para accionar el disparador automático. No ha habido manipulación en el positivado y sí ha realizado, sin embargo, dobles exposiciones con la cámara que le han permitido aparecer por duplicado en algunas imágenes. Además de utilizar sus propios excrementos, orina y sangre, los cuales guarda en el refrigerador.

Los autorretratos Nebreda son excepcionales, con un montaje muy cuidado, logra introducirnos en un mundo de delirio, dolor y enfermedad, en otras palabras, su mundo personal. Encerrado en su habitación, ha intentado descifrar su enfermedad a través del arte, ya sea para aferrarse a la vida o para desecharla, y de paso nos ha convertido en espectadores de la niebla que le envuelve.

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