“Quédate en casa”, vaya frase tan falsamente normalizadora. Está claro que vivimos en una sociedad donde no todos tienen casa y no todos vivimos, ciertamente, bajo las mismas condiciones. Sin embargo, pese a las diferencias, todos nos sentimos igualmente susceptibles y vulnerables, porque el virus -decimos- no discrimina. Pero los humanos sí discriminamos, modelados por los poderes fácticos, los nacionalismos, racismos, capitalismos, neoliberalismos y xenofobias podemos decir, con seguridad, que la desigualdad social y económica se asegurará que, efectivamente, el virus discrimine.

Afortunadamente aparece ya en el panorama una vacuna. Pero como afirma Judith Buttler, también es probable que seamos testigos de futuros escenarios dolorosos en los que algunas personas afirmarán su derecho a vivir a expensas de los otros (en México esto ya se ha visto: funcionarios públicos que, a toda costa, consiguen mediante el influyentismo la vacunación de ellxs y sus familias). Habrá vidas que a toda costa serán protegidas de la muerte, y habrán otras que queden a expensas de la enfermedad sólo porque no pueden pagar una vacuna o no tienen un seguro médico que lo haga. Darwinismo social, dirán algunos. ¡Injusticia!, reclamarán otros.

La emergencia de esta nueva cepa del coronavirus surge en el contexto de sociedades hiperglobalizadas e hipercapitalizadas. La axiomática de estas sociedades nos ha hecho creer ciegamente en el crecimiento ilimitado, en la expansión y suficiencia infinita de los recursos y el Capital. Nos preocupan los miles de muertos durante la pandemia, pero nos preocupa más “el nerviosismo de los mercados”. Pero ahora, el virus nos ha obligado a detenernos. ¿Estamos preparados culturalmente para pensar en el estancamiento como condición a largo plazo? ¿Estamos listos para pensar y vivir la frugalidad del estatus quo?

Estamos tan acostumbrados a vivir bajo la axiomática del Capitalismo que pensar en una vía  alternativa resulta casi imposible, creemos ciegamente en el valor que tiene el “Individuo” sobre la colectividad. Las compras de pánico, el acaparamiento de recursos, son el síntoma visible de una catástrofe peor: la abolición del prójimo.

Sin embargo, en estos últimos días hemos sido testigos de la crisis civilizatoria del Capital, vemos cómo el virus va desinflando la burbuja de la aceleración hasta el estancamiento. Los mercados se desaceleran, el petróleo cae hasta tocar valores negativos y la globalización, de pronto, no parece la estrategia más segura. La pandemia nos ha mostrado que uno de los inconvenientes de la globalización estriba en lo imposible que resulta detener la rápida difusión de nuevas enfermedades, estamos tan conectados que el brote es un incontrolable efecto domino.

¿Podrá un virus hacer la revolución? Claramente no, el coronavirus ya ha afectado la economía global, pero jamás detendrá la circulación y acumulación del Capital. Estamos viendo el nacimiento de otra forma de Capitalismo, más poderosa, con mayor fuerza de control, más intima, más coercitiva, más excluyente. Desde la intimidad de nuestras casas emerge una nueva forma de control, la tecnodictadura. Nada puede parar a la bestia de la acumulación y el consumo, no existe una salida a la axiomática del Capital, la única salida esta enorme maquinaria -como nos ha dicho amargamente Baudrillar– es la muerte.

El virus nos ha confinado en nuestros hogares, nos hemos replegado en nuestra individualidad e intimidad ante el peligro de la enfermedad y la muerte. Y es que habiéndose agotado el terrorismo como causa para la implementación de medidas excepcionales, la epidemia ofrece el pretexto ideal para que los gobiernos del mundo se apresuren a instaurar los estados de excepción como paradigma de gobierno.

Hace un año veíamos las calles de las principales ciudades de América latina atestadas de manifestantes. Hoy los manifestantes están en sus casas, pero los cuerpos de seguridad, con sus tecnologías de control y seguimiento, siguen en las calles vigilando el cumplimiento de las medidas de aislamiento social en algunos lugares de Ámerica y Europa.

En el terror de la pandemia, hemos sido capaces de aceptar la limitación de nuestras libertades en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos, los mismos que ahora intervienen para satisfacerlo en una especie de perverso circulo vicioso. Así pues, el miedo ha logrado lo que parecía imposible, tenernos recluidos en nuestras propias casas aceptando la pérdida de nuestras libertades.

Poco a poco vamos saliendo y estamos viviendo ya las consecuencias del parón económico, el desempleo y el descontento social. Pero por más oscuro que sea el abismo que se extiende sobre nosotros, no hay que temer.

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