Entre 2005 y 2008, Stephanie Meyer escribió la saga de novelas Crepúsculo. La cual fue llevada al cine por los estudios Summit Entertainment en una serie de cinco películas, las cuales estuvieron protagonizadas por Kristen Stewart, Robert Pattinson y Taylor Lautner.

En Crepúsculo se nos presenta una clase de vampiro menos salvaje y más civilizado, obsesionado con la juventud y la belleza. Edward Cullen es, en apariencia, un adolescente plenamente integrado al sistema en el que vive: va al colegio y se enamora de la chica nueva. Él y su familia ya no son un peligro para la sociedad, sino todo lo contrario. Ahora son ciudadanos totalmente integrados que luchan contra aquellos pocos vampiros que no aceptan el nuevo orden. Incluso, su sed de sangre ha transmutado en una suerte de vegetarianismo.

Crepúsculo presenta un vampirismo despojado de toda abyección, y fagocitado por las dinámicas del Capital y el status quo. Si en algún momento lo atractivo del vampiro fue su resistencia al orden civilizatorio, Edward Cullen y su clan, son los vampiros de las sociedades hipercapitalistas.

El horror siempre ha sido una radiografía de los tiempos. Cuando se publicó “Drácula” de Bram Stoker en 1897, la Segunda Revolución Industrial encumbraba a la nueva burguesía por encima de la vieja aristocracia. No es extraño entonces que el vampiro asuma el papel de aristócrata desclasado, caballero de una época pasada sobre la que se impone una nueva visión de mundo. El vampiro de Bram Stoker es un es un aristócrata relegado, un conde venido a menos, un lord en decadencia, un príncipe que vive aislado y excluido de la sociedad. Añorando, desde la inmortalidad, los mejores tiempos de un pasado fugaz.

Por esta razón, el vampiro del siglo XIX y principios del XX, aparece únicamente después de medianoche, cuando los burgueses están dormidos, cuando la “otra” sociedad, el otro status quo yace apartado y entre sombras. El vampiro se presenta como un ser abyecto y ajeno al nuevo orden social imperante, un peligro que solo surge cuando “el otro lado” se encuentra dormitando.

A finales del siglo XX, Anne Rice sustituye al vampiro aristocrático por el hacendado con problemas de conciencia y remordimientos existenciales. Aunque el vampiro de Rice yace parcialmente excluido del orden social, quizá por su disidencia sexual, todavía se niega a aceptar los nuevos valores de la sociedad reinante. De hecho, la gran angustia del vampiro de Anne Rice consiste en el desencanto. El vampiro es un ser condenado en alma y cuerpo, que ha descubierto la última de las verdades: lo único real es la desesperación.

En “Crepúsculo”, por el contrario, el vampiro se traslada a la zona del mundo donde el capitalismo ha salido finalmente triunfante y se ha mostrado como el único modelo a seguir: Estados Unidos. Para Morales Lomas, Stephenie Meyer, autora de la saga, ha normalizado la figura del vampiro, incorporándolo al status quo y arrebatándole su abyección.

La vieja Europa tan apegada al mito clásico del Drácula sanguinario, durante el siglo XX perdió su preponderancia en el mundo y, en consecuencia, el nuevo vampiro no podía ser otro que un vampiro americano, un vampiro capitalista que asume ya totalmente la lectura de una sociedad normalizada fuera de la cual no existe salida alguna. En “Crepúsculo”, el vampiro ha sido seducido definitivamente por el capitalismo.

Los vampiros de “Crepúsculo” son sujetos posmodernos que pertenecen a una sociedad hipercapitalista y que no apuestan por la subversión de un orden. El orden actual no admite dudas para estos vampiros, por el contrario, lo aceptan. No nacen con vocación de ruptura, ni nostalgia, sino con una rampante aspiración a los prototipos de placer de las sociedades burguesas. No rompen nada, ni con nada. Han sido asimilados por el orden hipercapitalista, y permanecen refugiados en su soledad y desesperación, agonizando eternamente en silencio. Domesticados, conformados y veganos.

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