Ilustración: @deathburger

El siguiente artículo es una continuación de las ideas expresadas en: Neuromancer y el Cyberpunk: bioartefactos y biotecnología.

Las ciencias de la vida representan la nueva cara, y la nueva fase del sistema económico capitalista en el que estamos embebidos, el cual se reinventa y surge en la forma de «biocapital», la forma de capitalismo global contemporáneo por la que se producen, circulan y consumen diversos productos bioartefactuales dentro de la cadena general de la circulación del capital industrial y comercial de nuestra época.


Si en el pasado el capital se invertía en comprar tierras, cultivos y granos, en la actualidad el biocapital genera nuevas formas de valor adicionado que tienen como materia prima células, virus, órganos y organismos enteros para ser transformados tecnológicamente y convertirlos en una nueva modalidad de existencias disponibles en la circulación del mercado mundial (Linares, 2016; 114). Synthetic Genomics, la empresa de Craig Venter, es un claro ejemplo del corporativismo cuyo capital son organismos intervenidos genéticamente. Pero también podemos mencionar a Genentech fundada en 1976 por Robert A. Swanson y Herbert Boyer; Seminis, fundada por el empresario mexicano Alfonso Romo; Gilead Sciences, Inc; Amgen y otras conocidas como Monsanto y Pfizer. Al igual que en el imaginario Cyberpunk las empresas se perfilan como las entidades que poseen el control y dominio sobre estas nuevas formas de vida intervenidas por la biotecnología.


Las biociencias y la economía política constituyen el nuevo paradigma de racionalización, producción y control de la vida, estableciendo nuevas formas de soberanía como la «biopolítica», la cual se caracteriza, en un sentido bastante general, como la nueva manera que tiene el poder del estado para ejercer su soberanía, y en la que el cuerpo, como organismo mecanizado y manipulable, deviene objeto de dominación, manipulación, gestión y control.


Es decir, la soberanía del estado se extiende sobre los organismos biológicos para controlarlos, regulando, por ejemplo, el transporte e intercambio de bacterias genéticamente modificadas, la mortalidad, la natalidad o las condiciones de salud e higiene de las poblaciones. O incluso pertenencias más íntimas como la memoria y la identidad (Blade Runner).

En un ensayo llamado ¿Tienen biopolítica los bioartefactos?, Miguel Zapata y Fabiola Villela señalan tres maneras en que puede darse la interpretación biopolítica de las nuevas antropotecnologías y bioartefactos.


(1) La primera manera es por adhesión al sistema. En esta interpretación las biopolíticas bioartefactuales se entienden como proyectos que sirven para adaptar a los organismos al sistema político-económico. El uso de prótesis en trabajadores accidentados o veteranos de guerra, para (re)integrarlos al sistema productivo es un ejemplo de ello.
Los “hombres biónicos” era el nombre con el que se les conocía a los soldados lisiados de la primera guerra mundial, esta generación amenazaba al sistema de pensiones y seguridad social, lo que preocupó al gobierno y líderes militares. Una de las soluciones fue reincorporar a los soldados mutilados a la fuerza laboral mediante el diseño de prótesis en masa. Otro ejemplo más cercano es el uso de drogas como el Modafinil para mejorar el rendimiento cognitivo, siendo una práctica común entre los universitarios la ingesta de este tipo de drogas para cumplir con éxito las exigencias planteadas por los valores predominantes del sistema educativo.


La distopía de Brave New World (Un mundo feliz de Huxley), en la que la humanidad asume con beneplácito la esclavitud y el control sistemático gracias a los medicamentos que alteran el estado de animo, las bondades de la tecnología, los medios de comunicación y nuevos mecanismos que garantizan el placer, no parece tan lejana.


(2) Por los espacios de libertad que se generan. En esta segunda interpretación las biotecnologías representan una posibilidad de emancipación, desligándonos de los constreñimientos de nuestro propio cuerpo o de las regulaciones gubernamentales.


La obra de ficción cyberpunk, Altered Carbon, escrita por Richard K. Morgan personifica este ideal en el que es posible prescindir de las limitaciones del cuerpo, la muerte y la enfermedad. Es la materia corporal la que sufre la opresión y el lugar donde se ejercen los mecanismos de control y degradación, mientras que la mente puede resguardarse y almacenarse para su preservación y descarga en otro cuerpo, quizás (si cuentas con el dinero suficiente) con mejores condiciones físicas. Esta idea de ficción tiene su símil fáctico en la Iniciativa 2045 de Dimitry Itskov. Este empresario ruso busca superar la mortalidad mediante la descarga digital de la mente dentro de en un portador no biológico, logrando prescindir del cuerpo y con él de sus carencias y defectos. Dentro de este ideal emancipatorio de las biotecnologías podemos encontrar el movimiento cultural e intelectual denominado «Transhumanismo». Los transhumanistas piensan que la aplicación de la ciencia y la tecnología nos permitirá superar los límites impuestos por nuestra herencia biológica y genética (More, 2013:4), concibiendo a la naturaleza humana no como un fin en sí mismo, sino como un estadio más dentro de un largo camino evolutivo, el cual podemos aprender a controlar para dirigirlo a un estado de bienestar.


(3) La tercera interpretación es por exclusión y supone que aquellos ciudadanos que tengan los medios para ser capaces de optimizar su organismo gracias a los adelantos técnicos, poco a poco podrían irse distanciando, en cuanto a ventajas orgánicas, de una masa de población biomarginada con escasos recursos y condenada a sufrir las limitaciones de su cuerpo o naturaleza.


Por tanto, la exclusión de algunos sectores de la población de los beneficios y avances de las antropotecnologías terminaría generando condiciones de injusticia. En esta interpretación el desarrollo de las antropotecnologías no lleva consigo una mejora social, por el contrario, agudiza las diferencias entre aquellos que tienen acceso a la tecnología y aquellos que no, esta dinámica tendría como consecuencia la aparición de grupos marginados, ciudadanos condenados al rezago tecnológico mientras que la riqueza y la tecnología solamente estarían disponibles para unos cuantos millonarios que logran cristalizar el sueño de la inmortalidad, como lo plantea la distopía de Laurens J. Bancroft en Altered Carbon; O de multinacionales como Tayrell Corporations en Blade Runner; o estructuras más complejas de jerarquía económica-social como en He, She and It de Marge Piercy.


Si el desarrollo de las antropotecnologías sigue el curso del capitalismo se terminaría conservando la lógica de diferenciación de los mercados, la competencia, la oferta y la demanda, generando grupos de excluidos y rezagados.

Foto: @deathburger
Foto: @deathburger.

Zapata y Villela defienden una cuarta vía basada en el marco teórico propuesto por Langdon Winner, el cual nos permite afirmar que (4) los bioartefactos poseen un diseño que les confiere la suficiente flexibilidad como para que distintos grupos puedan competir por su control y uso. Esto sugiere que los bioartefactos poseen una flexibilidad interpretativa y ontológica que posibilita que diferentes grupos sociales, con deseos, propósitos, objetivos y marcos teóricos distintos, puedan competir por su control y uso. El caso más claro de esta bondad del diseño tecnológico es el internet. Pues, aunque surgió en un contexto y con un propósito bélico, su expansión ha posibilitado diferentes usos, algunos subversivos y otros de control.


No podemos pensar que las consecuencias biopolíticas de las nuevas biotecnologías debieran reducirse a una lógica binaria de dominio o emancipación. La plasticidad ontológica de los bioartefactos posibilita una pluralidad de usos, una lucha abierta de grupos sociales y usuarios. Esto es, un pluralismo de marcos de análisis, técnicas de control, sistemas valorativos y consecuencias ontológicas.