La danza es una de las prácticas comunicativas más antiguas de la humanidad. Su objetivo fue, desde principio, la comunicación con entidades supraterrenales: dioses, demonios o fuerzas sobrenaturales. Muchas comunidades incluyeron la danza dentro de sus ritos como método de comunicación metafísica para establecer un vínculo con lo inexplicable, como una grieta que se abre en el mundo para dar paso a un plano ontológico incognoscible y negado a la racionalidad.

Por eso no resulta extraño que la danza esté vinculada al horror y sobre todo, al horror sobrenatural, pues como afirma Úbeda Sánchez, «el cuerpo en movimiento es el soporte sobre el cual no solo se inscribe la acción dramática, sino también lo misterioso y lo terrible».

La concepción del cuerpo como mediador entre dos fuerzas antagónicas materializa la posibilidad de fusión entre dos mundos, el mundo de lo cognoscible y racional con el mundo de lo incognoscible y sobrenatural. En las fiestas dionisiacas, la danza constituía el vehículo de comunicación con la divinidad. Los movimientos convulsivos eran el signo de la impronta divina. Algunos de estos elementos se conservan todavía en religiones liminales como el vudú y la santería caribeña. Aunque durante mucho tiempo estuvieron ausentes en las artes y el pensamiento racionalista que dominó a Occidente.

Las filosofías nietzscheanas potencializaron la revalorización del cuerpo y las pulsiones primitivas. Como consecuencia, las artes escénicas comenzaron a mostrar un vivo interés por recuperar la danza en su aspecto más primitivo. En este sentido, propuestas como las de Mary Wigman concibieron la danza como materialización de lo invisible:

“Cuando la emoción del hombre danzando libera el deseo de volver visibles las imágenes hasta ese momento invisibles, es por el movimiento del cuerpo que estas imágenes manifiestan su primera forma de expresión. Es en el movimiento que el gesto que va a nacer toma el soplo vivificante de su potencia rítmica vibrante”.


En Hexentanz (la danza de la bruja), Wigman se propone hacer un viaje a las profundidades de las pulsiones humanas y el instinto, acentuando y haciendo visible los aspectos más oscuros de la realidad y la psique humana:


“Era maravilloso abandonarse al maléfico deseo de empaparse de las que fuerzas que osan manifestarse apenas bajo nuestra civilizada apariencia”.


El surrealismo y expresionismo de Wigman influyó en la escena japonesa subyugada por el Kabuki y el teatro noh. Tatsumi Hijikata presentó Kinjiki (1959), considerada la primer danza butoh (danza contemporánea japonesa). Nacida en la década de los cincuenta del siglo pasado y que surge como respuesta y salvación de uno de los peores momentos sociales e históricos vividos por el pueblo japonés: las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

“Danza de las tinieblas”, “Danza de las sombras”, y “Danza del horror”, son algunas de las expresiones más habituales para definir el movimiento butoh.

Pero la danza y su vinculación con el horror no solamente pone de manifiesto la caracterización del cuerpo como pasaje entre dos planos ontológicos distintos. También refleja la dominación política y el control que se impone sobre los cuerpos, particularmente el cuerpo femenino. Cintas como “La Mort du Cygne” (1937), “The Red Shoes» (1948), “Suspiria” (tanto la original de 1977 como la nueva versión de 2018), “Étoile”(1989), “Black Swan” (2010) y “Climax” (2018) exploran los horrores que provocan los mecanismos de control sexogénericos de las sociedades contemporáneas a partir de los cuales se construye el relato corpóreo no solo del horror sino del poder.

En su ensayo «La danza, una narrativa corpórea del horror, en Suspiria de Luca Guadagnino«, Patricia Úbeda Sánchez lleva a cabo un análisis del papel que tiene la danza en el remake de «Suspiria» desde la filosofía posestructuralista y el psicoanálisis, para comprender los distintos mecanismos por los que se construye el relato corpóreo del horror y del poder. Vale mucho la pena.

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