Este lunes el Vaticano decretó que la Iglesia Católica no puede bendecir las uniones entre personas del mismo sexo ya que “Dios no puede bendecir el pecado”. Es inevitable contrastar estas declaraciones con lo dicho por el Papa Francisco hace unos meses: “Los homosexuales tienen derecho a estar en una familia. Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia. Lo que tenemos que hacer es crear una ley de uniones civiles. Así están cubiertos legalmente. Yo apoyé eso”.

Aunque claramente lo anterior no menciona nada acerca de bendecir las uniones homosexuales, en su momento la afirmación generó una equivocada idea de apertura por parte de la iglesia católica. Sin embargo, aquí dijimos que no se debe olvidar que estas palabras fueron pronunciadas por la misma persona que, cuando era Arzobispo de Buenos Aires, se opuso a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.

El Vaticano sostiene que los homosexuales deben ser tratados con dignidad y respeto, pero que el sexo homosexual está “intrínsecamente desordenado”. Pues, la enseñanza católica sostiene que el matrimonio entre un hombre y una mujer es parte del plan de Dios y debe estar destinado a crear una nueva vida, y como las uniones homosexuales no pueden procrear entre sí, entonces no están destinadas a ser parte de ese plan. Y por tanto, no pueden ser bendecidas por la iglesia, ya que Dios “no bendice ni puede bendecir el pecado: bendice al hombre pecador, para que reconozca que es parte de su plan de amor y se deje cambiar por él”.

En el 2003 (¡sí, en pleno siglo XXI!) la iglesia católica publicó el texto “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales”, en el cual se dicen cosas como:


“La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma […] el hombre, imagen de Dios, ha sido creado « varón y hembra  » (Gn 1, 27). […por lo que…] No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, «cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso »”.
El problema del catolicismo y de toda doctrina dogmática es el acaparamiento retórico de conceptos como verdad natural (cualquier cosa que eso sea), naturaleza misma (concepto que no figura en ningún texto científico), o ley moral natural. Estas no son más que estrategias retóricas para validar y justificar un discurso hegemónico, en cuyo seno descansa una visión metafísica del mundo que, afortunadamente, no es compartida por todos. Pues las uniones entre personas del mismo sexo son una realidad y no están esperando la bendición de la iglesia para mostrarse al mundo con dignidad.


Se sabe que hay una facción de la iglesia que lucha por la apertura en estos temas y que también hay una amplia comunidad gay católica- cristiana que resiste al dogma desde su experiencia personal. Pero mientras se mantengan estos dogmas respecto a lo “natural” y lo “verdadero” la apertura a los reclamos de una sociedad que tiene sus propias exigencias y necesidades será imposible.


Lo cierto es que en pleno siglo XXI, una institución sometida a los vaivenes de la historia, sigue hablando de “naturaleza en sí misma”, “sabiduría humana originaria”, “verdad natural” y demás fantasmas metafísicos.Y es cierto, éstas afirmaciones se hacen desde el dogma de la fe y la revelación, por lo que no buscan el aval de una justificación científica, empírica o epistémica. Pero nuestra sexualidad, género y demás necesidades no son entes supraterrenales y por tanto, sí están sometidos al devenir del tiempo, el contexto y la sociedad.


Al final de cuentas, y como ya dijimos, parece que a la iglesia la vida se le sigue adelantando muchos siglos.

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