El estreno de Dune, una de las adaptaciones Sci-Fi más esperadas, está muy próximo. Y este es el primero de muchos posts relacionados con la obra de Frank Herbert y la adaptación cinematográfica de Dennis Villeneuve. En esta ocasión nos interesa destacar la dimensión política y ecológica de la obra literaria, pues la película todavía no la hemos visto.

Dune se publicó en 1965, pero comenzó como un concepto cuyas imágenes tomaron forma desde seis años antes, cuando Frank Herbert era un periodista de asuntos ecológicos que en ese momento se encontraba en Florence, Oregon, para escribir un artículo en una revista sobre un proyecto del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos en las dunas de arena costera.

Desde el principio, Herbert concibió toda la trilogía como un libro protagonizado por demagogos, fanáticos y estafadores, que retrataría en un escenario ficticio las convulsiones mesiánicas y políticas que periódicamente sobrevienen a las sociedades. El proyecto de Florence había alimentado su interés respecto al impacto que la humanidad provoca en el planeta y la posibilidad real de que la Ecología se convierta en el estandarte político para el oportunismo demagógico. El escenario para el surgimiento de ídolos y cruzadas que se disputan el poder.

Herbert tiene una idea clara respecto al poder político y las personas que lo ejercen. Esta idea está plasmada claramente en Dune: los superhéroes son desastrosos para la humanidad. Incluso si encontramos un héroe real, los mortales falibles eventualmente se apoderarán de la estructura de poder que siempre surge alrededor del líder. En el área de la política y economía, así como en su consecuencia lógica, la guerra, la gente tiende a ceder toda capacidad de toma de decisiones a cualquier líder que pueda envolverse en el tejido mítico de la sociedad. Hitler lo hizo. Churchill lo hizo. Franklin Roosevelt lo hizo. Stalin lo hizo. Mussolini lo hizo.

El propio Herbert ha dicho que uno de sus principales temas para Dune fue el siguiente: “no entregues todas tus facultades críticas a las personas en el poder, sin importar cuán admirables puedan parecer esas personas. Debajo de la fachada del héroe encontrarás un ser humano que comete errores humanos”.

Enormes problemas surgen cuando los humanos son elevados a dimensionas casi divinas: “Los héroes son dolorosos, pero los superhéroes (o superhombres) son una catástrofe”.

Dune nos advierte de los peligros que trae consigo el fervor religioso y su mezcla con la política. ¿De dónde aprendimos que nuestros líderes deben ser perfectos? Exigirle perfección a los líderes políticos implica encumbrarlos en el pedestal de la divinidad. Y cosas terribles pasan cuando los humanos son elevados a la altura de los dioses.

Debajo del profeta descansa una figura humana falible y plagada de errores.

En Dune se puede percibir también otra idea fundamental: toda empresa humana está condenada al fracaso, es falible. Ningún sistema político, social, religioso y cognitivo está exento de errores. De hecho, toda sistematización es mortal, pues los grandes sistemas se originan con creadores humanos, con personas que los emplean. Estos sistemas tarde o temprano toman el control y arrasan con todo lo que se encuentran a su paso.

Existen claros análogos en Dune de los eventos de hoy: corrupción y soborno en las esferas más altas, fuerzas policiales enteras perdidas ante el crimen organizado, agencias reguladoras tomadas por la corrupción, la urgencia ambiental y la desmedida explotación de recursos. Pues claro que la escasez de agua en Dune es un análogo exacto de la escasez de petróleo. CHOAM es OPEP.

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