¿Alguna vez te has preguntado cómo sería contemplar tu propio cadáver?, ¿qué pasaría si pudieras fotografiarlo?, ¿desearías que esa imagen fuera pública?

Más allá de una fijación no sana con la muerte, todxs lidiamos con el hecho de que nuestro tiempo es limitado. En cierto modo, podría decirse que al preguntarnos qué pasará en nuestro entorno cuando no estemos en él es una de las maneras más simples de imaginar el fin del mundo. No obstante, al hablar de nuestra propia muerte, hay un abismo insoslayable, una suerte de región de lo irrepresentable, algo que es imposible poner por completo en una imagen: un cuerpo que dejó de pertenecernos o condicionarnos.

Plinio el Viejo (20-79 d.C.) narró la historia de Kira, la hija de un artesano griego que se enamoró de un corintio. Un buen día, la joven recibió la noticia de que su amado partiría a la guerra y, cuando éste fue a despedirse, Kira tomó un trozo de carbón y trazó la silueta que el muchacho proyectaba sobre la pared. Esta historia, conocida como el mito de Butades (dado que el padre de Kira era Butades de Sición), permite entrever que el retrato surgió como una manera de afrontar la ausencia del Otrx, de elaborar una suerte de sustituto mágico. Una afirmación parecida es hecha por el profesor Pedro Azara en un estudio sobre el retrato en Occidente titulado El ojo y la sombra, donde asegura que no tendríamos necesidad de hacer retratos si fuéramos inmortales.

La doncella corintia (1782-1784).
Este cuadro de Joseph Wright habla del mito de Butades.

Azara enuncia que el principio rector de un retrato es el encuentro consensuado entre alguien que posa porque desea ser vista de determinada manera y alguien que observa y plasma, mediante pintura, fotografía o cualquier otro medio, una interpretación sobre el carácter, vida y aspectos esenciales de la persona que tiene enfrente. Si bien muchas veces ese consenso no se cumple al pie de la letra, como cuando lxs artistxs retratan a seres mitológicxs o históricxs, salta a la vista que la intención de un retrato es crear una imagen trascendente e imperecedera para que futuras generaciones puedan contemplarla y nutrirse de ella. Pero, ¿qué ocurre cuando retratista y retratadx son la misma persona? Podríamos establecer un paralelo con la práctica de la autobiografía. Phillipe Lejeune afirma que, al elaborar un yo escrito se busca recuperar y reconstruir la mirada ajena sobre una misma. Por su lado, Jacques Derrida afirma que la autora de una autobiografía es su única receptora y destinataria, lo cual nos llevaría a pensar que convertirse en la protagonista de nuestra imagen proviene de la intención de corroborar o confrontar algo que sospechamos de nosotras mismas.

Teniendo estas últimas afirmaciones en cuenta y volviendo a la pregunta inicial, sobre la contemplación de nuestro propio cadáver, a lo largo de la historia han habido artistxs que han buscado satisfacer simbólicamente esa inquietud. El día de hoy vamos a detenernos en el visceral caso de Hippolyte Bayard (1801-1887).

Hippolyte Bayard, autorretrato en su taller, 1855

En una época en la cual la fotografía distaba mucho de ser considerada un arte, Bayard pasó a la historia por inventar un método de positivo directo sobre papel (sin negativo fotográfico) a cuyas imágenes llamaba dibujos fotogénicos. Hay que recordar que la fotografía no nació en un solo país siendo una técnica única que desarrollara una sola persona, sino que se llegó a ella proponiendo diferentes métodos, en varios lugares y obteniendo distintos tipos de imagen fotográfica. Así fue que la invención de Bayard se cruzó con la de Jacques-Louis Daguerre (1787-1851), quien había patentado un método similar al cuál denominó daguerrotipo, del cual obtuvo jugosas ganancias gracias a la subvención del gobierno francés y el apoyo de la comunidad científica.

Esta situación eclipsó la aportación de Bayard, que no recibió el mismo reconocimiento y tampoco le trajo los mismos beneficios. En su frustración, Bayard realizó tres fotografías a las que tituló Le noyé (El ahogado). En ellas se apreciaba al autor en un gesto de total abandono corporal, con el rostro oscuro y abotargado, los ojos cerrados y las manos sin fuerza. Al reverso, colocó un mensaje que nos dimos a la libertad de traducir directamente para que tengan el panorama completo y el cual pueden encontrar en el texto de Geoffrey Batchen, Burning with Desire. The Conception of Photography:

«El cuerpo que ven aquí es el de M. Bayard, inventor del proceso que acaban de ver, cuyos maravillosos resultados están a punto de apreciar. Hasta donde sé, este ingenioso e infatigable investigador ha estado trabajando alrededor de tres años para perfeccionar su invención. La Academia, el Rey y todos los que han visto sus imágenes, a las que él mismo encontró imperfectas, las han admirado, igual que lo hace usted en este momento. Esto le trajo mucho honor, aunque aún no le ha traído ni un centavo. El gobierno, habiendo dado demasiado a M. Daguerre, dijo que no podía hacer nada por M. Bayard, así que el infeliz decidió ahogarse. ¡Oh, la volatilidad de los asuntos humanos! Artistas, académicos y periodistas hablaron de él por mucho tiempo, pero aquí ha estado en la morgue por varios días y nadie lo ha reconocido o reclamado. Damas y caballeros, mejor pasad de largo por miedo a ofender su sentido del olfato, pues si lo observan, la cara y las manos del difunto han empezado a degradarse.»

H.B. 18 de octubre de 1840.

Imaginen las implicaciones de utilizar una técnica que maravillaba por su inquietante potencial para capturar la apariencia real de las cosas. Ahora imaginen que la misma técnica pudiera configurar una mentira. El día de hoy, en el que una fotografía es la cosa más maleable del mundo, no nos sorprendería que la cámara creara ficciones, pero no podríamos negar las consecuencias simbólicas de la protesta de Bayard, quien a la fecha se considera el creador del performance fotográfico.

Cuando un personaje muere en pantalla o en escena, el actor o actriz puede establecer cierta distancia con el cadáver que contempla. Si bien es cierto que al colocarse frente a una cámara fotográfica siempre se adopta un personaje, no estamos seguros de que la distancia establecida al momento de ver un autorretrato sea similar. Recordemos que la principal destinataria de un autorretrato es la autora misma. ¿Qué habrá sentido Bayard al ver por primera vez esta ficción de su muerte con un aspecto tan tremendamente realista? Mediante la fotografía le dió la vuelta a la irrepresentabilidad de la propia muerte. Logró ver al mundo en ausencia de sí mismo.

¿Qué piensas? ¿Con qué aspecto de sí mismo se habrá confrontado Bayard? ¿Cómo se vería tu autorretrato si se centrara en tu ausencia?

Por si te animas a explorar éste y otros impactos del autorretrato fotográfico, la artista Maruja Cancino estará impartiendo el taller a distancia Afrontar la incongruencia: experimentaciones de autorretrato con fotografía (y otras cosas) en Casa del Lago. Te dejamos aquí el link para que lo cheques. Las inscripciones empiezan este 2 de agosto.

Felices trazos.

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