Talasofobia: no es el miedo al agua en sí, sino a lo que podría acechar dentro de ella. La aterradora idea de flotar sobre la superficie de una vasta oscuridad, y debajo de ti, profundidades desconocidas y la multitud de horrores que se podrían esconder.

Thomas Moran- The Angry Sea Painting

Es bastante conocida la afirmación lovecraftiana respecto a que “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo. Y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. En este sentido, el mar -medio por naturaleza contrario al hombre- ha sido una fuente inagotable de terror. La lenta evolución del conocimiento no agota jamás la complejidad y amplitud de los océanos. El mar constituye una inmensidad aún desconocida y sobre todo, superpoblada. Se calculan alrededor de 972.000 especies diferentes habitando el fondo marino. Sin embargo, solo se han reconocido y clasificado 230 mil de ese casi millón de seres que habitan las profundidades del océano: el mar es el reino de lo desconocido.


Para los Griegos el mar fue un espacio compartido por los dioses y los hombres, la fuente misma del origen de la vida pero también un lugar de infinitud insondable. Todo ello explica que el mar fuera un espacio temido y adorado, morada de monstruos, indomables y coléricos. Un reino al que venerar con el mayor de los respetos posibles: universo de dioses y mundo de hombres.


Según Alain Corbin, durante el inicio de la época clásica, hacia el siglo XV de nuestra era, una concepción teológica catastrófica gobernó nuestra visión del mar: antiguo vestigio y cicatriz de una de las mayores catástrofes bíblicas, el diluvio. «Antes del diluvio –escribía, el teórico británico Thomas Burnet en 1681– la faz de la tierra era suave, regular, uniforme, sin montañas y sin mar» pero durante el diluvio Dios abrió el gran abismo de las aguas como castigo, de tal forma que el mar, su cavidad, sus litorales y las montañas que lo delimitan datan del diluvio y constituyen «el más pavoroso espectáculo ofrecido por la naturaleza”.


En la época moderna, la primera travesía del Atlántico, la circunnavegación de Magallanes y los comienzos de la exploración submarina revelaron una realidad mucho más terrorífica que todos los peligros imaginarios: su frágil equilibrio, amenazado por la contaminación y el calentamiento global. Del mar depende la supervivencia del planeta, es el lugar donde radica no sólo una nueva amenaza planetaria, sino también la fascinación permanente que nos suscita el descubrimiento de las grandes profundidades.

El mar es el recuerdo vivo de tiempos inmemoriales, es anterior a lo humano, es anterior a la vida como la conocemos. Es más antiguo que las montañas, que las civilizaciones, que las esperanzas. El mar es el lugar donde los sueños de inmortalidad mueren.

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