Según informó el diario The Guardian, un equipo de empleados del estado de Utah se encontraba haciendo un censo de muflones a mitad del desierto cuando, sobrevolando la zona, se encontraron con un extraño monolito que contrastaba enormemente con el entorno. Al acercarse, pronto se dieron cuenta que el extraño monolito era muy similar al monolito de la película de Stanley Kubrick, Odisea en el espacio.

¿Pero cómo diablos llegó a ese lugar? Se especula que el monolito, de tres metros de alto y pulido por ambas caras, pudo haber sido puesto ahí intencionalmente, por algún fan del filme.

El día sábado, según ha confirmado la Oficina de Administración de Tierras de Utah, el monolito ha desaparecido. Este mismo departamento ha insistido en que no han sido ellos quienes retiraron la estructura, pues ésta se considera propiedad privada.

De la misma manera en que sucede con muchos elementos de la película dirigida por Kubrick y escrita por el matemático Arthur C. Clarke, el monolito que aparece en ella ha sido objeto de muchísimas interpretaciones que van desde religiosas, alquímicas y evolutivas.

En su novela, Odisea en el espacio, C. Clark utiliza al monolito o “centinela” como una herramienta alienígena para provocar saltos cognitivos en la evolución de la humanidad. Durante la primera secuencia de la película de Kubrick, el monolito aparece en medio de la sabana africana. Un grupo de homínidos, ni siquiera H. Sapiens, tienen un encuentro con este extraño artefacto que claramente remite a una civilización inteligente.

El “centinela” aparece por segunda vez en la Luna, una tercera vez orbitando cerca de Júpiter y una última, cerca de la cama de Bowman antes de que éste se transformara en el “Starchild”. Así se puede atestiguar la evolución no solamente física y biológica, sino además cognitiva de la humanidad: del simio al hombre, posteriormente del hombre terrestre al hombre del espacio y finalmente del hombre del espacio al superhombre que vuelve a la tierra como una inteligencia renacida.

C. Clarke estaba convencido, al menos lo parecía en sus novelas, de la existencia de vida extraterrestre. Pero no solamente eso, además creía que esta vida extraterrestre es infinitamente superior a la humana, estando además siempre presente y vigilando el desarrollo de cientos de miles de tipos diferentes de inteligencias a lo largo y ancho del universo. Desde su punto de vista -y repito, al menos el que puede verificarse en sus novelas-, existe una civilización extraterrestre cuya labor es sembrar y cuidar de la inteligencia en el cosmos.

Para C. Clarke, la humanidad no es una especie hecha para la vida en las estrellas, somos una especie ontológicamente indigente que no se basta a sí misma y por eso necesita de ayuda en su largo camino evolutivo hacia la inteligencia perfecta, es decir, una inteligencia pura, sin las ataduras del cuerpo y la materia (muy similar a la idea que Tomás de Aquino tenía respecto a la naturaleza intelectual de los ángeles y Dios , o Platón respecto al mundo suprasensible). Esta misma idea puede verse con claridad en sus obras posteriores, como “Odisea dos”, “Odisea tres” y “Odisea final”, o “Cita con Rama” y “El fin de la infancia”. Esta última señala precisamente cómo la humanidad transita de su estado actual al estado de superinteligencia, recordando el imperativo ilustrado que clamaba por una humanidad que abandonara su estado de infancia para servirse con autonomía de su propia razón. C. Clarke expresa en sus novelas este mismo imperativo de la Ilustración y lo extrapola a la totalidad del cosmos, solo que para lograr esa anhelada autonomía la humanidad necesita ayuda.

Aunque pudiera parecerlo, no hay ningún resabio místico religioso en la obra de Clarke. Se sabe que era ateo. Las inteligencias extraterrestres no son un tipo de deidad, al menos no en sentido aristotélico como un primer motor inmóvil o alguna causa incausada, sino producto también del azar y las contingencias, pero que, al ser ancestrales, nos llevan miles de cientos de años de ventaja en la carrera evolutiva.

Esto contrasta con la interpretación de Kubrick, quien en una entrevista a la revista Rolling Stone mencionó que: “al más profundo nivel psicológico, el argumento de la película representa la búsqueda de Dios, postulando finalmente una definición de Dios poco menos que científica (…) La película gira alrededor de esta concepción metafísica[…] y el realismo de las herramientas y máquinas, así como los sentimientos que se documentan sobre todo lo que sucede, son necesarios para minar nuestra resistencia innata al concepto poético”

Otras interpretaciones han visto la película como una alegoría de la concepción, nacimiento y muerte: el Hijo de las Estrellas significa un «nuevo gran comienzo» y se le representa desnudo y desprendido, pero con los ojos completamente abiertos.

Quien haya dejado ese monolito en medio del desierto de Utah (sea terrestre o extraterrestre) nos regaló, sin duda, una postal fantástica.