El aceleracionismo se entiende comúnmente como la exhortación a intensificar cualquier tipo de proceso capitalista existente, con la (¿ilusoria?) esperanza de que esto llevará al sistema a un colapso definitivo que es necesario alcanzar para poder instaurar un nuevo sistema más justo y equitativo.


Como afirman Avanessian y Reis (2017), el aceleracionismo es una herejía política, pues asume que la única respuesta radical al capitalismo no es protestar, agitar, criticar, ni tampoco esperar su colapso en manos de sus propias contradicciones, sino acelerar sus tendencias alienantes, descodificantes y abstractivas.


El aceleracionismo apuesta por acelerar el propio funcionamiento del capital en miras de un futuro postcapitalista. Para las izquierdas aceleracionistas el mundo deseado es un mundo postcapitalista, en el que no hay posibilidad de retorno a un mundo precapitalista, es más, no existe un deseo de retornar a ese mundo aunque pudiésemos hacerlo.


Cuando en 1995 se crea la Unidad de Investigación de la Cultura Cibernética (CCRU) en torno a los trabajos de Sadie Plant y Nick Land, se comienza a gestar el movimiento aceleracionista. Después de 2003, el pensamiento de Nick Land tomará su propio rumbo, diversificando el movimiento en dos corrientes diferentes: 1) el aceleracionismo en su sentido originario (aunque con reconocidas derivas derechistas), y 2) el aceleracionismo de izquierdas, abanderado principalmente por Nick Srnicek y Alex Williams.


Para el aceleracionismo de izquierdas, la tecnología tiene una importancia preponderante en el desarrollo de un proyecto emancipador. la aceleración de los procesos de descodificación del Capital debe ser complementada con una reapropiación de las tecnologías que posibiliten una reorganización antagonista al orden capitalista. Es decir, para el aceleracionismo de izquierda la tecnología sería el elemento clave para transitar a otro modelo de vida más allá de la dominación instrumental del capitalismo, apostando a favor del potencial democrático de la tecnología desligada de las dinámicas capitalistas.


Para pensadores como Mark Fisher, Steven Shaviro y Benjamin Noys, la cultura y la industria musical constituye uno de los motores de la aceleración cultural desde fines de los años cincuenta. En su vertiente estética, el aceleracionismo va más allá del ímpetu revolucionario y se gesta también en los escenarios artísticos y culturales. Para Noys, por ejemplo, la música dance se ha constituido como un sitio para la exploración estética aceleracionista: “La naturaleza acelerativa de la forma, registrada habitualmente en el aumento de Beats por minuto (bpm), hace de la música dance un modelo estético ideal para recapitular una pasión juvenil por la aceleración”.

En esta cultura musical se gestó, ante el vaciamiento de las fábricas, un nuevo sujeto revolucionario. El “afrofuturismo” de Detroit, el “rave”, el “jungle” y el “drum and bass” de Inglaterra y Alemania generaron una nueva estética de la aceleración marcadamente postindustrial y con ciertos rasgos postcapitalistas.


De acuerdo con Nick Land, la intensificación de los elementos acelerativos de la cultura dance resultó en la accesibilidad de la “eminente extinción humana como pista de baile”. La fuerza acelerativa del “jungle” y el “drum” encarnaron la huella de un futuro inhumano con la integración de lo maquínico y lo tecnológico. Estas manifestaciones culturales fueron leídas por Land y la CCRU como el indicio de un futuro emergente en el que lo humano sería disuelto por los flujos del capitalismo desterritorializado.


Para Noys, el techno de Detroit dio el giro hacia un sonido postindustrial y un modo de producción en el que participaban artistas empleando tecnología, principalmente samplers y cajas de ritmo: tal como las máquinas reemplazaron a los trabajadores de las fábricas en Detroit. De modo que, “la utopía presente en el techno es la del ser-maquínico deshumanizado, integrado con el futuro de la ciencia ficción”. Derrick May, una de las figuras más prominentes del techno de Detroit, dijo alguna vez lo siguiente:


“Las fabricas están cerrando y la gente está desapareciendo, el viejo Detroit industrial se está cayendo a pedazos, las estructuras han colapsado. Es el capital asesino de América. Niños de seis años van armados y a millares de negros no les importa ya si acaso volverán a trabajar alguna vez. Si tú haces música en ese ambiente no puede ser música convencional. En Gran Bretaña existe un nuevo orden: pues bien, nuestra música es el nuevo desorden”.


Para Noys, el techno no es simplemente el tranquilo registro del pasaje a un nuevo orden postindustrial, sino el registro del colapso de las estructuras.