Franco Bifo Berardi combina la docencia como profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán) con la agitación cultural. En sus libros mapea un tejido social en el que, como en las shitstorms de las redes sociales, los individuos se mueven por los estímulos de todo tipo que reciben sin tiempo para reflexionar, y donde reina el resentimiento identitario y la desertificación del pensamiento complejo.

La periodista Núria Navarro lo entrevistó para El Periódico. En la entrevista, de la que te dejamos un fragmento, el pensador afirmó que ante el panorama que ha dejado tras de sí la pandemia:

“toca inventar formas de sobrevivir que privilegien lo útil por encima de la acumulación del (abstracto) valor monetario. Pienso que salimos de la época en que la expansión era posible y deseable para una parte de la sociedad, y estamos entrando en la época de la extinción”.

¡No más malas noticias, por favor!


Para perseguir la expansión, el capitalismo empezó a destrozar masivamente los recursos físicos del planeta y las energías nerviosas de los humanos. Puso las bases de la extinción. Cuando la depresión produzca efectos políticos de agresividad, enemistad y miedo, la extinción es probable.


¿No hay vuelta de hoja?


No, si no logramos permanecer en el exterior del cadáver, si aceptamos volver a la normalidad del mercado, del capitalismo, de la aceleración psicótica. La condición pandémica -sumada al cambio climático- es el momento de redefinir el horizonte de la economía, de la relación social, de la intimidad misma.


¿Por dónde pasará la felicidad fuera de la idea de crecimiento?


Felicidad y crecimiento son términos incompatibles. Propongo que olvidemos palabras complicadas como felicidad. ¿Me permite reformular la pregunta?

Adelante.

La pregunta es: ¿por dónde pasará la satisfacción de las necesidades básicas de la comunidad?

¿Y la respuesta?

En lo que ya existe: en nuestro saber, tecnología y potencia de producción, pero enfocados al interés de todos. En los próximos meses -y años- nos veremos obligados a elegir entre una miseria creciente y la redistribución de la riqueza existente. Si la minoría explotadora pretende mantener sus privilegios, vendrán años de guerra civil en todos los lugares de la Tierra. ¿La manera de evitarlo? ¡La igualdad!


¿Qué entiende por igualdad?


No me refiero a la renuncia, sino a una percepción frugal del gozo y de la riqueza. Riqueza es el placer de las cosas y de los acontecimientos, y sobre todo es el tiempo para gozar de lo que tenemos. La reconquista del tiempo -que paradójicamente ha posibilitado el covid- es crucial. Debemos de ser capaces de conjugar seguridad y sensualidad.

Usted solía animar a «reconocer el placer en el cuerpo del otro». Y ya ve.


Cuando pienso en el futuro, lo más difícil de imaginar es cómo percibiremos el cuerpo del otro en la calle, en el café, en la cama. Es probable que salgamos del distanciamiento social con un miedo instintivo a los labios, al sexo.

Como ocurrió en los 80, con el VIH.


Sí. Pero esta vez puede también que se manifieste un poderoso movimiento de acercamiento y de sensualidad, porque la dimensión on line se volverá un recuerdo de una época angustiosa. Y aquí veo el caldo de cultivo de un verdadero movimiento cultural, estético y social.


Afectos, trabajo, escuela y ocio, de momento, pasan por las pantallas.


La pantalla es el lugar de la seguridad, pero también de la anestesia, de la ablación de la sensualidad. ¿Podemos imaginar una humanidad que se libera definitivamente de la ternura física, de la seducción de los ojos, de las manos que se tocan delicadamente?


¿Puede?


Yo no lo puedo imaginar y punto. Si lo imagino, me parece la peor distopía: un mundo eficiente, exacto, perfectamente compatible con la matemática financiera, pero muerto. Me hundiría.


Cuando está hundido, pinta. ¿Qué motivo se ha repetido estos meses?


Hay una imagen (real) que se repite en mis collages: el papa Francisco lanza dos palomas blancas para simbolizar el amor, la paz, la alianza con Dios. Un cuervo se acerca a una y la devora. Yo soy ateo, pero cada vez que pinto esta imagen me digo que la casualidad da pie a fantasías estéticas aterradoras.