Hellraiser se estrenó en 1987 bajo la dirección de Clive Barker y ha sido considerada por muchos como una película de culto, basada en la novela escrita por él mismo: “The Hellbound Heart”, la película y la novela han sido comúnmente vinculadas a la exploración del sadomasoquismo y la relación que existe entre placer y el dolor. Sin embargo, en un breve texto titulado “Breaking the Surface of the Real”: The Discourses of Commodity Capitalism in Clive Barker’s Hellraiser Narratives”, Patricia Allmer explora una interpretación en términos mercantiles.

En ese texto, Allmer argumenta que la representación del infierno en “Hellraiser” es una reacción a las problemáticas que trae consigo la noción capitalista de “propiedad privada” y su auge durante el Thatcherismo, el modelo económico monetario legado por Margaret Thatcher, primer ministra de Gran Bretaña durante los ochentas (lugar donde nación Clive Barker) y que defendió la libertad de los mercados, la privatización de las empresas y la desregularización del Estado.

Para celebrar los 69 años de Clive Barker exploraremos la relación que existe entre “Hellraiser” y el Capitalismo.

Desde el principio de la película y la novela, Clive Barker retrata claramente las transiciones capitalistas que involucran al placer y el valor monetario. La “Caja de Lemarchand”, fuente de los más oscuros y extremos placeres, llega a manos de Frank Cotton -un hombre aburrido de los placeres tradicionales- mediante un intercambio comercial. Así, el placer y su objeto se convierten una mercancía con un valor de cambio en términos monetarios: Todo placer, incluso el más extremo, puede ser asequible si cuentas con el dinero suficiente para pagarlo.

Igual como ocurre con la transición monetaria que inaugura la novela y la película, las relaciones entre los personajes se construyen sobre una lógica de oferta y demanda: la relación entre Frank (Sean Champman) y Julia (Clare Higgins), su cuñada, no es más que una transición donde ambos buscan obtener algún beneficio. La relación entre Julia y Larry Cotton (Andrew Robinson), el hermano de Frank, se sostiene únicamente por las ventajas que implica la vida en matrimonio, pues evidentemente no existe un sentimiento de amor mutuo. En Hellraiser, la afirmación Thatcheriana de que “la vida es un negocio recíproco” se lleva al pie de la letra.

Uno de los momentos climáticos de la novela y la película es cuando Frank resuelve el rompecabezas de “La Caja de Lemarchand”. En ese momento aparecen los Cenobitas, sacerdotes del placer, y el espacio doméstico cambia por completo para convertirse en una cámara de tortura. Aparecen cadenas y ganchos que arrancan la piel de Frank y le llevan a la exploración de los placeres más extremos.

Para Patricia Allmer esto simboliza la manera en que las mercancías enganchan al consumidor. Pues estas funcionan como potencializadores del placer que introducen al consumidor en una larga cadena de demanda y consumo desmedido que únicamente termina cuando acontece la muerte.

Otra manera de “engancharse” a las mercancías es la “propiedad privada”. Toda la acción de la película ocurre dentro la casa heredada por Frank y Larry ( a excepción del hospital psiquiátrico).

En el libro “Glas”, Jaques Derrida explora la raíz griega de la palabra “Tumba” (oikesis), argumentando que su raíz procede el griego oikos que significa “Casa”. Literalmente, en Hellraiser la propiedad de ambos hermanos, la casa heredada, se convierte en la tumba de Frank.

La promesa del Capitalismo consiste en afirmar que la posesión y la propiedad privada son el camino para la felicidad. Hellraiser es la clara antítesis de esta idea, pues el espacio domestico se convierte literalmente en una “economía de la muerte o de la tumba”: oikos- nemein (economía), donde no solo tiene lugar el fallecimiento humano de Frank, sino también el acontecimiento de todos los sucesos mortales que ocurren en la trama.

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