El cine de horror, así como también la literatura, tiene la peculiaridad de establecer una simetría entre dos planos ontológicos dispares. Es decir, a partir de la introducción de un elemento sobrenatural, se revelan las estructuras y problemas de la realidad que nos es familiar. En Hereditary y Middsommar, el director Ari Aster ejemplifica esta premisa con precisión, pues con la introducción de elementos sobrenaturales en la trama, dibuja los delicados esbozos con los que se retrata la salud mental y sus difusos límites categóricos.

Comencemos hablando de demonios. En Hereditary, Aster pone ante el espectador un drama familiar cobijado por el oscuro manto de lo sobrenatural. Al igual que muchas otras películas cuya temática gira al rededor de las sectas satánicas, Hereditary recurre a los convencionalismos para narrar un drama familiar que poco a poco se va degenerando en un oscuro secreto de ocultismo y sacrificio a una antigua deidad, Paimon. Analogía, quizás, del infierno que significa vivir una enfermedad mental hereditaria.

Aunque el director Ari Aster no muestra particular interés por Paimon, sino que hace uso de la deidad solamente para no recurrir al ya trillado Lucifer o a Pazuzu (El Exorcista), logra tejer una historia en la que los personajes están a disposición de un plano ontológico desconocido, pero que acecha desde principio. Las actitudes, decisiones y características propias de los personajes están supeditadas al simbolismo y anatomía de Paimon.

El Ars Goetia define a esta deidad como el segundo rey del infierno, considerándolo el aliado más fiel de Lucifer, que tiene bajo su mando a 200 legiones de demonios menores. La inclinación artística de los miembros de la familia Graham es el seno idóneo para la aparición de un demonio como Paimon, con la facultad de enseñar todas las artes, las filosofías y las ciencias a quienes lo invocan. Revelando todos los misterios de la tierra, el viento y el agua, los secretos de la mente y todo aquello que el conjurador desea saber.

Pero las referencias a Paimon van más allá del uso del simbolismo como recurso visual, las decapitaciones recurrentes en la película no son solamente un recurso reiterado para provocar horror en el espectador, sino que establecen una especie de juego con la imagen ancestral de este demonio.

En este contexto de satanismo e invocaciones, una familia es incapaz de establecer vínculos afectivos y comunicativos entre sí. En una especie de fábula demoniaca, el director parece hacer un reclamo al silencio generacional que se guarda frente a la enfermedad mental. Hereditary constituye, a partir de esta simetría señalada al principio, una meditación sobre el dolor y el efecto corrosivo que el trauma puede causar a una familia.

Lo que resulta lamentable, es que a pesar de los diagnósticos en constante evolución y las nuevas formas de terapia, la estigmatización de las enfermedades mentales en nuestra sociedad siga siendo una constante. No obstante, se debe tener presente que cuando cultivamos sociedades, familias e instituciones que fomentan la supresión de emociones, nuestras vidas se vuelven aterradoras. Las sociedades contemporáneas se siguen sintiendo incomodas frente a la enfermedad mental, a tal grado que muchos prefieren morir antes que revelar que no sabemos cómo manejar nuestro dolor.

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