Smells Like Capitalist Spirit: Kurt Cobain y la capitalización de la tristeza

La escena musical del grunge de los noventa nunca fue externa ni alternativa al sistema dominante: “tener éxito solo significa convertirse en la nueva presa que el sistema quiere devorar”
Mark Lanegan, en ese entonces miembro de la banda Screaming Trees, respondió a la pregunta del entrevistador: “Kurt no me había llamado…No había llamado a su familia. No había llamado a nadie… Lo busqué desde una semana antes de que fuera encontrado… Tuve el presentimiento de que algo muy malo había pasado”. Sin duda, la búsqueda de Mark había sido en vano y su presentimiento no estaba equivocado; Kurt jamás respondió a sus llamadas, el silencio fue la respuesta que dejó tras de sí el rastro de una eterna fuga.
La mañana del 8 de abril el cuerpo de Kurt Cobain fue encontrado en el invernadero de su casa en Seattle con una escopeta calibre 20 sobre el pecho. Su cuerpo había estado ahí por dos días. En sus venas, ahora frías y en calma, una alta concentración de heroína y valium. De la cabeza quedaba poco, Kurt solamente pudo ser identificado por sus huellas dactilares. La gran estrella del grunge se quitó la vida a los 27 años, convencido que había estado representando el papel de farsante y que su voz no era la de una generación.
Durante la década de los noventa, después del Glam Rock, los jóvenes dejaron a un lado las canciones que no hablaban de otra cosas que no fuera la fiesta y el postureo. En su lugar decidieron abrir paso a la expresión de sus emociones más oscuras. Los canales de música como MTV incorporaron a su repertorio canciones deprimentes, torturadas, ruidosas, sucias y amargadas, que sirvieron como la excusa perfecta para sentirse la oveja negra de la familia.
El sueño americano, la prosperidad económica, estabilidad laboral, refrigerador, licuadora, un Ford, la casa con mascota y jardín, no eran más que eso: la imagen de un sueño que en realidad era una pesadilla. La depresión, como consecuencia biológica y psicosocial del capitalismo tardío, cuya prosperidad se evaporaba después de la época gloriosa de los ochenta, inundaba los medios de comunicación, abarrotando la escena mainstream: gritar al mundo que estabas angustiado y deprimido se convirtió en la vía de escape, y muy pronto en el bastión de una generación.
Esa generación rabiosa por expresar su inconformidad, ira e infelicidad, es la misma que se convertiría en una de las generaciones más emblemáticas de MTV. La escena alternativa e independiente de Seattle se convirtió en gasolina para la industria musical en un abrir y cerrar de ojos. Todos querían estar en Seattle, todos deseaban devorar un pedazo de esa escena. “Alternativo” e “independiente” no significaban otra cosa más que el mainstream.

Para Mark Fisher la escena musical de los noventa y el establecimiento de zonas culturales llamadas «alternativas» o «independientes» no designaban nada externo a la cultura mainstream; más bien, se trata de estilos al interior de ésta. Estilos que fueron captados por la industria y explotados monetariamente. La depresión que surgió como síntoma y respuesta a las prácticas del capitalismo, se convirtió en su principal recurso y materia prima. Demostrando que, como afirma Baudrillard: el sistema se adapta a cualquier cosa, por eso no hay fuera del sistema, no hay oposición real, sino solamente diferencias irreales y consumibles.

Smells Like Capitalist Spirit

Es sabido que la lógica del consumo produce una sociedad que se devora a sí misma en una dinámica circular, que incorpora cualquier cosa externa de manera en extremo exitosa, que capitaliza la depresión, la contracultura y cualquier otra escena “alternativa”. La escena musical del grunge de los noventa nunca fue externa ni alternativa al sistema dominante: “tener éxito solo significa convertirse en la nueva presa que el sistema quiere devorar”.
Kurt Cobain y Nirvana parecían dar voz a la depresión colectiva de una generación que había llegado después del fin de la historia, pero todos sus movimientos y expresiones ya estaban calculadas, anticipadas, vendidas y compradas de antemano. Cobain encarnó las paradojas de la rebelión y el capital, no era nada más que una pieza adicional en el espectáculo. Su impulso era un cliché previamente guionado y darse cuenta de todo ello también era un cliché. Su muerte confirmó la derrota y la incorporación final de las ambiciones utópicas y prometeicas del rock en la cultura capitalista. Nada fue mejor para MTV que una protesta contra MTV.

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