En uno de sus cuentos más brillantes y filosóficos (“Purity”, 2008), Thomas Ligotti nos encara con la idea de vivir en un mundo donde cada superficie, cada opinión o pasión, todo en su conjunto, está contaminado por los cuerpos y mentes de extraños. Piojos —piojos intelectuales y piojos físicos de otras personas— se pasean a nuestro alrededor y por nuestro cuerpo en todo momento, hechizando y royendo nuestras mentes. Algunas mentes están más hechizadas que otras, ya sea por fantasmas, o por dioses, o por falsos ideales. La “alta cultura” es una de estas falsas ideas. Una de las más grandes ficciones elitistas hechas para el mantenimiento de las viejas posiciones de privilegio.

Con la muerte de Dios aconteció la muerte del espíritu, y con la muerte del espíritu ocurrió también la muerte de la “alta cultura”. Es momento de reclamar el honor que la inmundicia se merece, la fuerza creativa de la contaminación y el valor de la impureza.

Bienaventurada sea la mugre, la peste y la cloaca.

El origen del concepto “alta cultura” se remonta al siglo XVIII, cuando en Alemania empezó a surgir y consolidarse la clase social burguesa, estrato que se fortaleció económicamente gracias al modelo capitalista. La convergencia entre “alta cultura” y capitalismo no es fortuita. Para el teórico cultural Stuart Hall, la historia del capitalismo es una lucha por la cultura del pobre y el obrero.

Las relaciones de poder instauradas durante el auge del capitalismo dividieron a la cultura en categorías: la cultura de la élite y la cultura de las masas. Es decir, lo que hoy equivocadamente llamamos “alta cultura” y “cultura popular”.

La relación entre capitalismo y “alta cultura” puede expresarse en términos mercantiles. El mercado cultural definió como “popular” lo que las masas de personas escuchan, compran, leen, consumen y disfrutan. Mientras que la “alta cultura” estaría relacionada con las clases dominantes, la riqueza y las bellas artes.

Esta distinción está fundamentada sobre varios prejuicios de clase. Por ejemplo, al estar vinculada con las más “altas expresiones del espíritu”, se piensa que la “alta cultura” está desligada de los aspectos ordinarios de la vida cotidiana y que es accesible únicamente para algunos cuantos iniciados o educados.

Para T. Adorno y A. Gramsci, las relaciones culturales de la “alta cultura” funcionan como un instrumento de control social, con el cual la clase dominante mantiene su hegemonía cultural en la sociedad mediante el uso de códigos desconocidos para la clase obrera.

Reclamar el honorable lugar de la inmundicia y la importancia de la cultura de masas (el mainstream) implica el reacomodamiento de estas dinámicas de poder.

¡La alta cultura ha muerto! Larga vida a la inmundicia.

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