La obra de Foucault ha articulado gran parte del pensamiento de la izquierda contemporánea. La crítica al poder y sus mecanismos de control, así como el discurso de las políticas de la identidad y la ideología woke se enroscan alrededor de las ideas de este filósofo francés.


Pero hace unas semanas el periodista y filósofo Guy Norman acusó a Foucault de abuso infantil. En su libro, Mon dictionnaire du bullshit, Norman asegura que la obra del filósofo francés no es más que la justificación teórica de sus perversiones, la construcción de un edificio teórico cuyo objetivo es la justificación de un personaje que pagaba a niños en Túnez, entre ocho y diez años, para tener sexo a finales de los años sesenta.


Para Norman, la vida inmoral de Foucault explica el hecho de que este, junto con otros intelectuales franceses, firmara una petición para cambiar la edad legal del consentimiento para permitir las relaciones sexuales entre adultos y menores de 15 años. Así como también explicaría muchas de sus ideas respecto al poder y la legalidad, como por ejemplo, que “toda ley y toda norma es por esencia, una forma de opresión por parte del estado y de la burguesía”.


Bernardo Bolaños escribe en su columna de “La razón” lo imposible que le resulta revisitar la obra de Foucault a la luz de estas declaraciones, las cuales le dotan de un nuevo significado perverso. Por ejemplo, Foucault compara a las colonias europeas en América y África con burdeles, lo que a la luz de las acusaciones adquiere una literalidad enfermiza. De la misma manera, Foucault alude a los cementerios como “lugares otros”, heterotopías, lugares fuera de todo lugar. Colonias-burdeles-cementerios. Siendo que en sus acusaciones Norman asegura que Foucault llevaba a cabo sus infames actos en el cementerio de Túnez.


¿Es posible y conveniente separar la obra del autor? ¿Podemos cancelar los conceptos y teorías a partir de las cuales hemos pensado y configurado el mundo contemporáneo porque alguien ha acusado a su autor de actos inmorales?


En su columna de nexos, Imanol López utiliza esta polémica para develar lo que llama la lógica de la cancelación. Es decir, la forma de razonamiento o inferencia que justifica la invalidez, inutilidad e indignidad de un pensamiento debido a la presunta inmoralidad de su autor: primero se parte de algunas acusaciones concretas, en este caso, Foucalt pagaba a niños para tener sexo en Túnez. Segundo, estas acusaciones se presuponen como ciertas (es verdad que Foucault pagaba a niños para tener sexo pues la fuente que lo dice es confiable). Tercero, las acusaciones concretas se generalizan a la obra del autor (la obra de Foucault no es más que autojustificación teórica de la pedofilia). Cuarto y último, se termina por construir una identidad esencializante de la persona a partir de las acusaciones (ej. Foucault era pedófilo).


Cabe señalar que Imanol López no está defendiendo a Foucault, es consciente de la complejidad moral que estas acusaciones llevan consigo. Lo que le interesa es develar el mecanismo inferencial detrás de la cultura de la cancelación, el cual es, desde su perspectiva, una tautología. Pues primero se pinta el retrato de un presunto culpable que es, por esencia, perverso. Y a partir de esa imagen creada se deriva la credibilidad de las acusaciones de este retrato a posteriori que proviene de las mismas acusaciones, en una especie de circularidad viciosa.


Al margen de las críticas que el lector pudiera tener respecto a la reconstrucción de la inferencia o lógica de la cancelación, me gustaría señalar los peligros e implicaciones que una creciente cultura de la cancelación en internet puede tener para la misma izquierda. Cabe señalar que no pretendo en ningún sentido defender a Foucault de las acusaciones, pues de ser ciertas resultarían moralmente injustificables. Me interesa cuestionar si acaso la cultura de la cancelación es la mejor herramienta, o la más adecuada, para lidiar con las contradicciones y faltas de las figuras públicas, pues corremos el riesgo de replicar los mecanismos de control y vigilancia que el capital y su poder han impuesto sobre nosotros.


En su ensayo del 2013, “Exiting the Vampire Castle”, Mark Fisher apunta hacia las consecuencias del surgimiento de una izquierda pequeño burguesa en las redes sociales, cuya finalidad consiste en señalar y propagar la culpa y el menosprecio. Para Fisher, la abrupta cultura de la cancelación es equiparable a un sacerdocio de la mala conciencia que trafica con la culpa, exactamente en el mismo sentido que Nietzsche predijo que había en marcha algo peor que el cristianismo.

Mark Fisher


En redes sociales podemos ver ejemplificado el deseo sacerdotal de excomunicar y condenar que domina a la industria cultural contemporánea. Equiparable al deseo pedante de ser el primero en descubrir y señalar un error. Sin embargo, no nos damos cuenta que con ello estamos replicando los mismos métodos del capital y el poder.


El mismo Foucault fue quien utilizó la noción de Panóptico para explicar las sociedades de vigilancia: una torre central desde donde se pueden vigilar las celdas de una prisión, con la peculiaridad que desde ellas no se puede ver quién está vigilando. Algunos autores sugieren que el modelo Panóptico resulta inoperante para describir los mecanismos de vigilancia de las sociedades actuales, pues ahora somos nosotros mismos quienes nos vigilamos mutuamente, quienes hacemos, voluntariamente, el trabajo del capital y el poderoso.


Esto no es eximir a Foucault, sino tomar conciencia de las relaciones políticas y de poder que se ciernen en la cultura de la cancelación. Pues en las sociedades contemporáneas, mediadas por las redes sociales, el miedo y la culpa son omnipresentes y no porque estemos aterrorizados por el poder y sus mecanismos de control, sino porque hemos permitido que modos burgueses de subjetividad proliferen, haciendo el trabajo del poder y el capital, condenándonos e insultándonos los unos a los otros desde una pantalla de celular o computadora, engañados por una ilusión de superioridad elitista pequeño burguesa. Unidos no por la solidaridad, sino por el miedo mutuo: el miedo a ser los próximos en ser señalados, expuestos y condenados.


Vivimos, con el internet y la cultura de la cancelación, en la ironía del dispositivo: creemos que en él reside nuestra liberación, sin darnos cuenta que los mecanismos punitivos que usamos en las redes sociales son exactamente los mismos del poder. Y estos mecanismos se han normalizado tanto en nuestra vida cotidiana y nuestros hábitos que los replicamos hasta el grado de desear aquello mismo que nos domina y nos explota: nos controlamos voluntariamente, bloqueamos, señalamos, retuiteamos, y buscamos “likes” como perros de Pavlov. Sin percatarnos que, a pesar del igualitarismo que los ingenieros del capital aseguran que existen en las redes sociales, estas son un territorio dedicado a la reproducción y aseguramiento del capital y del poder, donde voluntariamente hemos sustituido la superioridad de clase por una superioridad moral.

Habrá que pensar si acaso la cultura de la cancelación no es el síntoma más visible de que los mecanismos de control del poder y el capital nos han conquistado.

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