La danza sensible en el cuerpo político

Es indispensable que la comunidad de artistas fomentemos el arte en pro de la sociedad, la inclusión, la concientización y la protesta.

Por Judith de Loera

La modernidad y posmodernidad ha cambiado las formas de vivir y gozar para alcanzar ideales de progreso que nos han llevado a nuevas dinámicas de producción dentro del sistema capitalista y al goce inmediato que nos proporciona el consumo. Hasta el año ocho mil antes de nuestra era, las sociedades eran primitivas, vivían en pequeñas tribus y subsistían mediante la recolección de alimentos. Estas formas de vivir y de gozar fueron dejadas de lado cuando se inventó la agricultura, encontrando el placer en la tierra y convirtiéndose en la base de la economía, de la vida, de la cultura, de la estructura familiar y de la política.

La producción capitalizadora y la industrialización de los productos llegó a Europa durante el siglo XV con el inicio de la modernidad, entendida como la creación de una nueva forma de vivir y gozar la vida en busca de un ideal de progreso. Este ideal ha consistido en el sustento de la esperanza de una sociedad libre y justa, sin embargo pareciera que esta promesa ha sido la fachada para consolidar el poder de unas pocas personas, dejando en vulnerabilidad a gran parte de la sociedad.
El deseo de vivir orientado hacia la vida futura y extraterrena, se ha unido ahora al presente y a la productividad. El estilo de vida sufrió transformaciones en distintos aspectos bajo la línea de la modernidad: las familias pasaron de ser grandes agrupaciones multigeneracionales como unidad económica de producción a un modelo estándar de familia nuclear, se encomendó el cuidado de las infancias y la vejez para facilitar la producción dentro de puestos de trabajo, y la educación se enfocó en una rápida acumulación de conocimientos y comportamientos adecuados para las necesidades de la sociedad moderna.
Como resultado llegó el posmodernismo consolidado en el deseo de consumo. El tener y el placer quedó en primer plano centrando el deseo en ser capitalizadores de bienes y consumidores de placeres y bienestar, patrones definidos a través de redes publicitarias que instauraron un modelo para crear necesidades de producción y consumo de manera masiva. La idea de felicidad se ha mimetizado con la idea de abundancia material, de éxito social, de reconocimiento por parte del entorno. En palabras de Vallespín: “Bauman introduce el término de modernidad líquida, afirmando que nos encontramos dentro de una sociedad capitalista y crecientemente consumista que transforma la psique, orillándonos a la auto optimización y volviéndonos seres consumidores y consumibles, en un plano en el que imaginamos que decidimos pero tomamos decisiones a partir de la vulnerabilidad, respondiendo realmente a la demanda del sistema que crea el consumo.”
El sistema en el que nos encontramos ha llevado nuestra subjetividad y nuestro goce a formas ilimitadas que nos han posicionado en un lugar de explotación. Byung-Chul Han afirma que en este estado consideramos que nos estamos realizando, pensando que esta demanda de producción es una decisión y no una apropiación de las imposiciones capitalistas.

Danza, cuerpo y espacios políticos

Hablar del cuerpo contemporáneo inmerso en un sistema político refleja una subjetividad colonial-capitalista que se interioriza. Por ejemplo, Martínez González cita a Suely Rolnik al mencionar que las personas sujetas nos asumimos como individuales al separarnos del entorno mediante una ruptura sensible, dando lugar a una percepción de la persona desprendida del resto de las existencias y anulando esta interdependencia.
La subjetividad se va constituyendo a partir del colectivo social en el que nos encontramos. Para Judith Butler esta construcción se va creando a partir de la resistencia y/o el sometimiento del contexto normativo. En los escritos de Yera Moreno sobre Judith Butler y la construcción del sujeto en términos performativos, menciona la posibilidad de salirnos de este entramado solo al ser personas pertenecientes y reconocidas en el aspecto normativo-productivo, por lo que considera que es un proceso social no estático, sino que se encuentra en un dinamismo constante. A su vez, André Lepecki menciona que no se caracteriza por el ensimismamiento sino por un juego de la persona con su entorno social, político y afectivo.
Al tomar en cuenta estas conceptualizaciones resalta la importancia del entorno en la manera en que nos construimos socialmente y como nuestra particularidad nos permite tener una postura activa frente a nuestros aconteceres al encontrarnos en un dinamismo político, afectivo y social. André Lepecki nombra importantes relaciones de la danza con la teoría política, abordando procesos dancísticos como impulsores hacia el cambio social, logrando incluso una ruptura con la génesis del movimiento físico resultante en el acto inmóvil, generando importantes cuestionamientos.
El cuerpo lleva las narrativas de sus características particulares y es este el que puede generar rupturas, resistencia y devenires. La danza es un espacio político y de liberación que puede traer de vuelta nuestra sensibilidad y recordarnos que somos personas críticas, con un posicionamiento que va más allá de la contemplación respecto a lo que nos acontece.
Cuando pensamos y creamos la danza para repercutir en la sociedad y no solo para responder a requerimientos estéticos se logran grandes diferencias en nuestra percepción y la manera en que nos vivenciamos; seamos personas bailarinas o espectadoras. Cuando la obra escénica lleva un discurso deja de ser ajena a nuestras realidades porque se puede asumir, deja de ser para sí misma y se lee como una obra incompleta que permite a las personas que la transmiten y reciben complementarla a través de su experiencia.
El discurso narrativo de la danza se ha ido transformando en el curso de la historia, modificando sus enfoques hacia la construcción colectiva desde la escucha de las necesidades de nuestra sociedad. Se han generado grandes rupturas en su narrativa imposibilitando su retorno a la contemplación, ya que como personas sujetas a nuestro entorno comprendemos el poder que tenemos para construir y deconstruir la sociedad, nuestras subjetividades y posturas frente a las imposiciones. Dando lugar a una nueva reestructuración en las formas de hacer y recibir arte.

El arte activista

El arte contemporáneo tiene una importante repercusión en nuestra particularidad y colectivo social. Se ha convertido en posibilitador de concientización y de resistencias frente a las dinámicas de poder y sometimiento, nos permite alejarnos de la contemplación de lo que nos acontece para solo así resistir ante la opresión. El cuestionamiento y la reflexión que se logra a partir del simbolismo de la obra contemporánea permite traer de vuelta nuestra sensibilidad, nos ayuda a recordar que somos personas críticas, con un posicionamiento que va más allá de la pura apreciación de realidades que están frente a nosotros. Nos permite construir vínculos de empatía con otras personas y la manera en que estas experimentan su relación con el mundo, favoreciendo dinámicas dignas de respeto y aceptación.
La contemporaneidad necesita arte crítico, necesita arte consciente para poder abrir los ojos a nuevas realidades y transformarlas responsablemente. Es indispensable que la comunidad de artistas fomentemos el arte en pro de la sociedad, la inclusión, la concientización y la protesta, ya que seguir replicando narrativas puramente contemplativas posiciona nuestra obra como un objeto pasivo, incapaz de movilizar a quien la hace y a quien observa.
La responsabilidad que tenemos como artistas respecto a nuestro entorno social es grande; no podemos asumirnos como personas separadas de nuestro colectivo y de lo que nos rodea, dormidxs ante la sobreestimulación de la globalización y el capitalismo, intolerantes ante la diferencia, una diferencia que podemos abrazar y acuerpar en la medida que hagamos un trabajo subjetivo de reflexión y compromiso. Este es el cuerpo político, el cuerpo preocupado por transformar su vínculo con el entorno y quienes se encuentran en él.

Referencias:

Daros, W. (2015) La Creación de la Modernidad. Nuevos Deseos e Intereses de la Humanidad. Argentina: Universidad del Centro Educativo
Latinoamericano Rosario

Posadas, R. (2016) Apuntes sobre las reflexiones teóricas de Ulrich Beck. México: Estudios Políticos.

Vilar, G. (1996) Para una estética de la producción: las concepciones de la escuela de Francfort. (pp. 190-202)

Vallespín. (2018) Conferencia de Fernando Vallespín “El concepto de modernidad líquida en Zygmunt Bauman. Artium: Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo

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