The Arrival- filosofía

“The Arrival” (2016), dirigida por Denis Villeneuve es una de las obras de ficción más importantes de la década pasada. El guión está basado en la obra del escritor de sci-fi Ted Chiang, “Story of Your Life”. Aunque la película es bastante fiel al libro, la obra de Chiang demuestra una tremenda erudición respecto a temas de lingüística que no se llegan a percibir del todo en la obra de Villeneuve. Pero bueno, la comparación de una obra literaria con su adaptación fílmica, si bien resulta inevitable, no deja de ser un juicio de apreciación descontextualizado.

Chiang estudió ciencias computacionales, por lo que los problemas respecto al lenguaje y la lógica no le son ajenos. El relato de Chiang, así como la adaptación de Villeneuve, retratan un problema central en la lingüística y la filosofía: la relación entre lenguaje y realidad.

Durante mucho tiempo se pensó que el lenguaje era un simple vehículo de expresión de nuestros pensamientos, una herramienta para comunicar nuestras ideas y necesidades. No obstante, a partir del giro lingüístico y pragmático en filosofía, el lenguaje comenzó a ser visto como una actividad fundamental para nuestra percepción del mundo. Es decir, el lenguaje comenzó a ser visto como un modelador de nuestros conceptos y nuestra cognición: nada conocido o por conocer puede expresarse al margen del lenguaje.

Por otro lado, la tendencia filosófica contemporánea en la que los límites del mundo son considerados también los límites de nuestros conceptos, permitió conectar fuertemente al lenguaje con la realidad. Dicho de otro modo, todo el conocimiento que tenemos del mundo está conceptualizado de una forma u otra. De manera que, el lenguaje pasó de ser una simple herramienta de expresión a determinar la estructura de lo real.

La idea puede parecernos extravagante, ¿cómo es que mi lenguaje puede determinar lo real? Sin embargo, existen buenas razones para creerlo. Como mencioné más arriba: todo lo que conocemos del mundo se encuentra conceptualizado, los átomos, los muones, las mesas, las sillas. Si no fuera porque tenemos ciertos conceptos teóricos definidos, difícilmente podríamos identificar a un átomo como un átomo y a un muón como un muón. Tal como sucedió con el caso del “flogisto”. Antes del “oxigeno” se creía que una substancia llamada “flogisto” era la responsable de la combustión. Al menos, en ese momento de la historia las teorías científicas suponían que el mundo existía una substancia real llamada «flogisto».

La intuición ampliamente compartida es que la realidad existe independientemente de lo que digamos o pensemos de ella. No obstante, no existe manera alguna de verificar la verdad de esta afirmación. Pues cómo podemos asegurar que la realidad existe más allá de nuestro lenguaje y conceptos si lo único que conocemos de la realidad es a partir de estos mismos lenguajes y conceptos. Sostener la verdad de dicha afirmación implicaría poder acceder a esa realidad desde un punto de vista descarnado, deshumanizado, lo que algunos filósofos llaman el punto de vista del Ojo de Dios.

¿Cómo es la realidad independientemente de nuestros conceptos y lenguaje? Desde esta perspectiva parecería ser una pregunta sin respuesta, en el mejor de los casos. Porque bien podría considerársele una pregunta sin sentido. De modo que, la realidad y su percepción parecerían sí estar fuertemente condicionadas por nuestro lenguaje.

Esta idea se fraguó desde principios del siglo pasado, con la publicación de “Las investigaciones filosóficas” de Ludwig Wittgenstein, uno de los filósofos más influyentes en la historia. Posteriormente fue retomada por otros filósofos de la tradición analítica como Norman Quine. De hecho, Quine explica su teoría del significado utilizando el caso hipotético donde un lingüista visita una comunidad de hablantes desconocidos y a partir de su conducta debe crear un manual de traducción no solo para conocer el idioma de la comunidad sino también su mundo.

En el relato de Chiang y la cinta de Villeneuve el referente inmediato es la tesis Sapir-Whorf. Benjamin Lee Whorf y su maestro Edward Sapir gozaron de gran fama cuando su hipótesis fue publicada. En esencia, su tesis expresaba algo que ya había sido propuesto por Wittgenstein y Quine, las personas observan el mundo de acuerdo con lo establecido por sus respectivas lenguas maternas, es decir, la lengua propia lleva a ver el mundo de forma diferente a aquellos que hablan otras lenguas.

Dicho de otro modo, la estructura de nuestro lenguaje condiciona las estructuras y estrategias interpretativas concretas con las que percibimos el mundo. Por ejemplo, se propone que las características del idioma hablado pueden influir en el modo que se conciben ciertos conceptos o en la atención que reciben ciertos matices del concepto en detrimento de otros.

Surgió mucha controversia después de la publicación de la tesis Sapir- Whorf, y varios lingüistas llevaron la tesis a conclusiones divergentes: una versión radical y una versión débil. La versión radical propone que la estructura de nuestra lengua determina la manera en que percibimos el mundo, sus variantes y sus objetos. La versión débil supone que la estructura de una lengua no determina el pensamiento y la percepción de la realidad, sino que solamente le conduce.

En “The Arrival” se muestra la interpretación fuerte de esta tesis, con el añadido de que la lengua materna de los visitantes no es terrestre, sino alienígena. Este rasgo radicaliza la tesis Sapir- Whorf, pues los “Heptapods” al tener una lengua diametralmente distinta a la nuestra, su percepción de la realidad será también radicalmente distinta, nada parecida a algo que nos hayamos topado antes. En este sentido, no puede haber mejor regalo para la humanidad que una nueva lengua, pues esto sería equiparable a regalarnos un nuevo mundo, una nueva realidad.


“The Arrival” explora magistralmente, a través de la ficción, una tesis filosófica que ha permeado el pensamiento contemporáneo.

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