El poeta M. Houellebecq ha caracterizado la obra de H. P. Lovecraft como un estruendoso No a la vida, como un odio absoluto hacia el mundo en general. Las ignominiosas criaturas cósmicas que se arrastran por la oscuridad batiendo sus membranosas alas y alargando sus infernales tentáculos no solamente forman parte del imaginario estético de la cultura Pulp, también nos develan un cosmos abyecto en el que toda aspiración humana se reduce a la nada, un pesimismo metafísico en el que el bien, el mal, la moral, las esperanzas, se convierten en “meras ficciones victorianas”.

Sin duda, la obra de Lovecraft no solamente tiene un gran mérito en la literatura de horror, sino que también tiene una enorme relevancia filosófica en el pensamiento contemporáneo, específicamente en la nueva escuela que se ha denominado a sí misma Object Oriented Philosophy (OOO), encabezada por el profesor Graham Harman. Sin embargo, Lovecraft es un escritor con el que resulta bastante difícil comulgar ideológicamente, digamos que bajo los parámetros actuales de la cultura, Howard sería algo cercano a un supremacista.

En alguna ocasión escuché decir en un platica que si Lovecraft viviera en el siglo XXI sin duda sería un simpatizante del expresidente Trump. El juicio es anacrónico, pero podría apoyarse en el hecho de que, según se cuenta, el mismo Lovecraft alabó a Hitler en su correspondencia privada. Obviamente, aunque me resulta difícil separar al autor de su obra, no voy a abogar por la cancelación del solitario de Providence, pero tampoco la admiración que siento por él me sumergirá en un cruzada por su justificación y redención, porque una cosa es cierta, Lovecraft fue un racista y su obra tiene como motor este odio racial.

Así que en lugar de clausurar o justificar la xenofobia de Lovecraft, considero pertinente comprender su odio y la relación que este guarda con el horror. En el ensayo de Michael Houellebecq, “Contra el mundo, contra la vida”, se afirma que, efectivamente, en tanto puritano y burgués, Lovecraft fue un racista que siempre puso la tradición por encima de las libertades, y que incluso llegó a llamar a su gato “nigger-man”.

Pero el racismo de Lovecraft, al menos como lo explica Houellebecq, está impregnado “hasta los tuétanos de su fracaso”. Lovecraft se coloca a sí mismo como víctima y eligió sus propios verdugos. En su universo literario, la crueldad no es un refinamiento intelectual, sino una pulsión bestial que se asocia a la perfección con la más lóbrega estupidez. Y los individuos corteses, refinados, el clásico héroe de sus historias: un profesor universitario, blanco de clase media, son las víctimas ideales de sus relatos.

Lovecraft se sitúa al lado del odio y del miedo, y en lo más recóndito de su racismo está él mismo como víctima. En presencia de los mestizos, se apodera de él una reacción nerviosa incontrolable. El baile, la música, la vitalidad, en otras palabras, la celebración de la vida le aterroriza y repugna, por que para él solo existe el odio hacia el mundo.

Esto se ve claramente reflejado en su obra, sus héroes se despojan de cualquier signo de vida, renuncian a cualquier alegría humana, se convierten en meros intelectos, espíritus puros que aspiran a una única meta: la búsqueda del conocimiento. Para Lovecraft, la vida humana es una fracasada búsqueda de sentido en un universo sin teleología, gobernado únicamente por las azarosas e indiferentes leyes de la materia. Así, proyecta una sombra de pesimismo que se extiende por encima de todos los objetos y criaturas que habitan el universo. En una carta a Farnsworth Wright, director de la revista Weird Tales, Lovecraft escribió:

Todas mis historias se basan en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones comunes de los seres humanos no tienen validez ni significación en la amplitud del vasto cosmos. (…) Uno debe olvidar que cosas como la vida orgánica, el amor y el odio, y todos los demás atributos locales de una insignificante y efímera raza llamada humanidad, existen en absoluto.

El pesimismo cósmico de Lovecraft no solamente es moral sino también metafísico. Es un hecho que cualquier empresa y aspiración humana está condenada al fracaso, pero también es cierto que vivimos en el peor de los universos posibles, en el más amenazante, el más peligroso, el más indiferente. Por eso el racismo de Lovecraft es una pulsión que surge del miedo y el fracaso de su propia vida, “del odio brutal del animal que ha caído en una trampa, que se ve obligado a compartir la jaula con animales de especie diferentes y temibles”. Debajo de toda su erudición yace un animal asustado, un miedo terrible y un asco a la vida misma.

Vestido con sus ropas rígidas y acostumbrado a frenar sus emociones, Lovecraft escondió su animalidad. Su hostilidad a cualquier forma de libertad terminó engendrando su hostilidad y odio a la vida, la negación de lo diferente, la imposición de las costumbres y las normas. Lovecraft fue ese animal asustado que es incapaz de sobrevivir en el mundo salvaje. Ensimismado en su propio fracaso y negación de la vida, albergó todo tipo de ideas aberrantes, ideas que también fueron el motor y origen de su obra.

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