Combatir desde el perreo
Combatir desde el perreo

El reguetón es uno de los géneros más criticados, ya sea por su loop repetitivo o por el comentario genérico de tener letras machistas. Lo cierto es que sí, es natural que una sociedad machista se exprese en los mismos términos. Sin embargo, dentro del reguetón y el perreo existe toda una serie de elementos que deberíamos tomar en cuenta.

De acuerdo con el antropólogo Gayle Rubin, la normatividad cisgénero la podemos definir como un conjunto de ideas, normas y convenciones que se forman a partir de la sexualidad biológica. Es decir, es un estatuto de leyes que desarrollan el comportamiento de hombres y mujeres.

De esta manera todo aquello que está fuera del alcance de esta normativa y que no se justifica en este sistema de valores sufre violencia simbólica o material, un claro ejemplo de ello son las restricciones corporales, en una sociedad cisgénero se intenta controlar el placer y las formas de acceder a él.

El perreo representa una liberación, que con el reguetón se conjuga el lirismo sexual. El perreo y su producción puede llegar a representar un posicionamiento político, siempre dependiendo de quién perree, si son dos lesbianas, dos homosexuales, una lesbiana y un homosexual, es decir cada cuerpo representa la diversidad de los procesos de significación.

El perreo puede ser una invitación reflexiva

El perreo va mucho más allá de la crítica genérica, del está bien o está mal, debe dejar de ser un guilty pleasure y empezar a ver ese baile como sinónimo de libertad. El perreo puede ser una invitación reflexiva al entorno, a cómo el mecanismo de la sociedad heteropatriarcal se convierte en una pauta que recae sobre los cuerpos.

Perrear es frotar, rozar y mover, desechar los valores de la sexualidad heteronormativa. Es decir la moralidad judeocristiana, normas que sostiene que el sexo debe conceptualizarse como un compromiso, una unión ligada a la virginidad y a la discreción.

Pero también debe ser la oportunidad para preguntarse por qué mover el culo en un espacio público se estigmatiza como algo indecente, algo que escandaliza. El frotamiento del culo puede cuestionar el uso del cuerpo, llevar a la esfera pública el espacio privado. Ese acto de bailar reguetón configura un baile de liberación, de azote, empuje, principalmente entre la zona pélvica y el culo. Ser un espacio para resignificaciones, uno no normado en donde se puede dinamitar la hegemonía cisgénero, incluir corporalidades y prácticas violentadas, sodomitas, gordxs y queer.

Simbólicamente el perreo puede ser una solución contranormativa en función al conflicto que representa a lo establecido por la convención social, en todas esas esferas de control como la familia, el estado y la iglesia.

Cuando perreamos también cuestionamos, provocamos, resistimos al “deber ser” de la hetero cisnormatividad. Es habitar nuestros cuerpos y disfrutar de ellos, habitarlo desde diferentes formas, sin ser violentadxs, sin ser estigmatizados.

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